Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 10 — EL SANTUARIO DE LAS MEMORIAS
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CAPÍTULO 10 — EL SANTUARIO DE LAS MEMORIAS

«A veces no necesitamos nuevas respuestas, sino un lugar donde las preguntas puedan encontrar su sitio.»

El camino dejó atrás las tierras de Ignator cuando el sol comenzaba a descender.

Durante varias horas ninguno de ellos habló demasiado; no porque estuvieran molestos entre sí, sino porque cada uno llevaba consigo lo ocurrido en las entrañas del volcán.

El fuego había dejado una pregunta diferente en cada uno y, después de tantos días de avanzar sin detenerse, incluso las palabras parecían necesitar descanso.

Fue entonces cuando el paisaje cambió de manera inesperada.

Entre las montañas apareció un valle oculto, rodeado por enormes formaciones de piedra que protegían un pequeño santuario del viento y del calor.

En su centro había un estanque de agua cristalina, mientras corrientes de aire recorrían las plataformas superiores, pequeñas llamas azules ardían entre las rocas y, sobre el techo abierto de piedra, comenzaban a aparecer las primeras estrellas.

Brumm fue el primero en detenerse.

—¿Esto estaba aquí todo este tiempo?

Rangar miró alrededor con la misma sorpresa.

—No lo conocía.

Zaphira avanzó unos pasos hacia el estanque y dejó que sus dedos rozaran la superficie.

El agua respondió con pequeños círculos luminosos que se extendieron hacia las orillas, mientras una corriente suave levantaba su cabello negro y rizado.

Aureon levantó la mirada hacia el cielo abierto y observó cómo las estrellas comenzaban a hacerse visibles, una detrás de otra.

Kael se acercó a una de las formaciones de piedra y apoyó una mano sobre ella, sintiendo el calor que permanecía en su interior.

Amariel respiró profundamente. El lugar no pertenecía a ningún reino y, sin embargo, parecía tener un espacio preparado para cada uno de ellos.

—Es como si todos pudiéramos encontrar algo nuestro aquí —dijo.

Lysandra observó el movimiento del aire.

—Quizá ese sea precisamente el propósito.

Atherion permaneció unos segundos en silencio antes de mirar hacia una zona donde la luz de las estrellas se reflejaba sobre el agua.

Lumen se acomodó cerca de Amariel, mientras Aither descendía sobre una plataforma de roca y plegaba sus alas.

Nadie dio la orden de detenerse. Simplemente lo hicieron.

Después de semanas de caminar, luchar, descubrir fragmentos de una historia que no comprendían y enfrentarse a partes de sí mismos que preferían mantener ocultas, necesitaban aquel lugar tanto como necesitaban seguir avanzando.

Prepararon un pequeño campamento alrededor del santuario.

Brumm encontró una zona donde podía sentarse sin derribar nada, Rangar se dejó caer junto a una roca caliente y Aureon abrió su antiguo volumen, aunque esta vez no comenzó a leerlo.

Zaphira y Lysandra permanecieron cerca del estanque, mientras Kael ayudaba a Amariel a preparar algo de comida.

Atherion se apartó solo unos metros, lo suficiente para poder observar al grupo sin quedar completamente separado de ellos.

Nadie intentó llenar el silencio. Por primera vez, parecía que todos entendían que no tenían que hacerlo.

Rangar fue quien finalmente rompió la quietud.

—Creo que ya no sé cuántas cosas sabemos.

Brumm soltó una risa.

—Yo sí. Ninguna.

—Eso es exagerar.

—Entonces dime una respuesta.

Rangar abrió la boca, pero no encontró ninguna.

Aureon levantó la vista del libro.

—No es que no sepamos nada. Ese es precisamente el problema.

Todos lo miraron.

—Sabemos demasiadas cosas —continuó—, pero están incompletas. Tenemos recuerdos que no son nuestros, símbolos que no comprendemos, fragmentos de una historia anterior a los seis reinos y personas que parecen saber mucho más de lo que están dispuestas a decirnos.

Amariel asintió lentamente.

—Entonces quizá deberíamos dejar de intentar entenderlo todo al mismo tiempo.

La propuesta pareció sencilla.

Pero era exactamente lo que necesitaban.

Se reunieron alrededor del estanque. No como un consejo ni como herederos de sus respectivos reinos, sino como los jóvenes que habían comenzado aquel viaje sin saber siquiera por qué habían sido llamados.

Aureon colocó su libro sobre una piedra y, por primera vez, no intentó encontrar respuestas en sus páginas.

—Hagámoslo uno por uno —dijo—. ¿Qué sabemos realmente?

Rangar se recostó contra la roca caliente.

—Sabemos que hubo algo antes de los seis reinos. El Primer Quiebre no ocurrió de la nada. Algo sucedió cuando el mundo todavía estaba unido y después las cosas comenzaron a separarse.

Aureon asintió.

—También hemos visto imágenes de Atenea.

—Y del primer ser libre —añadió Zaphira.

—Y de un dragón —dijo Brumm.

Atherion permaneció callado.

Amariel lo miró.

—Y tenemos fragmentos que aparecen de manera diferente para cada uno.

—No sabemos si son recuerdos, advertencias o algo más —dijo Kael.

—Pero sabemos que están relacionados —respondió Aureon—. Eso ya es algo.

El grupo guardó silencio durante unos segundos.

Entonces Amariel habló.

—Yo sé que mi marca no es normal. Sé que estaba conmigo desde que nací y que reacciona cuando algo relacionado con estas fuerzas antiguas aparece. Sé que Atenea se ha cruzado en nuestro camino más de una vez y que hay algo en ella que me resulta... cercano, aunque no sé por qué.

No dijo más.

Había preguntas que todavía no sabía cómo formular.

—También sé que mi vida en Sylvaris no fue casualidad —continuó—. Algo me llevó allí. Algo quiso que creciera allí. Pero no sé qué.

Kael la observó.

No intentó responder por ella.

Amariel respiró profundamente antes de continuar.

—Y sé que no sé de dónde vengo realmente.

Aquella última frase permaneció entre ellos.

Aureon bajó la mirada.

La similitud que había percibido en la Ciudad de Atenea regresó a su memoria, pero no dijo nada. Todavía no tenía suficientes piezas para convertir una sospecha en una afirmación.

—Yo tengo otra duda —dijo finalmente—. Mi madre aparece en todo esto. La he visto relacionada con decisiones que ocurrieron antes de los seis reinos. Sé que conoce información que nunca nos ha contado. Y ahora he visto cosas que no puedo explicar.

Miró hacia Amariel.

—Y tú.

Amariel levantó una ceja.

—¿Yo qué?

—Hay algo en ti que se parece a ella.

La expresión de Amariel cambió ligeramente.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Aureon cerró el libro.

—No sé qué significa. Solo sé que lo vi.

—Entonces todavía es una pregunta —dijo Lysandra.

Aureon asintió.

—Sí. Una pregunta.

Brumm se acomodó sobre la piedra y miró sus propias manos.

—Yo sé que soy fuerte. Eso nunca fue una duda.

Rangar sonrió.

—Eso tampoco lo dudamos nosotros.

Brumm le lanzó una mirada divertida antes de continuar.

—Pero ahora sé que mi fuerza puede hacer daño incluso cuando quiero ayudar. En la prueba del volcán vi lo que puede ocurrir cuando golpeas primero y piensas después. También vi a mi padre. O creí verlo. No sé qué significa todavía.

Su voz se hizo más tranquila.

—Y sé que no quiero que mi fuerza sea lo único que defina quién soy.

Nadie respondió inmediatamente.

No hacía falta.

Rangar observó el fuego azul que ardía cerca de sus botas.

—Yo sé que estoy orgulloso de Ignator.

—Eso sí lo sabemos —dijo Zaphira.

Rangar soltó una carcajada.

—Gracias por la delicadeza.

La risa se extendió por el grupo y alivió la tensión.

Después Rangar volvió a ponerse serio.

—Pero también sé que mi orgullo puede convertirse en otra cosa. En la prueba vi a mi pueblo pagando por decisiones que yo creía que podía controlar. Y... —hizo una pausa— sé que todavía no he aceptado que Rhaelia se fue.

Atherion levantó ligeramente la mirada.

Rangar no lo vio.

—Siempre dije que fue su decisión y que tenía derecho a tomarla. Eso sigue siendo cierto. Pero ahora entiendo que yo también tomé una decisión cuando dejé de hablar de ella. Convertí su ausencia en algo de lo que no quería hablar.

Brumm apoyó una mano sobre su hombro.

Rangar la miró y sonrió.

—Gracias.

Zaphira fue la siguiente.

Miró el agua durante varios segundos antes de hablar.

—Sé quién se supone que debo ser. Sé lo que Elaria espera de mí. Sé cómo debe comportarse una princesa, qué decisiones debo tomar y qué futuro debería aceptar.

Lysandra permaneció en silencio.

Zaphira respiró lentamente.

—Lo que todavía estoy descubriendo es quién quiero ser cuando nadie me diga cómo hacerlo.

Lysandra bajó ligeramente la mirada.

Zaphira no explicó más.

Todavía no podía.

Pero la pregunta ya estaba ahí.

Kael miró a Amariel.

—Yo sé que quiero protegerla.

Amariel sonrió.

—Eso también lo sabemos.

—Sí. Pero ahora sé algo más.

La miró directamente.

—Protegerte no significa decidir por ti.

Amariel sostuvo su mirada y sonrió con afecto.

—Eso ya es bastante.

Kael asintió.

—También sé que algún día voy a ser heredero de Sylvaris. Lo he sabido toda mi vida. Lo que no sé todavía es qué clase de rey quiero ser.

Aureon tomó nuevamente el libro.

—Eso también es una pregunta.

—Parece que tenemos muchas.

—Demasiadas —respondió Brumm.

Lysandra sonrió antes de hablar.

—Yo sé que he dedicado gran parte de mi vida a proteger a Zaphira y a servir a Elaria. Sé que es una parte importante de mí. Pero ahora entiendo que algunas cosas que sentía por ella no cabían solamente dentro de esa responsabilidad.

Zaphira la miró.

Por un instante ninguna dijo nada.

No necesitaban hacerlo.

Atherion permaneció sentado junto a Aither, con la mirada perdida en el agua. Durante unos segundos parecía que no iba a hablar. Después llevó una mano al medallón que llevaba bajo la ropa.

—Yo sé menos que ustedes.

Rangar arqueó una ceja.

—Eso es difícil.

Atherion casi sonrió.

—Sé quién era mi madre. Sé que murió cuando nací.

Sé que Medea me crió y que durante mucho tiempo no tuve respuestas sobre mi padre.

Sé que me llamaron Destructor antes de que yo pudiera decidir quién quería ser.

Sé que los dragones me reconocen y que hay algo en mi sangre que no comprendo completamente.

Sus dedos cerraron el medallón.

—También sé que cada vez que aparece uno de esos fragmentos, esto reacciona.

Amariel observó el objeto.

—¿Y qué viste esta vez?

Atherion tardó en responder.

—Algo que no sé interpretar.

No mintió.

Eso era todo lo que podía decir.

—Vi a mi madre. Vi un dragón. Vi algo que parecía pertenecer a un pasado que nunca conocí. Y ahora tengo una pregunta que antes no tenía.

Aureon lo observó.

—¿Cuál?

Atherion levantó la mirada.

—¿Y si la historia que me contaron sobre mi origen está incompleta?

Nadie respondió.

Porque todos tenían exactamente la misma sensación.

La historia que conocían estaba incompleta.

Amariel miró el reflejo de las estrellas en el estanque.

—Entonces tenemos que recordar también lo que vimos sobre el Primer Quiebre.

Aureon asintió.

—Un mundo unido.

Rangar añadió:

—Una decisión.

Brumm:

—Consecuencias.

Zaphira:

—Y después, los seis reinos.

Kael miró hacia el cielo.

—Pero no sabemos qué ocurrió exactamente entre una cosa y otra.

Lysandra completó:

—Ni quién tomó qué decisión.

Atherion observó el fuego azul.

—Ni por qué algunas personas todavía cargan con aquello.

El silencio volvió.

Pero esta vez era diferente.

Ya no parecía un silencio lleno de caos.

Parecía el espacio que quedaba después de ordenar una habitación demasiado tiempo abandonada.

Seguían existiendo objetos fuera de lugar, puertas cerradas y lugares que ninguno se atrevía a abrir, pero ahora podían reconocerlos.

Sabían qué preguntas pertenecían a cada uno y cuáles compartían.

Sabían que Atenea aparecía en partes de la historia que todavía no comprendían.

Sabían que el Primer Quiebre había ocurrido antes de los seis reinos.

Sabían que el primer ser libre estaba relacionado con aquello que había sucedido.

Sabían que los Custodios conocían fragmentos de una verdad más antigua.

Sabían que sus propias decisiones comenzaban a tener consecuencias reales.

Amariel levantó la mirada hacia los demás.

—Entonces no tenemos que resolverlo todo ahora.

Aureon sonrió ligeramente.

—No.

—Solo tenemos que recordar lo que sabemos.

—Y no olvidar lo que todavía no sabemos —añadió Lysandra.

Brumm se levantó lentamente y estiró los brazos.

—Eso sí puedo hacerlo.

Rangar se puso de pie.

—Yo también.

Zaphira miró hacia el camino que salía del santuario.

—Entonces seguimos.

Atherion se incorporó junto a Aither.

Durante unos segundos observó el cielo abierto.

Las estrellas parecían infinitas.

El pasado seguía incompleto.

El presente seguía lleno de preguntas.

Y el futuro todavía no había sido elegido.

Pero por primera vez desde que comenzaron aquel viaje, ninguno sentía que estuviera perdido dentro de la historia.

No tenían todas las piezas.

No conocían todavía la imagen completa.

Pero ahora sabían qué habían encontrado, qué habían perdido, qué preguntas pertenecían a su propio pasado y cuáles formaban parte de algo mucho más antiguo que ellos.

Cuando abandonaron el santuario, el camino ya no parecía una sucesión de misterios sin sentido.

Era un camino.

Y, por primera vez, podían ver hacia dónde estaban caminando