Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 7 – LA HISTORIA QUE FUE OCULTADA
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CAPÍTULO 7 – LA HISTORIA QUE FUE OCULTADA

«La verdad no siempre desaparece. A veces, simplemente aprende a esconderse.»

El amanecer llegó mientras el grupo abandonaba lentamente el Bosque Eterno.

, Nadie hablaba demasiado. El Juicio del Corazón había terminado, pero ninguno parecía dispuesto a fingir que aquello no había ocurrido.

Cada uno llevaba consigo una imagen que no podía explicar a los demás y, aunque Fenrhael no les había exigido hablar de ella, todos sabían que algo había cambiado.

No tenían respuestas; solo preguntas nuevas y una sensación incómoda de haber visto una parte de sí mismos que hasta entonces habían mantenido oculta.

Amariel caminaba junto a Lumen, que descansaba sobre uno de sus hombros, mientras Kael permanecía cerca de ella. Unos pasos más adelante avanzaban Atherion y Aither. Aunque el joven rey de Umbrath mantenía la atención en el camino, de vez en cuando su mirada se encontraba con la de Amariel.

Kael había notado aquella conexión desde que se conocieron y todavía no terminaba de sentirse cómodo con ella. Cuando Atherion se acercó un poco para preguntarle a Amariel si la marca de su mano seguía reaccionando, Kael redujo discretamente la distancia entre ambos.

—¿Todo bien? —preguntó Kael, mirando primero a Amariel y después a Atherion.

—Sí —respondió ella—. Solo me preguntó por la marca.

—Ah.

La respuesta fue demasiado corta para parecer casual. Atherion levantó ligeramente una ceja, pero no hizo comentario alguno. Amariel, en cambio, conocía demasiado bien a su hermano para no entender lo que estaba sucediendo.

—Kael.

—¿Qué?

—Nada.

—Entonces estamos bien.

Amariel negó con una pequeña sonrisa.

—No tienes que vigilarme todo el tiempo.

Kael bajó la voz.

—No te estoy vigilando. Solo estoy pendiente.

—Es lo mismo.

—Soy tu hermano. Es mi trabajo.

Amariel lo miró durante unos segundos.

—Tu trabajo es ser mi hermano. Lo demás lo decides tú.

Kael suspiró, aunque una sonrisa terminó apareciendo en su rostro.

—Eso no significa que vaya a dejar de hacerlo.

—Ya lo sé.

Atherion había escuchado parte de la conversación, pero no intervino. Simplemente continuó caminando junto a Aither, aunque una pequeña sonrisa apareció en su rostro antes de desaparecer.

Brumm, que caminaba detrás de ellos, alcanzó a verla.

—¿Acabas de sonreír?

Atherion lo miró.

—No.

—Sí sonreíste.

—No.

Rangar soltó una carcajada.

—Déjalo, Brumm.

—Solo digo que lo vi.

Atherion negó con la cabeza y continuó caminando.

Por primera vez desde que habían abandonado el Bosque Eterno, la tensión disminuyó un poco.

El paisaje comenzó a cambiar conforme avanzaban. Los enormes árboles de Verdia quedaron atrás y fueron sustituidos poco a poco por praderas abiertas. La tierra se extendía hasta las montañas lejanas y una antigua calzada de piedra aparecía bajo sus pies, cubierta de musgo y grietas.

El aire era diferente fuera del bosque, más abierto, pero había algo en aquel camino que hacía sentir a Amariel que estaban siguiendo una ruta que llevaba mucho tiempo esperando ser recorrida.

Amariel levantó la mirada.

—Esta ruta no aparece en los mapas actuales.

Aureon, que caminaba unos pasos más atrás junto a Lysandra, abrió el suyo.

—Porque pertenece a una época anterior.

Rangar se acercó.

—¿Anterior a qué?

Aureon señaló las marcas.

—A la división de los reinos.

Brumm frunció el ceño.

—¿La división de los reinos ocurrió antes de que existieran los reinos?

Aureon lo miró.

—Eso no tiene sentido.

Brumm sonrió.

—Por eso pregunté.

Lysandra observó el mapa por encima del hombro de Aureon.

—¿Qué dicen los registros?

Aureon pasó varias páginas de su libro antes de responder.

—Muy poco.

—¿Muy poco?

—La mayoría de los textos comienzan a hablar de los seis reinos como si siempre hubieran existido.

Zaphira miró las marcas del mapa.

—Pero tú acabas de decir que hubo algo antes.

Aureon cerró lentamente el libro.

—Eso es lo extraño.

Amariel observó el camino que se extendía frente a ellos.

—Entonces quizá no sabemos tanto como creemos.

Aureon la miró.

—Eso empieza a ser evidente.

No había ironía en su voz. Por primera vez, parecía aceptar que incluso todo aquello que había aprendido durante años podía tener espacios que nadie le había explicado.

Más adelante, el camino se dividió en dos.

Aureon se detuvo y revisó nuevamente el mapa, comparando las líneas antiguas con el terreno que tenían frente a ellos.

No había ningún asentamiento visible, ninguna torre ni muralla, pero el documento mostraba claramente una ciudad exactamente en aquel punto.

—Aquí.

Todos se acercaron.

Kael señaló el horizonte.

—No hay nada.

—Porque quizá la ciudad desapareció —respondió Aureon.

Rangar cruzó los brazos.

—Entonces el mapa está equivocado.

Aureon negó.

—Este mapa fue elaborado con símbolos que ya no se utilizan. Es mucho más antiguo que los registros actuales.

Fenrhael se acercó lentamente. No miró el mapa. Sus ojos recorrieron la tierra hasta detenerse en una pequeña formación de piedra cubierta por hierba.

—No está equivocado.

Todos voltearon hacia él.

—La ciudad estuvo aquí.

Aureon levantó la mirada.

—¿La conociste?

Fenrhael negó.

—No.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

Fenrhael señaló la formación de piedra.

—Porque todavía quedan sus raíces.

Brumm miró el suelo con expresión confundida.

—¿Las ciudades tienen raíces?

Fenrhael sonrió.

—Las historias sí.

Amariel se agachó y apartó algunas ramas. Debajo apareció una piedra tallada con un símbolo que todos reconocieron de inmediato: siete círculos alrededor de uno central.

Era el mismo símbolo que habían visto en el Bosque Eterno.

Atherion llevó una mano hacia su colgante.

El fragmento violeta reaccionó.

Una pulsación.

Después otra.

Rangar lo vio.

—Otra vez.

Atherion bajó la mirada.

—Sí.

—¿Qué significa?

Atherion guardó silencio durante unos segundos.

—No lo sé.

Rangar permaneció observándolo. Esta vez no había acusación en su voz, solo una inquietud que comenzaba a ser compartida por todos.

—Entonces tendremos que descubrirlo.

Atherion levantó la mirada.

—Eso parece.

La piedra comenzó a vibrar. No fue un temblor fuerte, sino una pulsación lenta, semejante al latido de algo que hubiera permanecido demasiado tiempo bajo la tierra.

Lumen saltó del hombro de Amariel y se acercó a la piedra con las orejas erguidas y los ojos dorados atentos.

Fenrhael observó al pequeño zorro.

—Él puede sentirlo.

Amariel se agachó junto a Lumen.

—¿Qué siente?

El zorro olfateó la piedra antes de levantar la cabeza.

—Un recuerdo.

Amariel frunció el ceño.

—¿De quién?

Lumen movió las orejas.

—No lo sé.

Aither descendió desde el cielo y aterrizó sobre una roca cercana. Sus escamas doradas reflejaron la luz del amanecer mientras sus ojos azules se fijaban en las ruinas que todavía permanecían ocultas bajo la tierra.

Atherion lo miró.

—¿Reconoces este lugar?

La respuesta llegó directamente a su mente.

—No como un lugar. Como algo que existió antes.

—¿Antes de los reinos?

Aither guardó silencio unos segundos.

—Mucho antes.

Atherion miró hacia Aureon.

—Aither dice que esto existía antes de los reinos.

Aureon cerró el libro.

—Entonces tenemos un problema.

Brumm levantó una ceja.

—¿Uno?

Aureon lo miró.

—Uno nuevo.

Brumm sonrió.

—Eso ya me tranquiliza.

Fenrhael apoyó una mano sobre la piedra. Las raíces enterradas comenzaron a moverse lentamente y la tierra se abrió sin violencia, revelando una antigua escalinata que descendía hacia la oscuridad.

Nadie habló durante unos segundos. La entrada parecía haber estado esperando bajo la tierra durante siglos y, ahora que había sido descubierta, ninguno podía ignorar la sensación de que aquello no había sucedido por casualidad.

Zaphira miró a Lysandra.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Vamos a bajar?

Lysandra observó a Fenrhael.

—Creo que ya sabemos la respuesta.

Brumm levantó su enorme maza.

—Perfecto.

Rangar desenvainó una de sus espadas.

—Yo voy primero.

Kael lo detuvo.

—No.

Rangar lo miró.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos qué hay abajo.

—Precisamente por eso.

Kael negó.

—Y porque si algo ocurre, Amariel necesita espacio para pensar.

Rangar sostuvo su mirada durante unos segundos. Parecía dispuesto a discutir, pero finalmente guardó la espada.

—Bien.

Amariel miró a ambos.

—Los dos tienen razón.

Brumm sonrió.

—Eso sí que es raro.

Kael y Rangar lo miraron al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Nada.

Brumm levantó las manos.

—Yo no dije nada.

Lysandra soltó una pequeña risa mientras Fenrhael comenzaba a descender. Los demás lo siguieron.

La escalera terminaba en una enorme cámara subterránea. Las paredes estaban cubiertas de pinturas antiguas que no mostraban guerras ni conquistas, sino algo completamente diferente: personas, criaturas de distintas formas, dragones, seres de luz y figuras de sombra caminando juntos.

Amariel se acercó lentamente a una de las paredes.

—Esto no se parece a ninguna historia que conozcamos.

Aureon observó la pintura.

—Porque esta historia no aparece en nuestros libros.

Zaphira recorrió otra imagen con los dedos.

—Aquí está Elaria.

Lysandra se acercó.

—No.

Zaphira la miró.

—¿Qué?

—Mira el fondo.

Zaphira siguió su mirada. La ciudad que aparecía en la pintura no estaba construida únicamente bajo el agua.

Enormes puentes la conectaban con otras ciudades: una rodeada de montañas, otra construida entre bosques, otra suspendida entre nubes, otra cubierta por fuego y una más bañada por una luz dorada.

En el centro aparecía una ciudad diferente.

Más grande.

Sin símbolo de reino.

Sin corona.

Sin estandarte.

Solo el Árbol de la Vida.

Amariel sintió que la marca de su mano comenzaba a calentarse, pero no comprendió por qué. La sensación desapareció casi tan rápido como había llegado.

Aureon se detuvo frente a otra sección de la pared.

Allí aparecía una mujer de cabello oscuro, armadura de luz y una lanza en la mano.

Era Atenea.

Aureon la reconoció de inmediato.

—Mi madre.

Amariel observó la pintura, pero no sintió ninguna respuesta concreta. Solo aquella extraña sensación que había experimentado antes, como si algo estuviera cerca de la superficie de su memoria y, aun así, fuera imposible alcanzarlo.

—¿Qué hacía aquí? —preguntó Aureon.

Nadie respondió.