CAPÍTULO 6 – EL DESPERTAR DEL PRIMER CUSTODIO #3
El antiguo lobo levantó la mirada.
—Fenrhael.
—Eso ya lo sabemos.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces todavía saben muy poco.
Aureon se acercó.
—¿Eres un Guardián?
Fenrhael negó.
—No como ustedes lo entienden.
—¿Entonces qué eres?
Fenrhael miró hacia los árboles.
—Un Custodio Primordial.
La expresión de Aureon cambió.
—¿Y qué custodiabas?
Fenrhael tardó en responder.
—Algo que los reinos olvidaron que existía.
—¿Qué?
Fenrhael volvió la mirada hacia ellos.
—La elección.
El silencio se hizo profundo.
—No protegíamos coronas. No protegíamos fronteras. No decidíamos quién tenía razón. Custodiábamos la posibilidad de que cada ser pudiera elegir quién quería ser y aceptar lo que naciera de esa elección.
Atherion observó el suelo.
—¿Y nosotros?
Fenrhael negó.
—Ustedes no son Custodios.
Amariel levantó la mirada.
—Entonces, ¿por qué nosotros?
Fenrhael sonrió apenas.
—Esa es una pregunta que todavía no puedo responderles.
Aquella respuesta fue suficiente para que todos comprendieran que el camino apenas comenzaba.
Entonces ocurrió algo inesperado. La corteza que cubría el cuerpo de Fenrhael comenzó a desprenderse y las ramas plateadas de su espalda se elevaron. Una luz verde envolvió su enorme figura.
Los jóvenes retrocedieron. La transformación no parecía dolorosa. Parecía antigua, como si algo que había permanecido dormido durante siglos estuviera recuperando una forma que alguna vez le había pertenecido.
La silueta del lobo comenzó a disminuir. Las patas se transformaron, la corteza se convirtió en tela y las ramas desaparecieron en una lluvia de hojas.
Cuando la luz se disipó, un hombre permanecía frente a ellos. Era alto, de cabello largo y castaño, rostro firme y ojos verdes profundamente antiguos. Vestía prendas de tonos naturales y llevaba un bastón formado por madera viva, adornado con pequeñas hojas plateadas.
Fenrhael miró sus propias manos, las movió lentamente y respiró.
—Había olvidado cómo se sentía caminar así.
Brumm lo observó con asombro.
—¿Ahora eres humano?
Fenrhael sonrió.
—Ahora puedo volver a caminar entre ellos.
Aureon comprendió algo.
—El juicio te liberó.
Fenrhael negó.
—No.
Miró hacia el bosque.
—El juicio despertó aquello que permanecía dormido.
Aureon guardó silencio. Fenrhael se volvió hacia los seis.
—Un Nexo no pertenece completamente a un reino. Por eso puede caminar entre ellos.
Zaphira preguntó:
—¿Y qué harás ahora?
Fenrhael tomó su bastón.
—Caminar.
Rangar arqueó una ceja.
—¿Con nosotros?
—Si el camino me lleva junto a ustedes.
Amariel lo observó.
—¿Para protegernos?
Fenrhael negó.
—No.
Su respuesta fue firme.
—No estoy aquí para elegir por ustedes. Ni para luchar sus batallas. Ni para decirles qué deben hacer.
Miró a cada uno.
—Puedo enseñarles a escuchar.
—¿Escuchar qué? —preguntó Lysandra.
Fenrhael miró hacia el bosque.
—A ustedes mismos.
Después observó las raíces bajo sus pies.
—Y aquello que existe entre ustedes y el Equilibrio.
Nadie dijo nada. No había promesas ni respuestas. Solo un nuevo camino.
Fenrhael comenzó a caminar y los demás lo siguieron.
No iba delante de ellos como un comandante ni detrás como un protector.
Caminaba a su lado. Lumen avanzó junto a Amariel y Aither voló sobre el grupo.
Por un momento, el pequeño zorro y el antiguo Custodio cruzaron sus miradas. Lumen se detuvo y Fenrhael también.
—Tú recuerdas algo —dijo Fenrhael.
Lumen inclinó ligeramente la cabeza.
—Quizá.
Amariel se acercó.
—¿Qué recuerda?
Fenrhael volvió a mirar el bosque.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
Lumen siguió caminando. Amariel lo observó unos segundos, pero no insistió.
Todavía.
Más adelante, entre las ramas, apareció una luz tenue, casi imperceptible. Fenrhael se detuvo.
—¿Qué es eso? —preguntó Zaphira.
Fenrhael no respondió inmediatamente. Aureon dio un paso hacia delante.
—¿Otro Nexo?
Fenrhael observó el resplandor.
—No.
La luz desapareció.
—Todavía no.
Todos intercambiaron miradas. Atherion llevó una mano hasta su colgante y el fragmento violeta volvió a emitir un resplandor apenas visible.
Nadie lo comentó.
Pero todos lo vieron.
Fenrhael continuó caminando.
—El camino hacia la Ciudad Antigua comienza más allá del bosque.
Amariel levantó la mirada.
—¿Qué encontraremos allí?
Fenrhael siguió avanzando.
—No lo sé.
Aureon frunció el ceño.
—¿Tú no lo sabes?
Fenrhael sonrió.
—Hay preguntas que incluso los antiguos Custodios dejaron sin respuesta.
El grupo continuó avanzando. Detrás de ellos, los árboles comenzaron a cerrarse lentamente y el Bosque de la Memoria volvió a guardar silencio.
Pero esta vez algo había cambiado. No porque los seis hubieran encontrado una respuesta, sino porque ahora cada uno llevaba consigo una imagen que no podía olvidar: una posibilidad, un miedo, una herida y una pregunta.
Ninguno sabía todavía qué haría cuando llegara el momento de elegir. Pero el equilibrio ya había comenzado a mostrarles que, tarde o temprano, tendrían que hacerlo.
Muy lejos de allí, algo volvió a abrir los ojos y esta vez también había sentido el despertar del primer Custodio.