CAPÍTULO 9 — EL CORAZÓN DEL FUEGO #2
La ciudad apareció detrás de él.
—Tu decisión cambió la vida de quienes estaban dentro.
Rangar quiso responder, pero el escenario volvió a cambiar.
Ahora estaban sus amigos.
Brumm.
Aureon.
Zaphira.
Lysandra.
Amariel.
Kael.
Atherion.
Todos estaban cubiertos de ceniza.
Todos lo miraban.
—Yo quería ayudar —dijo Rangar.
Amariel respondió:
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué...?
—Porque querer ayudar no elimina las consecuencias.
La visión desapareció.
Rangar quedó solo con el fuego, por primera vez, no intentó dominarlo.
Brumm apareció frente a una enorme estructura de piedra, su cuerpo era más grande de lo normal, sus brazos parecían capaces de mover montañas.
Un grupo de personas estaba atrapado detrás de una pared, Brumm golpeó la roca.
Una vez, Dos a la tercera, la pared se quebró, los liberó, pero el impacto había provocado un derrumbe, más personas quedaron atrapadas.
Brumm retrocedió horrorizado.
—No...
Intentó utilizar más fuerza, la montaña respondió con otro estruendo.
—¡No!
Su propia fuerza estaba convirtiéndose en una amenaza.
Por primera vez comprendió que ser capaz de hacer algo no significaba que hacerlo fuera siempre la mejor opción.
Aureon se encontró en una ciudad iluminada por relámpagos.
Levantó su lanza.
La electricidad respondió.
Era hermosa.
Poderosa.
Perfecta.
Pero cada descarga afectaba algo diferente.
Una torre cayó.
Un puente se partió.
Una biblioteca quedó envuelta en fuego.
Aureon observó los libros desaparecer.
—Yo tengo el conocimiento para evitar esto.
Una voz respondió:
—¿Y quién te enseñó que tener conocimiento significa tener siempre la razón?
Aureon apretó la lanza.
—Soy hijo de dioses.
La respuesta llegó desde el cielo.
—Precisamente.
Un relámpago cayó.
Aureon comprendió que incluso aquello que había recibido como herencia podía convertirse en arrogancia si dejaba de cuestionarse.
Zaphira vio una ciudad gobernada por su propia imagen.
Todos obedecían.
Todos la admiraban.
Todos repetían que era la princesa perfecta.
Pero detrás de aquella perfección había personas que habían dejado de decidir por sí mismas.
Lysandra estaba allí.
Intentaba advertirle algo.
Zaphira no la escuchaba.
—Yo sé lo que es mejor para todos.
La frase salió de su propia boca.
Y al escucharla comprendió por qué le resultaba tan insoportable.
No quería convertirse en aquello.
Kael se vio frente a un ejército.
Tenía el estandarte de Sylvaris en las manos.
Todos esperaban sus órdenes.
Amariel estaba al frente.
Kael levantó la mano.
—¡No avanzarás!
Amariel lo miró.
—¿Por qué?
—Porque es peligroso.
—Yo decido si lo es.
Kael observó al ejército.
Si daba la orden, todos obedecerían.
Si la retenía, también.
Comprendió entonces que ser heredero significaba tener el poder de afectar vidas incluso cuando sus intenciones fueran buenas.
Lysandra vio algo diferente.
Vio a Zaphira frente a ella.
Herida.
Rodeada de enemigos.
Lysandra tenía la capacidad de protegerla.
Pero para hacerlo debía abandonar a un grupo de personas que también dependía de ella.
La decisión no era entre salvarla o no salvarla.
Era comprender que cada elección dejaría a alguien expuesto.
Atherion no vio un reino.
Vio su propia sombra.
Miles de personas gritaban el nombre de Destructor.
Él levantó una mano.
Las sombras respondieron.
Podía acabar con todo.
Podía demostrar que aquellos que lo temían tenían razón.
Podía usar el poder que llevaba dentro para obligar al mundo a respetarlo.
Entonces escuchó la voz de Amariel.
—¿Eso es lo que quieres?
Atherion cerró la mano.
—No.
—Entonces ¿por qué sigues mirándolo?
Atherion observó su propia sombra.
Porque una parte de él todavía quería demostrar que podía ser más fuerte que aquello que lo había marcado.
Pero no respondió.
La visión se quebró.
Cuando las imágenes desaparecieron, todos volvieron a encontrarse en el corazón del volcán.
Nadie habló inmediatamente.
Rangar respiraba con dificultad.
Brumm tenía las manos cerradas.
Aureon observaba su lanza.
Kael miraba a Amariel.
Zaphira y Lysandra permanecían juntas.
Atherion mantenía los ojos clavados en el suelo.
El Custodio apareció nuevamente en su forma humana.
No parecía satisfecho.
Tampoco decepcionado.
Solo los observaba.
—¿Eso era una prueba? —preguntó Brumm.
—No.
El muchacho negó lentamente.
—Era una posibilidad.
Rangar levantó la mirada.
—¿Y qué debemos hacer con ella?
—Decidir qué hacen cuando tengan poder suficiente para afectar a alguien más.
Aureon frunció el ceño.
—Eso no responde nada.
—No estoy aquí para responder.
El Custodio comenzó a caminar hacia ellos.
—Estoy aquí para recordarles algo que olvidan con demasiada facilidad.
El pequeño zorro apareció nuevamente a su lado, rodeado por una pequeña llama.
—Las consecuencias no terminan en quien toma la decisión.
Miró a Rangar.
Después a Brumm.
Aureon.
Kael.
Zaphira.
Lysandra.
Atherion.
Y finalmente a Amariel.
—Una decisión puede comenzar en una sola persona y terminar cambiando la vida de cientos.
El volcán volvió a estremecerse.
El Custodio retrocedió.
—Cuando requieran volver a recordar que las consecuencias no son individuales...
El pequeño zorro saltó sobre una roca.
Las llamas comenzaron a envolverlo.
—Yo volveré a aparecer.
Y desapareció.
No hubo despedida.
Solo el eco de sus palabras.
El grupo salió lentamente de las entrañas del volcán.
Afuera, Ignator seguía siendo el mismo reino que habían encontrado al llegar: fuerte, orgulloso, brillante y peligroso.
Pero Rangar ya no lo observaba exactamente igual.
Seguía amando su hogar. Seguía sintiendo orgullo por sus raíces, por sus guerreros, por la fuerza de su pueblo y por aquello que Ignator representaba.
Solo que ahora podía ver también el precio de convertir ese orgullo en una necesidad permanente de demostrar quién era más fuerte.
Caminaron nuevamente por las calles.
Los mismos estandartes ondeaban.
Las mismas forjas ardían.
Los mismos guerreros entrenaban.
Pero algo había cambiado en la manera en que Rangar miraba cada uno de aquellos lugares. Se detuvo frente a la plataforma donde alguna vez había entrenado con Rhaelia y permaneció unos segundos en silencio.
Brumm se colocó a su lado.
—¿Estás bien?
Rangar tardó en responder.
—No lo sé.
Brumm sonrió.
—Es una respuesta bastante buena para nosotros últimamente.
Rangar soltó una risa.
—Sí.
Después miró hacia sus amigos.
Ya no veía solamente a viajeros que habían llegado a su reino.
Eran personas cuyas vidas podían verse afectadas por sus decisiones.
Y él también podía ser afectado por las de ellos.
El fuego de Ignator continuó ardiendo detrás de ellos mientras comenzaban a alejarse de la ciudad. Nadie había recibido una respuesta. Nadie había salido del volcán convertido en alguien diferente.
Pero ahora todos llevaban una pregunta nueva.
¿Qué harían la próxima vez que tuvieran el poder suficiente para cambiar algo que no les pertenecía solamente a ellos?
Muy lejos de allí, en las profundidades del océano, una enorme mantarraya atravesaba las corrientes.
Y en las entrañas del volcán, un pequeño zorro de fuego abrió los ojos.
Los dos Custodios aún no sabían cuándo volverían a encontrarse con aquellos jóvenes.
Pero el Equilibrio sí.