CAPÍTULO 8– LA CIUDAD DE ATENEA
«A veces, la verdad no se encuentra mirando hacia atrás, sino descubriendo qué estás dispuesto a hacer cuando ya no puedes esconderte de ti mismo.»
La Ciudad Antigua apareció al otro lado de las montañas cuando el sol comenzaba a descender.
Durante varios minutos ninguno de los viajeros dijo una palabra.
Las primeras estructuras surgían entre la niebla como restos de una civilización que hubiera sido abandonada en mitad de su propia historia.
Torres de piedra blanca se elevaban entre construcciones cubiertas de raíces, mientras antiguos puentes unían edificios que parecían pertenecer a épocas diferentes.
No había estandartes de ningún reino conocido, ni murallas que marcaran un territorio.
Solo símbolos antiguos, algunos de ellos idénticos a los que habían encontrado bajo tierra.
Amariel se detuvo.
—Es ella.
Aureon observó la ciudad con una mezcla de reconocimiento e incertidumbre.
—La Ciudad de Atenea.
Fenrhael asintió.
—O lo que queda de ella.
Atherion miró hacia las construcciones más altas, su colgante comenzó a emitir una tenue vibración, Aither descendió desde el cielo y se posó cerca de él.
—Lo siente.
—Sí.
Amariel observó el colgante.
—¿Otra vez?
Atherion cerró la mano alrededor de él.
—Desde que vimos la ciudad.
Kael miró las ruinas.
—Entonces quizá aquí encontremos algunas respuestas.
Fenrhael no respondió, solo continuó caminando, la entrada se encontraba entre dos enormes columnas. Sobre ellas estaban grabados seis símbolos alrededor de un círculo vacío, el mismo espacio central que habían encontrado en las ruinas.
Cuando estuvieron frente a las puertas, las piedras comenzaron a emitir una luz tenue, Lumen levantó las orejas, Aither desplegó ligeramente las alas, Fenrhael se detuvo.
—Hasta aquí.
Amariel lo miró.
—¿Qué quieres decir?
El antiguo Custodio observó la entrada.
—La ciudad los reconoce a ustedes, no a mí.
Atherion frunció el ceño.
—Entonces entra con nosotros.
Fenrhael negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque esta vez la elección debe ser de ustedes.
Lumen emitió un pequeño sonido y caminó hasta la entrada, pero una corriente invisible recorrió las columnas y lo hizo retroceder.
Aither intentó avanzar, la misma barrera apareció, el dragón levantó la cabeza, sorprendido.
Atherion lo miró.
—Aither...
—No puedo cruzar.
Amariel se agachó junto a Lumen y acarició su cabeza.
—¿Tampoco tú?
Lumen negó, Fenrhael respiró profundamente.
—No están siendo expulsados. Están siendo apartados de una prueba que no les corresponde.
Kael miró a Fenrhael.
—¿Y tú?
—Mi prueba ya terminó.
El silencio cayó entre ellos, Fenrhael había dejado de ser quien los conducía.
—Desde este momento —continuó—, lo que ocurra dentro de esas puertas les pertenece solamente a ustedes.
Amariel se incorporó.
—¿Y si necesitamos ayuda?
Fenrhael la miró directamente.
—Entonces tendrán que decidir qué hacer sin ella.
Atherion observó a Aither, el dragón acercó el hocico hasta tocar brevemente su hombro.
—Estaré aquí.
Atherion asintió, después miró a Amariel ella sostuvo su mirada durante unos segundos, no hizo falta decir nada, las puertas comenzaron a abrirse y los ocho cruzaron el umbral.
La ciudad cambió en cuanto estuvieron dentro, las ruinas exteriores desaparecieron detrás de ellos y las enormes puertas se cerraron lentamente.
Frente al grupo apareció una avenida rodeada de edificios antiguos, pero no todos parecían abandonados.
Algunas lámparas se encendieron al paso de los viajeros.
Los símbolos grabados en las paredes comenzaron a iluminarse y, bajo sus pies, líneas doradas recorrieron la piedra como si la propia ciudad estuviera despertando.
Aureon observaba todo con fascinación.
—Esto no debería funcionar.
Brumm lo miró.
—¿Qué cosa?
—La ciudad lleva siglos abandonada.
Rangar sonrió.
—Y aun así funciona.
Aureon no respondió, porque aquella era precisamente la parte que más le inquietaba continuaron avanzando hasta llegar a una enorme plaza circular. En el centro había una estatua de una mujer sosteniendo una lanza, Atenea
Aureon se acercó lentamente por un instante, la expresión de su rostro cambió, no era miedo, era desconcierto.
—Madre...
Amariel permaneció unos pasos atrás, la marca de su mano volvió a calentarse, esta vez no desapareció inmediatamente, ella cerró los dedos. Atherion lo notó.
—¿Te duele?
Amariel negó.
—No. Solo... reacciona.
Él dio un paso hacia ella, pero Kael también se movió, Atherion se detuvo, Amariel lo miró.
—Estoy bien.
Atherion asintió.
—Lo sé.
La respuesta fue sencilla, pero permaneció entre ambos unos segundos más de lo necesario entonces la plaza comenzó a cambiar, la estatua de Atenea desapareció bajo una corriente de luz, el suelo se abrió y los ocho fueron separados.
—¡Amariel! —gritó Kael.
Ella extendió la mano.
—¡Kael!
La luz los envolvió y todo quedó en silencio…
Amariel abrió los ojos, estaba de pie en medio de Sylvaris pero no era el Sylvaris que conocía, el cielo estaba cubierto de humo, las casas ardían.
El bosque se había convertido en una línea de fuego que avanzaba lentamente hacia la ciudad.
—No...
Escuchó un grito, se giró, Kael estaba al otro lado de una grieta que atravesaba la tierra.
—¡Amariel!
Ella corrió hacia él.
—¡Kael!
Intentó cruzar, la grieta se abrió más del interior y comenzaron a surgir sombras, devorasombras Kael retrocedió.
—¡No te acerques!
Amariel levantó el arco.
—Voy por ti.
—¡No!
—¡Kael!
—¡Vete!
Las sombras comenzaron a rodearlo, Amariel tensó la cuerda.
—No voy a dejarte.
Kael negó desesperadamente.
—¡Corre!
Ella dio un paso y la grieta volvió a crecer, Kael la miró directamente.
—¡No puedes hacer las dos cosas!
Amariel se quedó inmóvil, la frase golpeó más fuerte que cualquier ataque, no podía salvarlo y mantenerse al margen al mismo tiempo, no podía protegerlo sin elegir Kael volvió a gritar.
—¡Amariel, corre!
Ella miró detrás de sí, Sylvaris estaba ardiendo, luego volvió a mirar a su hermano, la decisión llegó antes de lo que pudiera pensarla, corrió hacia él.
—¡AMARIEL, NO!
Saltó, la tierra se quebró bajo sus pies, la grieta se abrió y las sombras se elevaron por un instante, Amariel alcanzó la mano de Kael y lo sujetó, la oscuridad rugió, una energía violeta recorrió la grieta, Amariel sintió cómo algo despertaba debajo de ellos,no era una voz,
no era una criatura era una puerta y acababa de abrirse.
Rangar abrió los ojos rodeado de fuego.
—¡Brumm!
Un rugido respondió desde algún lugar entre las llamas.
—¡Aquí!
Rangar corrió, el lugar parecía una biblioteca gigantesca miles de libros ardían sobre estantes de piedra, columnas enteras comenzaban a caer y el humo cubría el techo Brumm estaba al otro lado de una plataforma rota, su enorme cuerpo había quedado atrapado.
—¡No puedo salir!
Rangar levantó las manos, el fuego respondió inmediatamente, una llamarada avanzó hacia Brumm.
—¡Espera!
Rangar intentó detenerla pero cuanto más luchaba contra las llamas, más violentas se volvían.
—¡Rangar!
—¡Estoy intentando controlarlo!
—¡Pues deja de intentarlo!
Rangar apretó los dientes, Aureon apareció entre el humo.
—¡Aléjate del fuego!
—¡Brumm está atrapado!
Aureon levantó su lanza, una descarga eléctrica atravesó el aire, el impacto golpeó una columna, la estructura tembló, varios estantes comenzaron a caer.
—¡Aureon! —gritó Brumm.
El príncipe comprendió inmediatamente que su poder podía empeorar la situación.
—No...
Miró los libros aquella biblioteca no contenía simples textos, en las paredes estaban grabados mapas, nombres, símbolos y fragmentos de una historia que ningún reino parecía conservar.
—Es conocimiento antiguo —murmuró Aureon.
Rangar lo miró.
—¿Qué importa ahora?, estamos hablando de Brumm
Aureon no respondió otro estante cayó, Brumm gritó.
—¡Sáquenme de aquí!
Rangar miró a Aureon, el miró los libros, después volvió la vista hacia Brumm, por primera vez comprendió que no podía salvarlo todo, ni siquiera con todo el conocimiento del mundo.
Rangar envainó una espada.
—Yo voy por él.
—¡Rangar, espera!
—¡No!
Corrió hacia Brumm, el fuego se elevó y la biblioteca comenzó a arder aún más rápido
Zaphira abrió los ojos frente a un enorme espejo, no había paredes, no había puertas, solo oscuridad frente a ella apareció una imagen de Elaria, su reino, sus habitantes, sus templos, todo estaba intacto.
—¿Esto es real?
Una voz respondió.
—Podría serlo.
Zaphira se volvió, Atherion estaba frente a ella pero no llevaba armadura, no tenía espada, solo permanecía de pie frente a otro espejo, en él aparecían imágenes de batallas, criaturas muertas, reinos destruidos y personas que lo señalaban.
Destructor, monstruo, hijo de la sombra, Atherion permaneció inmóvil.
—Todo esto ya lo he escuchado.
Zaphira observó su propio espejo, en el suyo aparecían coronas, consejos, personas felicitándola, perfecta, correcta, digna siempre la princesa adecuada, la futura reina adecuada, siempre la respuesta adecuada, Lysandra apareció entre ambos.
—No miren el espejo, mírense ustedes.
Zaphira la observó.
—¿Qué significa?
—Que los dos llevan años dejando que otros decidan quiénes deben ser.
Atherion negó.
—No es lo mismo.
—No —respondió Lysandra—. No lo es.
Miró a Zaphira.
—A ti te dijeron quién debías ser porque eras perfecta.
Después miró a Atherion.
—A ti te dijeron quién eras porque necesitaban un enemigo.
Atherion permaneció callado, Zaphira volvió la mirada hacia su reflejo.
—¿Y qué debemos hacer?
Lysandra dio un paso hacia ellos.
—Eso no puedo decidirlo por ustedes.
El espejo cambió, ahora mostraba a Zaphira caminando hacia una corona, luego a Atherion alejándose de todos.
Dos caminos, dos decisiones, ninguno podía elegir por el otro Atherion miró a Zaphira.
—¿Tú qué harías?
Zaphira sostuvo su mirada.
—No lo sé.
Por primera vez, ninguno de los dos tuvo una respuesta preparada.
El silencio regresó, cada grupo permanecía atrapado dentro de su propia prueba, no había enemigos que derrotar, no había una voz que les dijera qué hacer, solo decisiones y cada decisión comenzaba a dejar una huella.