Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 7 – LA HISTORIA QUE FUE OCULTADA #2
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CAPÍTULO 7 – LA HISTORIA QUE FUE OCULTADA #2

La imagen mostraba a Atenea junto a otros seres que no reconocían. Entre ellos había una figura cubierta por una capa oscura cuyo rostro había sido destruido por el paso del tiempo.

—¿Quién es él? —preguntó Zaphira.

Aureon negó.

—No lo sé.

Fenrhael se acercó a la pintura. Su expresión cambió ligeramente al observar aquella figura.

—Ese nombre fue borrado hace mucho tiempo.

Aureon se volvió hacia él.

—¿Lo conoces?

Fenrhael tardó unos segundos en responder.

—Conozco el nombre.

—¿Cuál?

El antiguo Custodio observó nuevamente la pintura.

—Náyros.

El nombre pareció despertar algo en el aire. Las antorchas antiguas de la cámara se encendieron al mismo tiempo y todos sintieron cómo la temperatura descendía ligeramente.

Aureon retrocedió un paso.

—¿Quién era?

Fenrhael respiró profundamente.

—El primer ser libre.

Rangar frunció el ceño.

—¿El primer ser libre de qué?

Fenrhael lo miró.

—De elegir.

El silencio se extendió por la cámara.

Zaphira fue la primera en romperlo.

—¿Y qué hizo?

Fenrhael volvió la vista hacia la pintura.

—Recibió un libro.

Aureon sintió un escalofrío.

—¿Qué libro?

Fenrhael negó lentamente.

—Uno que no debía pertenecer a ningún ser.

La cámara quedó en silencio.

Amariel observó nuevamente la figura.

—¿Qué ocurrió con él?

Fenrhael guardó silencio durante unos instantes.

—Después lo llamaron de muchas formas.

—¿Cuál era su verdadero nombre? —preguntó Aureon.

Fenrhael lo miró.

—Náyros.

Aureon bajó la mirada.

—¿Y cómo terminó siendo conocido como el Dios de los Engaños?

Fenrhael volvió los ojos hacia la pintura.

—Esa parte de la historia... no sobrevivió completa.

En ese momento, algo golpeó desde el interior de la cámara.

Todos se giraron.

Una puerta de piedra se había abierto lentamente. Detrás apareció un corredor cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos similares a los de la Esfera del Equilibrio.

Atherion sintió nuevamente el fragmento.

Esta vez con mayor intensidad.

—Está reaccionando.

Amariel se acercó.

—¿Al corredor?

Atherion asintió.

Aither emitió un sonido bajo.

—No me gusta.

Atherion respondió mentalmente.

—A mí tampoco.

Fenrhael caminó hacia el corredor.

—Entonces será mejor descubrir por qué.

El pasillo estaba lleno de estatuas. No representaban reyes ni guerreros; representaban siete figuras. Seis permanecían de pie alrededor de una séptima y cada una sostenía un símbolo diferente: fuego, agua, aire, tierra, luz y sombra.

En el centro estaba el Árbol de la Vida.

Amariel se acercó lentamente.

—El árbol no es uno de los seis elementos.

Fenrhael la observó.

—No.

—Entonces, ¿qué representa?

Fenrhael tardó unos segundos antes de responder.

—Eso tendrán que descubrirlo.

Aureon frunció el ceño.

—¿Tú no lo sabes?

Fenrhael sonrió ligeramente.

—Sé algunas cosas.

Volvió la mirada hacia las estatuas.

—Pero saber no siempre significa comprender.

Aureon guardó silencio.

Aquella frase le resultó incómodamente familiar.

Más adelante encontraron otra sala. En el centro había una mesa de piedra sobre la cual aparecía un mapa que no representaba los seis reinos.

Mostraba el mundo entero, pero los límites eran diferentes.

No había seis colores ni fronteras conocidas.

Solo un territorio y, en diferentes puntos, siete símbolos.

Aureon se inclinó sobre él.

—Los Nexos.

Fenrhael no respondió.

Rangar observó el mapa.

—Entonces los Nexos existían antes de los reinos.

—Eso parece —respondió Lysandra.

Zaphira señaló uno de los símbolos.

—¿Y este?

Aureon se acercó.

—No lo sé.

Era diferente a los demás. Los seis primeros rodeaban el mundo, mientras que el séptimo parecía encontrarse fuera de todos ellos.

Atherion tocó el mapa, el colgante reaccionó, la sala se iluminó.

Todos retrocedieron mientras una corriente violeta recorría el dibujo como si siguiera un camino invisible. Después apareció una imagen sobre la mesa: un hombre cuyo rostro no podían distinguir claramente sostenía un libro entre las manos. A su alrededor había otros seres, entre ellos Atenea.

Y detrás de todos ellos...

Una enorme silueta.

Un dragón.

Atherion quedó inmóvil.

No podía distinguir su rostro, pero algo dentro de él reaccionó. El colgante ardió contra su pecho y la respiración se le volvió más pesada.

—¿Atherion? —preguntó Amariel.

Él no respondió.

La imagen cambió.

El hombre del libro levantó una mano.

Una grieta apareció en el cielo.

Todos sintieron una presión en el pecho y, antes de que pudieran comprender lo que estaban viendo, la imagen desapareció.

La sala quedó completamente oscura.

Aureon respiró lentamente.

—Eso fue real.

Lysandra lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

Aureon observó el lugar donde la imagen había estado.

—Porque ninguno de nosotros lo imaginó.

Atherion permaneció mirando su colgante.

No sabía quién era el hombre del libro. No sabía quién era el dragón. No sabía por qué aquella imagen había provocado una reacción tan profunda en él.

Y, por ahora, esas preguntas tendrían que permanecer sin respuesta. muy lejos de allí, en Alfheim, Atenea abrió los ojos.

Una corriente de aire atravesó el templo y las lámparas doradas comenzaron a oscilar. Valkar apareció detrás de ella, observando la misma dirección que la diosa.

—Lo encontraron.

Atenea asintió.

—Sí.

Valkar cerró los ojos. Durante unos segundos pareció luchar contra un recuerdo que no conseguía alcanzar.

—Náyros.

Atenea lo miró.

—No pronuncies su nombre.

—¿Por qué?

—Porque algunos nombres recuerdan a quien los pronuncia.

Valkar abrió los ojos.

—Ya nos recordó.

Atenea guardó silencio.

En el fondo del templo, una estatua comenzó a agrietarse. No llegó a romperse; solo apareció una pequeña línea oscura que recorrió la piedra.

Valkar la observó.

—El pasado está despertando.

Atenea negó lentamente.

—No.

—¿Entonces?

Ella contempló la grieta.

—El pasado nunca estuvo dormido.

En otro lugar, mucho más allá de las rutas conocidas, Náyros caminaba por una sala interminable. El Libro permanecía abierto entre sus manos mientras pasaba lentamente las páginas. No había palabras en ellas, solo imágenes que aparecían y desaparecían como recuerdos incompletos.

En una de las páginas aparecieron los ocho viajeros: Amariel, Atherion, Rangar, Brumm, Zaphira, Aureon, Kael y Lysandra.

Náyros sonrió.

—Ya encontraron la primera puerta.

Una sombra apareció detrás de él.

—¿Los detenemos?

Náyros cerró el Libro.

—No.

—¿Por qué?

Caminó hasta una ventana desde la que no podía verse ningún reino, solo una inmensa oscuridad.

—Porque todavía creen que están buscando respuestas.

La sombra permaneció en silencio.

Náyros apoyó una mano sobre el Libro cerrado.

—Todavía no entienden que algunas respuestas pueden ser más peligrosas que las preguntas.

—¿Y el hijo del dragón?

Náyros permaneció inmóvil.

Por un instante, su expresión cambió.

—Él todavía no recuerda.

—¿Y cuando lo haga?

Náyros volvió a sonreír.

—Entonces veremos qué decide hacer con aquello que encuentre.

En las ruinas, el grupo volvió a reunirse. Aureon guardó cuidadosamente el mapa, mientras los demás revisaban por última vez la cámara. Nadie sabía qué parte de aquello debían recordar y cuál debían temer.

Brumm observó las paredes.

—No podemos llevarnos todo.

Aureon levantó la mirada.

—No.

Brumm señaló una de las piedras.

—¿Y si llevamos una pared?

Aureon lo observó durante unos segundos.

—¿Una pared?

—Sí. Para estudiarla después.

Rangar negó con la cabeza.

—Déjalo.

—¿Qué?

—Que siga hablando.

Brumm sonrió.

—Eso es lo que hago mejor.

Zaphira soltó una pequeña risa y la tensión volvió a disminuir un poco.

Lysandra se acercó a ella.

—Por lo menos consigue que no pensemos demasiado en lo que acabamos de ver.

Zaphira la miró.

—¿Y tú no estás pensando?

—Demasiado.