CAPÍTULO 8– LA CIUDAD DE ATENEA #3
—Pero tampoco significa que ya sepamos por qué tomó esas decisiones.
Aureon bajó la vista, aquella respuesta no le daba tranquilidad pero, por primera vez, tampoco intentaba darle una respuesta sencilla.
—Siempre pensé que el conocimiento era suficiente —dijo.
—¿Y ahora?
Aureon observó las paredes de la ciudad.
—Ahora creo que conocer una parte de algo puede ser más peligroso que no conocer nada.
Lysandra sonrió ligeramente.
—Eso suena más a una pregunta que a una respuesta.
Aureon soltó una pequeña risa.
—Estoy empezando a tener muchas.
—Entonces tendrás que aprender a vivir con ellas.
Aureon la miró durante unos segundos.
—Gracias.
Lysandra levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Por no intentar explicármelo todo.
Ella sonrió.
—No podría aunque quisiera.
Los dos permanecieron en silencio, no había sido una gran conversación pero algo había cambiado Aureon había encontrado a alguien que no necesitaba tener respuestas para permanecer a su lado y Lysandra había descubierto que detrás de todo el conocimiento de Aureon también existía alguien que podía
sentirse perdido.
Unos metros más adelante, Zaphira permanecía frente a uno de los grandes espejos que habían quedado después de la prueba, ya no mostraba la imagen de una princesa perfecta.
Ahora reflejaba únicamente su rostro, sin corona, sin uniforme, sin títulos, solo ella Lysandra la observó desde lejos antes de alejarse de Aureon.
—¿Qué estás mirando?
Zaphira no apartó los ojos del espejo.
—A mí.
—Eso parece.
Zaphira sonrió débilmente.
—Durante mucho tiempo pensé que sabía quién era.
Lysandra se colocó a su lado.
—¿Y ahora?
Zaphira tardó en responder.
—Ahora no estoy tan segura.
Lysandra no pareció sorprendida.
—Tal vez eso no sea malo.
Zaphira la miró.
—¿No?
—No.
Lysandra señaló el espejo.
—Quizá por primera vez estás mirando algo que no fue construido para los demás.
Zaphira volvió a observar su reflejo.
—Siempre me dijeron cómo debía comportarme y cómo debía hablar, qué debía aprender. qué debía proteger, qué debía representar
—Y lo histe.
—Lo sé.
—Pero nunca me pregunté qué quería yo.
Lysandra la miró.
—¿Y qué quieres?
Zaphira abrió la boca, pero no respondió por primera vez, no tenía una respuesta preparada, después de unos segundos, sonrió.
—No lo sé.
Lysandra sonrió también.
—Entonces ya tienes algo que descubrir.
Zaphira volvió a mirar el espejo, esta vez no vio a la futura reina de Elaria, vio a una joven que todavía estaba intentando descubrir quién quería ser y aquella imagen le resultó extrañamente más real que todas las anteriores.
Aureon caminó unos pasos y se detuvo frente a una pintura que mostraba a Atenea junto a otros seres, Amariel estaba allí, no físicamente, sino en su pensamiento, la postura, la mirada, la manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando analizaba algo,
incluso aquella pequeña marca azul que llevaba en la mano parecía, ahora que la observaba con detenimiento, demasiado familiar.
Aureon frunció el ceño, volvió la vista hacia la estatua de Atenea, después miró a Amariel, luego otra vez a Atenea, una sensación extraña recorrió su cuerpo.
—No puede ser...
Lysandra lo escuchó.
—¿Qué?
Aureon negó inmediatamente.
—Nada.
Pero no era nada, había comenzado a notar similitudes que no podía explicar, no sabía si eran coincidencias, si pertenecían a la historia de Atenea o si simplemente estaba buscando conexiones donde no existían y esa incertidumbre comenzó a inquietarlo.
Amariel se acercó.
—¿Encontraste algo?
Aureon la miró, durante unos segundos no supo qué responder.
—Solo más preguntas.
Amariel sonrió.
—Parece que estamos acumulando muchas.
Aureon observó su rostro, la sensación volvió, la misma expresión, la misma calma, algo en ella le resultaba extrañamente familiar, pero no sabía por qué.
—Sí —respondió finalmente—. Demasiadas.
Amariel continuó caminando, Aureon permaneció unos segundos detrás de ella, no dijo nada, todavía no.
Fenrhael observó la escena desde la distancia, había visto cómo Aureon miraba las pinturas, había visto cómo Zaphira comenzaba a cuestionar el reflejo que otros habían construido para ella y también había visto cómo los vínculos entre ellos comenzaban a cambiar.
No intervino, había aprendido hacía mucho tiempo que algunas respuestas, cuando se entregaban antes de tiempo, dejaban de ser respuestas y se convertían en decisiones tomadas por alguien más.
Sylthara se acercó a él.
—Ya comenzaron.
Fenrhael la miró.
—¿Qué cosa?
—A preguntarse quiénes son.
Fenrhael observó al grupo.
—Eso no significa que sepan la respuesta.
—No tienen que saberla todavía.
Sylthara volvió la mirada hacia la ciudad.
—Solo tienen que seguir eligiendo.
Fenrhael sonrió.
—Entonces están exactamente donde deben estar.
A lo lejos, Aither levantó la cabeza, Lumen se acomodó sobre los hombros de Amariel, Atherion miró hacia la entrada de la ciudad, ya era hora de partir, pero ninguno de ellos sabía todavía que, al abandonar aquella ciudad, no llevarían únicamente recuerdos.
Llevarían decisiones y algunas de ellas ya habían comenzado a cambiar la historia.