CAPÍTULO 9 — EL CORAZÓN DEL FUEGO
«El poder no se mide por cuánto puedes dominar, sino por cuánto puedes destruir cuando olvidas que nunca estás solo.»
El camino hacia Ignator comenzó a cambiar mucho antes de que el volcán apareciera frente a ellos.
La tierra se volvió más oscura bajo sus botas, las montañas comenzaron a mostrar vetas rojizas entre las rocas y el aire adquirió una temperatura que aumentaba con cada hora de recorrido.
A lo lejos, una columna de humo se elevaba hacia el cielo, pero no era una señal de peligro para Rangar.
Era una señal de hogar. El príncipe había permanecido callado durante buena parte del trayecto, observando cómo el paisaje conocido comenzaba a reemplazar los bosques, los caminos antiguos y las ruinas que habían atravesado juntos.
Cuando finalmente apareció la primera muralla de piedra negra, sus hombros se enderezaron casi por instinto y una sonrisa orgullosa cruzó su rostro.
—Ahí está —dijo.
Brumm levantó la mirada hacia las enormes construcciones que se extendían alrededor de la montaña.
Ignator no se parecía a ningún reino que hubieran visitado.
Las casas estaban construidas con piedra volcánica y metal oscuro, atravesadas por canales por donde corrían pequeñas corrientes de fuego controlado.
Grandes hornos iluminaban las calles y las forjas permanecían abiertas incluso durante el día, mientras el humo ascendía entre torres altas coronadas por estructuras que parecían llamas petrificadas.
Sobre las entradas colgaban estandartes rojos y negros con el símbolo de Ignator, y en las plazas los guerreros entrenaban con espadas, lanzas y brazaletes capaces de canalizar el fuego.
Era un reino que no escondía su poder; lo mostraba en cada muro, cada arma y cada mirada.
—Bienvenidos a Ignator —dijo Rangar, abriendo ligeramente los brazos—. Mi hogar.
Kael observó una de las enormes puertas de entrada.
—Es... impresionante.
Rangar sonrió con satisfacción.
—Lo sé.
Amariel soltó una pequeña risa.
—No podías evitar decirlo, ¿verdad?
—No estoy presumiendo.
Aureon levantó una ceja.
—Llevas tres minutos diciéndonos que tu reino es el más fuerte.
—Porque lo es.
Brumm se inclinó ligeramente hacia Amariel.
—Creo que acaba de demostrar nuestro punto.
Rangar lo escuchó.
—¿Qué punto?
—Ninguno.
El príncipe entrecerró los ojos, pero terminó riendo.
Aquella confianza entre ellos había cambiado desde que comenzaron el viaje.
Ya no eran desconocidos que caminaban juntos porque una fuerza antigua los había llamado.
Habían compartido caminos, heridas, discusiones, silencios y momentos en los que ninguno sabía qué hacer.
Habían aprendido a reconocerse incluso cuando no estaban de acuerdo.
Por eso, cuando las puertas de Ignator comenzaron a abrirse, Rangar no entró solamente como príncipe.
Entró acompañado por personas que ahora formaban parte de su camino.
Sin embargo, no todos los recibieron de la misma manera.
Los guardias apostados en la entrada observaron primero a Rangar y después al resto del grupo.
Las miradas se detuvieron en Brumm por su tamaño, en Aureon por su vestimenta de Alfheim y, finalmente, en Atherion.
El cambio fue inmediato. Uno de los soldados llevó una mano hacia el arma que llevaba al costado mientras otro murmuraba algo que los demás alcanzaron a escuchar.
—El Destructor.
Atherion no reaccionó.
Rangar sí.
—Bajen las armas.
El guardia miró al príncipe.
—Alteza, ese hombre...
—He dicho que bajen las armas.
La orden salió firme, sin necesidad de elevar la voz. Los soldados obedecieron, aunque ninguno dejó de observar a Atherion con desconfianza. Uno de ellos incluso dio un paso atrás cuando Aither pasó sobre ellos, extendiendo sus enormes alas doradas antes de continuar hacia la ciudad.
—No sabía que traías al Destructor a Ignator —dijo otro guardia.
Atherion lo miró.
—Yo tampoco sabía que necesitaba permiso.
Rangar soltó aire por la nariz.
—No empieces.
—No he empezado nada.
El guardia apretó la mandíbula.
—Dicen que donde él aparece, las sombras lo siguen.
Rangar se volvió hacia él.
—Y yo digo que si vuelve a escuchar otra palabra sobre uno de mis invitados, será usted quien tenga que explicarle al rey por qué insultó al príncipe de Umbrath bajo mi protección.
El hombre bajó la cabeza.
—Sí, alteza.
Amariel observó a Rangar en silencio. Había algo diferente en él.
El mismo orgullo que tantas veces lo hacía levantar la voz podía convertirse también en una herramienta para proteger a quienes consideraba suyos.
Pero había una línea delgada entre defender y dominar, y ella comenzaba a comprender que Ignator estaba construido precisamente sobre esa frontera.
Rangar los condujo por las calles principales.
Conforme avanzaban, el reino parecía hacerse todavía más intenso.
Las personas se apartaban al reconocerlo y algunos niños corrían detrás del grupo para observar a Aither.
Los guerreros saludaban a su príncipe con respeto y los comerciantes inclinaban la cabeza.
Las mujeres que trabajaban en las forjas se mantenían cerca de los talleres, mientras los hombres ocupaban gran parte de los espacios donde se tomaban decisiones y se demostraba públicamente el poder.
Rangar parecía no reparar en ello al principio, demasiado concentrado en mostrarles los lugares que conocía desde niño.
—Aquella es la Plaza de las Forjas. Allí se fabrican las armas de la guardia real. Más adelante están las plataformas de entrenamiento y detrás de la montaña se encuentra la Cuna de las Cenizas.
Brumm miró hacia una estructura enorme donde varios guerreros practicaban con sus brazaletes.
—¿Todos aquí saben usar fuego?
—Todos nacemos con la posibilidad de hacerlo —respondió Rangar—. Algunos tienen más poder que otros.
—¿Y qué pasa con quienes no son tan fuertes?
Rangar tardó un instante en responder.
—Entrenan.
Brumm sonrió.
—Eso suena a respuesta de Ignator.
—Porque lo es.
Zaphira observaba las calles con atención.
Había algo en la forma en que las personas hablaban, caminaban y ocupaban los espacios que le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.
El poder estaba presente en todo, pero también una necesidad constante de demostrarlo.
Cada guerrero llevaba su brazalete visible.
Cada familia parecía orgullosa de su capacidad.
Cada conversación terminaba hablando de fuerza, posición o reconocimiento.
Lysandra se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Qué piensas?
—Que entiendo por qué Rangar está orgulloso de su hogar.
—¿Y?
Zaphira miró alrededor.
—También entiendo por qué puede ser peligroso.
Antes de que Lysandra pudiera responder, Rangar se detuvo frente a una enorme plataforma de piedra.
—Aquí entrenaba con Rhaelia.
El nombre quedó suspendido entre ellos.
Rangar no añadió nada.
Solo miró el lugar durante unos segundos antes de continuar.
Atherion lo observó desde unos pasos atrás, pero tampoco preguntó. Había escuchado suficiente sobre Ignator para reconocer que algunas heridas no necesitaban ser tocadas cada vez que aparecían.
Continuaron hacia la montaña.
La entrada a la Cuna de las Cenizas estaba protegida por una enorme puerta tallada directamente en la roca. Sobre ella aparecía una inscripción antigua que todos pudieron leer:
Ceniza eres, y en el fuego renaces.
Rangar apoyó una mano sobre la piedra.
—Aquí es donde entrenan los miembros de la familia real cuando alcanzan cierta edad.
Aureon examinó los símbolos.
—¿Y qué hay debajo?
—Las entrañas del volcán.
Brumm miró hacia la abertura.
—Eso no sonó tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Una pequeña risa recorrió al grupo, pero desapareció cuando la puerta comenzó a abrirse.
El calor que salió del interior fue inmediato.
No era solamente el calor de un horno. Era profundo, antiguo, como si la montaña respirara desde las profundidades.
Las paredes interiores estaban atravesadas por grietas rojizas y enormes plataformas descendían hacia el corazón del volcán.
A medida que avanzaban, el ruido de la ciudad desapareció hasta quedar sustituido por el rugido lejano de la tierra.
Entonces escucharon una voz.
—Hasta aquí llegan.
Todos se detuvieron.
Sobre una roca cercana apareció un pequeño zorro de pelaje rojo oscuro. Era diminuto, apenas un poco más grande que Lumen, y tenía las puntas de las orejas, la cola y las patas iluminadas por pequeñas llamas. Sus ojos dorados observaron al grupo con una inteligencia que no correspondía a su tamaño.
Lumen se acercó un poco.
El pequeño zorro lo miró.
Lumen lo miró, Brumm sonrió.
—Creo que le cae bien.
El zorro bostezó.
—No estoy seguro —dijo Kael.
Una llamarada pequeña salió de la cola del animal.
—Definitivamente le cae bien —corrigió Brumm.
El zorro saltó desde la roca y, al tocar el suelo, el fuego que lo rodeaba desapareció. Frente a ellos quedó un adolescente de apariencia joven, cabello oscuro con reflejos rojizos y ojos dorados. Vestía ropas sencillas, resistentes al calor, y llevaba en el pecho el símbolo de Ignator.
—Soy el Custodio de este lugar.
Rangar dio un paso adelante.
—¿Eres el Nexo del Fuego?
El muchacho sonrió.
—Eso dicen.
—¿Y qué debemos hacer?
El Custodio negó con la cabeza.
—Eso no me corresponde decirlo.
Miró al grupo.
—El fuego no les preguntará qué quieren demostrar. Les mostrará lo que ocurre cuando el poder de uno deja de pertenecer solamente a uno.
La puerta detrás de ellos se cerró.
El suelo comenzó a vibrar.
Las paredes desaparecieron.
Cada uno quedó en un espacio diferente.
Rangar abrió los ojos en medio de una plaza de Ignator.
Había fuego por todas partes.
Pero no era un fuego que él hubiera provocado.
Las personas corrían.
Los edificios ardían.
Los guerreros intentaban contener las llamas mientras otros gritaban órdenes contradictorias.
Rangar levantó su brazalete.
—¡Yo puedo detenerlo!
El fuego respondió.
Una enorme llamarada salió de su mano y avanzó por una de las calles.
Por un instante creyó haberlo conseguido.
Después vio el resultado.
La corriente de fuego había cambiado de dirección.
Había alcanzado una casa.
Después otra.
Después una tercera.
Rangar retrocedió.
—No.
La visión cambió.
Ahora estaba frente a su padre.
El rey no estaba enojado.
Eso era peor.
—Tu poder no destruyó una casa —dijo.