CAPÍTULO 8– LA CIUDAD DE ATENEA #2
Amariel seguía sujetando la mano de Kael, la energía violeta continuaba extendiéndose por la grieta, Kael la miró.
—Suéltame.
—No.
—Amariel...
—No voy a soltarte.
—Entonces mira lo que estás provocando.
Ella miró hacia abajo, la oscuridad estaba creciendo por primera vez y comprendió que salvar a alguien también podía tener consecuencias que no podía controlar pero no soltó su mano.
Rangar alcanzó a Brumm.
—¡Dame la mano!
Brumm extendió el brazo y lo sujetó, Aureon observó cómo los libros caían a su alrededor, uno de ellos permaneció abierto sobre una mesa, en sus páginas aparecía el mismo símbolo de los siete círculos.
Aureon dio un paso hacia él, luego miró a Brumm, no podía hacer ambas cosas y el fuego ya estaba alcanzándolos.
Zaphira permaneció frente al espejo, Atherion se acercó.
—Quizá ninguno de los dos sabe quién es.
Zaphira lo miró.
—¿Tú no?
Atherion bajó la mirada.
—Sé quién dicen que soy.
Zaphira respondió suavemente:
—No es lo mismo.
Atherion levantó los ojos, por primera vez, aquella frase no sonó como una acusación, sonó como una posibilidad.
Lysandra permanecía entre ambos, no los empujó, no eligió, solo permaneció allí.
Fuera de la ciudad, Fenrhael observaba las puertas cerradas, Lumen caminaba inquieto de un lado a otro. Aither permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la entrada.
—No podemos entrar —dijo Lumen.
Aither intentó comunicarse telepáticamente con Atherion, aunque su voz no podía cruzar la barrera.
—No.
Fenrhael cerró los ojos.
—Ahora deben elegir por sí mismos.
Lumen levantó la cabeza.
—¿Y si se equivocan?
Fenrhael abrió los ojos.
—Entonces tendrán que vivir con esa elección.
Dentro de la ciudad, las pruebas continuaron, Amariel finalmente tomó su decisión, no soltó a Kael, la grieta se abrió completamente, una oleada de energía violeta atravesó el lugar, las sombras despertaron.
Kael desapareció entre ellas.
—¡KAEL!
Amariel cayó de rodillas, la visión se detuvo pero no desapareció inmediatamente. la última imagen permaneció frente a ella:
la grieta abierta, las sombras avanzando y la certeza de que su decisión había tenido una consecuencia después, todo quedó en blanco.
Rangar consiguió sacar a Brumm pero detrás de ellos, la biblioteca ardía, Aureon permaneció inmóvil frente al libro abierto, había salvado a Brumm pero el conocimiento que había buscado durante toda su vida desaparecía entre las llamas.
Rangar lo miró.
—Tenemos que irnos.
Aureon cerró los ojos.
—Lo sé.
No dijo que estaba bien, porque no lo estaba.
Zaphira miró nuevamente el espejo, Atherion permanecía frente a ella, Lysandra dio un paso atrás, el espejo comenzó a romperse no porque alguno hubiera encontrado una respuesta.
Sino porque ambos habían dejado de aceptar ciegamente lo que mostraba, una grieta apareció en el centro, después otra.
El reflejo desapareció y la oscuridad volvió a envolverlos.
Cuando los ocho volvieron a abrir los ojos, estaban nuevamente en la plaza central, todos respiraban con dificultad, Amariel fue la primera en incorporarse.
—Kael...
Kael estaba a unos metros, vivo, ella corrió hacia él pero se detuvo antes de abrazarlo, Kael también parecía recordar no había sido una simple ilusión algo de lo ocurrido permanecía en ambos.
Aureon observó los libros quemados que todavía parecían arder en su memoria, Brumm bajó la mirada, Rangar permaneció en silencio.
Zaphira observó a Lysandra, Atherion miró su colgante,el fragmento violeta había cambiado una nueva línea recorría la superficie, no estaba completo pero algo había despertado.
Entonces una raíz atravesó el suelo de la plaza después otra la piedra comenzó a romperse, una figura apareció entre las raíces, una mujer, cabello mezclado con hojas y tonos plateados, piel de bronce, ojos entre ámbar y verde, su presencia hizo que toda la ciudad guardara silencio.
Fenrhael la observó desde el otro lado de las puertas y comprendió.
—La nueva Custodia.
La mujer abrió lentamente los ojos, miró a los ocho viajeros después al Árbol de la Vida grabado en la piedra.
—Han llegado.
Amariel dio un paso hacia ella.
—¿Quién eres?
La mujer respondió:
—Sylthara.
Atherion permaneció atento.
—¿Eres un Nexo?
Sylthara lo miró.
—Sí.
Brumm levantó la maza.
—¿Y ahora qué?
Sylthara negó suavemente.
—Ahora comienzan a descubrir lo que hicieron, las consecuencias de lo que acaban de elegir
El silencio volvió a caer, Aureon frunció el ceño.
—¿Hicimos?
Sylthara observó a todos.
—Las decisiones dejan huellas. algunas tardan siglos en aparecer, otras son inmediatas
Nadie respondió, Sylthara caminó hacia la salida, al llegar a las puertas, estas se abrieron, Fenrhael dio un paso atrás.
—Ya no me corresponde guiarlos.
Amariel lo miró.
—¿Nos vas a dejar?
Fenrhael sonrió.
—No.
Miró a Sylthara.
—Pero ahora ella conoce el camino que sigue.
Sylthara observó a los ocho.
—Y yo no elegiré por ustedes.
Fenrhael volvió junto a Lumen y Aither, este levantó la cabeza hacia Atherion, el joven rey sostuvo su mirada y no necesitaban despedirse, todavía no.
Sylthara permaneció unos instantes en silencio mientras los ocho viajeros intentaban comprender lo ocurrido.
La ciudad había recuperado su quietud, pero algo había cambiado en el ambiente.
Ya no parecía una ruina abandonada. Las luces que recorrían las calles seguían encendidas y, en algunos lugares, antiguos mecanismos comenzaban a funcionar nuevamente, como si la presencia de los viajeros hubiera despertado partes de la ciudad que llevaban siglos esperando.
Aureon no parecía prestar atención, seguía mirando la estatua de Atenea, había algo en aquel rostro que no podía apartar de su mente, se acercó lentamente.
La estatua no era exactamente igual a la mujer que había visto en las pinturas, pero los detalles coincidían: la postura, la forma de sostener la lanza, la expresión serena y, sobre todo, aquella manera de mirar que Aureon conocía demasiado bien.
—Es ella —murmuró.
Lysandra se acercó.
—¿Atenea?
Aureon asintió.
—Mi madre.
Lysandra observó la estatua y después a Aureon.
—¿Qué estás pensando?
Él tardó en responder.
—Que no entiendo nada.
—Eso nos pasa a todos.
Aureon negó.
—No. Esto es diferente.
Señaló la estatua.
—Esta es su ciudad. Sus símbolos están por todas partes. Su historia está aquí. Y, sin embargo, hay cosas que no coinciden con lo que me enseñaron.
Lysandra no intentó responder por él, simplemente permaneció a su lado, Aureon volvió a mirar las pinturas.
—Toda mi vida creí conocer la historia de Alfheim. Creí conocer la historia de los dioses. Creí conocer a Atenea.
Hizo una pausa.
—Ahora estoy aquí y descubro que existe una parte de ella que ni siquiera sabía que existía.
Lysandra observó su rostro.
—Tal vez no te mintió.
Aureon la miró.
—¿Entonces qué hizo?
—Tal vez también tuvo miedo de lo que podía ocurrir si algunas verdades eran conocidas antes de tiempo.
Aureon permaneció pensativo.
—Eso no la hace menos responsable, ni aceptable la mentira
—No.
Lysandra sostuvo su mirada.