CAPÍTULO 12 — LAS HUELLAS QUE PERMANECEN
«El pasado puede mostrarte el camino que te trajo hasta aquí, pero solo tus decisiones pueden decirte hacia dónde continuar.»
El amanecer llegó sobre la costa con una luz pálida que se reflejaba sobre el océano.
El grupo había descansado pocas horas y, aunque nadie había hablado demasiado durante la noche, todos llevaban todavía en la mente la imagen del mundo unido que habían visto en el antiguo camino.
El Primer Quiebre ya no era solamente una historia contada por los libros o una leyenda repetida por los reinos; habían visto una parte de él.
Habían contemplado un mundo antes de la separación, una figura sosteniendo un libro y otra presencia frente a ella mientras la realidad comenzaba a fracturarse.
Pero aquella visión había dejado más preguntas que respuestas, y ahora el océano se extendía frente a ellos como una frontera que tendrían que atravesar.
Zaphira fue la primera en levantarse y acercarse al borde del acantilado.
El viento marino movía sus rizos mientras observaba las corrientes que brillaban bajo la luz de la mañana.
Lysandra se acercó detrás de ella, pero no dijo nada.
Ya conocía aquella expresión en el rostro de la princesa: estaba pensando demasiado.
Un poco más atrás, Rangar revisaba sus espadas mientras Brumm intentaba convencer a Kael de que antes de entrar al océano necesitaban desayunar correctamente.
Aureon había vuelto a abrir su libro, aunque llevaba varios minutos mirando la misma página sin leerla.
Amariel, en cambio, permanecía junto a Atherion y observaba el mar con la sensación de que algo los esperaba debajo de aquellas aguas.
—¿Todos estamos pensando lo mismo? —preguntó Aureon finalmente.
Rangar levantó la mirada.
—Depende.
—Que sabemos demasiado poco.
—Eso sí.
Brumm se acomodó sobre una roca.
—Yo diría que sabemos bastante más que cuando empezamos.
Aureon cerró el libro.
—Sabemos que existió un mundo antes de los seis reinos.
Sabemos que ocurrió una ruptura. Sabemos que Atenea estaba relacionada con aquello.
Sabemos que existió un primer ser libre y que alguien llevaba un libro.
Sabemos que los Custodios conocen partes de esa historia.
Sabemos que nuestras propias decisiones parecen estar conectadas con algo que ocurrió hace muchísimo tiempo.
—Y sabemos que cada vez que creemos entender algo, aparece otra cosa que lo complica —añadió Kael.
—Eso también —admitió Aureon.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Amariel, pero desapareció cuando Atherion llevó una mano hacia el pecho.
El medallón había comenzado a calentarse otra vez.
No era la misma sensación de las noches anteriores.
Esta vez el calor parecía extenderse desde el metal hacia su cuerpo, recorriendo su pecho y llegando hasta el brazo.
Aither levantó la cabeza inmediatamente y sus ojos azules se fijaron en él.
—Atherion —dijo Amariel.
Él no respondió.
El medallón comenzó a emitir una luz tenue.
Aureon se puso de pie.
—Todos atrás.
Atherion dio un paso hacia el centro del grupo y sacó el objeto que Medea le había entregado años atrás.
Por primera vez pudieron observarlo con claridad.
La pieza que había permanecido oculta dentro del medallón parecía haber cambiado.
Una pequeña sección que antes estaba incompleta ahora mostraba una forma definida, como si una pieza invisible hubiera regresado a su lugar.
En el centro apareció una línea dorada que recorrió la superficie hasta formar un símbolo que ninguno reconoció.
Entonces una corriente de aire atravesó la costa.
El océano respondió.
Una columna de agua se elevó frente a ellos y quedó suspendida en el aire sin caer. Dentro de aquella columna comenzaron a aparecer imágenes.
No era una visión individual.
Todos podían verla.
La primera imagen mostró un mundo antiguo.
No estaba dividido.
No había seis reinos.
No había fronteras.
Había ciudades conectadas por caminos y enormes estructuras levantadas alrededor de un mismo centro.
Personas de diferentes pueblos caminaban juntas.
Había criaturas de fuego junto a criaturas de agua, seres de luz junto a habitantes de las sombras, gigantes, humanos y seres que ninguno de ellos podía reconocer.
No parecía existir una jerarquía entre ellos.
Solo una convivencia que ahora resultaba casi imposible de imaginar.
Después apareció una figura.
Un dragón enorme descendía sobre una montaña.
Su presencia era tan poderosa que incluso Aither retrocedió un paso.
Atherion sintió que el medallón ardía.
—Es él —murmuró.
Nadie preguntó quién.
La visión cambió.
Ahora apareció una mujer.
Nyxaria.
Atherion se quedó inmóvil.
No era el recuerdo que había visto anteriormente. En esta escena, Nyxaria caminaba junto al dragón. No había miedo entre ellos. Había confianza. Ella sostenía el medallón que ahora llevaba Atherion y hablaba con alguien que permanecía fuera del alcance de la visión.
La imagen se amplió.
Atenea apareció.
No como la diosa distante que Aureon conocía, sino como alguien que parecía formar parte de aquel mundo antiguo. A su lado se encontraba otra figura. Una persona joven, humana, que sostenía un libro.
Aureon dejó escapar el aire lentamente.
—El primer ser libre.
Atenea extendió una mano hacia él.
La figura del libro la observó.
No había hostilidad.
No había guerra.
Solo una conversación que ninguno podía escuchar.
La imagen comenzó a distorsionarse.
El cielo se quebró.
Los caminos se separaron.
El océano avanzó sobre ciudades enteras.
Montañas surgieron donde antes había caminos.
Los seis símbolos aparecieron alrededor del mundo.
Y entonces la figura del dragón levantó la cabeza.
Su mirada se dirigió directamente hacia Atherion.
El joven sintió que el cuerpo entero se le paralizaba.
—No...
La visión se detuvo.
Durante un instante, todo quedó inmóvil.
Después el dragón habló.
No con palabras que pudieran escuchar claramente, sino con una sensación que atravesó la mente de todos.
Perdón.
La imagen desapareció.
Atherion cayó de rodillas.
Amariel corrió hacia él.
—¡Atherion!
Él levantó una mano para detenerla, pero ella no retrocedió. Permaneció a su lado mientras Aither se colocaba detrás de ambos, completamente alerta. El medallón había dejado de brillar, pero ahora una pequeña pieza dorada se había desprendido de su superficie y flotaba sobre la palma de Atherion.
Aureon se acercó.
—Eso no estaba ahí antes.
Atherion la observó.
—Es parte de él.
—¿De quién?
Atherion levantó la mirada.
—No lo sé.
Pero esta vez la respuesta sonó diferente.
No era solamente incertidumbre.
Era la sensación de estar muy cerca de algo que había buscado durante toda su vida sin saber que lo estaba buscando.
Amariel se sentó a su lado.
—¿Viste a tu madre?
Atherion asintió.
—Y a alguien más.
—¿El dragón?
—Sí.
—¿Sabes quién es?
Atherion negó lentamente.
—No.
Pero su voz no tenía la misma seguridad que antes.
La visión había dejado algo dentro de él.
Una sensación de pertenencia que no podía explicar.
No sabía si aquel dragón era parte de su pasado, de su sangre o de una historia que simplemente había quedado relacionada con él.
Solo sabía que cuando lo había mirado, una parte de sí mismo había reconocido algo que su memoria no podía nombrar.
Mientras Atherion procesaba aquello, los demás comenzaron a hablar entre ellos.
Rangar miraba el lugar donde la visión había aparecido.
—Entonces Ignator no siempre fue como ahora.
Aureon negó.
—Ningún reino era como ahora.
Brumm observó sus propias manos.
—Y si todos vivían juntos...
—Entonces algo tuvo que romperlos —respondió Kael.
Zaphira miró hacia el océano.
—O alguien tomó una decisión que terminó separándolos.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Amariel levantó la mirada.
—Y si esa decisión todavía tiene consecuencias...
Nadie terminó la idea.
No era necesario.
Cada uno comenzó a pensar en sus propias decisiones.
Rangar recordó a Rhaelia y la manera en que había convertido su ausencia en una herida que prefería ocultar detrás del orgullo.
Brumm recordó el peso de su propia fuerza y aquella visión en la que intentar salvar a alguien había provocado un desastre mayor.
Aureon recordó las palabras de la prueba y la forma en que el poder heredado podía convertirse en soberbia cuando dejaba de cuestionarse.
Kael pensó en Amariel y en todas las veces que había intentado protegerla decidiendo por ella.
Zaphira y Lysandra evitaron mirarse durante unos segundos, porque ambas sabían que existía una verdad que todavía no habían pronunciado.
Y Amariel observó a Atherion, consciente de que el vínculo entre ambos había comenzado como algo que ninguno había elegido, pero que ahora existía también porque ambos seguían escogiendo permanecer cerca.
La confusión seguía allí.
Pero ya no era la misma.
Ahora podían verla.
Podían reconocer qué parte pertenecía al pasado y cuál comenzaba a afectar el presente.
Aureon volvió a abrir su libro y comenzó a escribir.
—¿Qué haces? —preguntó Brumm.
—Ordenando lo que sabemos.
Rangar se acercó.
—¿Otra lista?
—Una lista de preguntas.
Brumm sonrió.
—Eso sí parece más apropiado para nosotros.
Aureon escribió lentamente mientras hablaba.
—El Primer Quiebre ocurrió antes de los seis reinos. Atenea estuvo presente. El primer ser libre también. El Primer Dragón estaba relacionado con ellos. Nyxaria conocía al dragón. El medallón de Atherion contiene algo relacionado con esa historia. Y alguien pidió perdón.
Atherion levantó la mirada.
—No sabemos a quién.
Aureon añadió la frase.
—Correcto.
Amariel se acercó.
—Y tampoco sabemos por qué.
—Ni por qué el medallón está reuniendo fragmentos —añadió Lysandra.
—Ni por qué nuestras propias decisiones aparecen en las pruebas —dijo Kael.
Zaphira observó el océano.
—Tal vez no sean dos historias diferentes.
Todos la miraron.
—¿Qué quieres decir?
—La historia antigua y lo que estamos viviendo ahora. Tal vez no estén separadas. Tal vez nuestras decisiones estén empezando a repetir algo que ya ocurrió.
El silencio que siguió fue mucho más profundo que los anteriores.
Atherion fue quien rompió el silencio.
—Entonces debemos tener cuidado.
Rangar lo miró.
—¿Con qué?
—Con creer que porque algo ocurrió antes, estamos obligados a repetirlo.
Amariel sostuvo su mirada.
Aquella frase quedó entre ambos.
El pasado podía regresar.
Pero ellos todavía podían elegir.
El resto del día lo dedicaron a prepararse para el descenso.
Zaphira y Lysandra revisaron el equipo que necesitarían bajo el agua, mientras Aureon estudiaba los símbolos de los dispositivos que Atherion había llevado consigo.
Brumm insistió en que necesitaba saber si podía comer bajo el agua y Rangar pasó varios minutos intentando convencerlo de que probablemente no era buena idea descubrirlo durante el descenso.
Incluso Atherion terminó participando en la discusión cuando Brumm preguntó si los habitantes de Elaria tenían una forma especial de preparar la comida.
—Sí —respondió Atherion.
—¿Cuál?
—La comen.
Brumm lo miró.
—Eso no responde nada.
—Es la respuesta.
Rangar comenzó a reír.
—Ahora entiendo por qué eres rey.
Por primera vez en varias horas, Atherion sonrió abiertamente.
El ambiente cambió.
No porque las dudas hubieran desaparecido.
Sino porque habían aprendido a convivir con ellas.
Al caer la tarde, Zaphira llevó al grupo hasta una antigua plataforma de piedra ubicada sobre el acantilado. Desde allí podían ver una corriente luminosa que atravesaba el océano y desaparecía en las profundidades. Era el camino hacia Elaria.
—Ese es el Santuario de las Corrientes —explicó—. Desde ahí comienza el descenso.
Rangar observó la inmensidad del océano.
—Todavía puedo cambiar de opinión, ¿verdad?
Lysandra sonrió.
—No.
—Lo suponía.
Amariel se acercó al borde.
Debajo de ellos, el agua parecía infinita.
Atherion llegó a su lado.
—¿Tienes miedo?
Amariel pensó antes de responder.
—Un poco.
—Yo también.
Ella lo miró sorprendida.
—No pareces tener miedo.
—Eso no significa que no lo tenga.
Amariel sonrió.
—Supongo que eso también lo estamos aprendiendo.
Atherion sostuvo su mirada.
Por un momento, el resto del grupo desapareció de su atención.
No había Equilibrio.
No había llamado.
No había reinos.
Solo estaban ellos.
Amariel sintió nuevamente aquella conexión que había intentado explicar tantas veces como algo impuesto por fuerzas antiguas. Pero ahora sabía que no todo lo que sentía podía atribuirse al destino.
Ella había elegido quedarse a su lado.
Y Atherion había elegido permanecer junto a ella.
Ninguno dijo nada.
Todavía no.
El océano comenzó a iluminarse debajo de ellos.
Una corriente azul surgió desde las profundidades y avanzó hacia la costa, formando un camino luminoso sobre el agua.
Zaphira levantó la mirada.
—Es la señal.
Todos se reunieron.
Atherion guardó nuevamente el fragmento dorado dentro del medallón. Antes de hacerlo, lo observó una última vez. Por un instante creyó ver en su superficie el reflejo de un dragón.
Parpadeó.
Ya no estaba.
—¿Qué viste? —preguntó Amariel.
Atherion negó lentamente.
—Todavía no lo sé.
Y esa vez no intentó fingir que la respuesta era suficiente.
Comenzaron a descender hacia la costa mientras la noche envolvía el horizonte. El océano se extendía frente a ellos y, debajo de aquella superficie aparentemente tranquila, las luces de Elaria comenzaban a despertar una por una.
Ninguno podía saber todavía qué encontrarían allí.
No sabían qué parte de su corazón sería reflejada por aquellas aguas.
No sabían qué decisiones les pediría el futuro.
Pero todos comprendían algo ahora.
El pasado había dejado sus huellas.
Las consecuencias habían llegado hasta ellos.
Y el siguiente paso no sería solamente descubrir qué había ocurrido.
Sería decidir qué harían ellos con todo aquello que estaban comenzando a recordar.
La corriente luminosa los esperaba.
Y más allá de ella, bajo las aguas, comenzaba el último tramo de su primer camino.