Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 6 – EL DESPERTAR DEL PRIMER CUSTODIO #2
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CAPÍTULO 6 – EL DESPERTAR DEL PRIMER CUSTODIO #2

Entonces comprendió algo que le dolió más que las llamas. No temía solamente equivocarse. Temía que una sola decisión suya pudiera destruir aquello que amaba.

La imagen no le mostró qué decisión había tomado ni cómo evitarla. Solo le mostró el resultado y la dejó allí, frente a las ruinas.

Atherion

En otro lugar, Atherion abrió los ojos. No había cielo, solo cenizas y montañas convertidas en esqueletos de piedra.

Dragones muertos cubrían el horizonte; algunos todavía tenían las alas extendidas y otros permanecían sobre cuerpos de guerreros, como si hubieran intentado protegerlos hasta el último instante.

Atherion avanzó entre las cenizas hasta escuchar una voz.

—Siempre termina igual.

Se volvió.

Frente a él había alguien idéntico a él. Mismo rostro, misma cicatriz, mismo cabello. Pero sus ojos eran completamente negros.

—¿No me reconoces?

Atherion no respondió.

La figura sonrió.

—Soy aquello que llevas evitando desde que eras un niño.

Atherion llevó una mano hacia la espada. El otro hizo exactamente lo mismo.

—No necesitas desenvainar —dijo con tranquilidad—. Solo necesitas recordar.

Las cenizas comenzaron a elevarse y Atherion vio al niño que había sido: heridas, dolor, miradas y voces que se mezclaban unas con otras.

Monstruo.

Nunca debió sobrevivir.

Cuando pierda el control, nos destruirá a todos.

Después aparecieron seis tronos destruidos. Sobre ellos yacían los cuerpos de los reyes y, en el centro, Amariel. Su arco estaba roto y su armadura, cubierta de sangre.

Atherion dejó de respirar. Caminó hacia ella y se arrodilló. Intentó tocarla, pero su cuerpo se convirtió en cenizas.

La figura apareció detrás de él.

—Todo aquello que ames puede terminar así.

Atherion cerró los ojos.

—No.

—¿No?

—No sé.

La figura sonrió.

—Exactamente.

La oscuridad comenzó a cerrarse sobre él.

—Ese es tu miedo.

Atherion levantó la mirada.

—¿Cuál?

—Que algún día descubras que todos tenían razón sobre ti.

La visión continuó. No hubo respuesta. No hubo victoria. Solo Atherion, de pie entre los muertos, obligado a contemplar aquello que más había intentado negar.

Brumm

Brumm abrió los ojos. El Reino de la Tierra había desaparecido. Los árboles estaban carbonizados, las montañas partidas y el aire olía a humo.

—¡Padre!

Corrió hasta encontrar a Silvanor de rodillas sobre la tierra agrietada. Su armadura estaba rota y una lanza de sombra atravesaba su pecho.

Brumm cayó a su lado.

—¡No!

Silvanor levantó lentamente la mirada.

—Siempre quisiste proteger este reino.

Brumm negó con la cabeza.

—Yo debí estar aquí.

—Eso es lo que más temes.

Brumm lo miró. Silvanor parecía cada vez más débil.

—Temes no llegar a tiempo.

Brumm apretó los dientes.

—¡Puedo protegerlos!

—¿A todos?

Brumm no respondió.

Silvanor extendió una mano.

—¿Y si no puedes?

La tierra comenzó a abrirse. Brumm intentó sujetarlo.

—¡Padre!

Silvanor desapareció.

Brumm quedó solo. No recibió una respuesta ni una solución. Solo permaneció allí, sosteniendo el peso de una pregunta que jamás había querido formularse: ¿qué pasaría si un día su fuerza no fuera suficiente para proteger a quienes ama?

Zaphira

Zaphira apareció en el fondo del océano. No había peces, no había corales, no había vida. Elaria se había convertido en un desierto de sal.

Frente a ella apareció su madre, sosteniendo una copa vacía.

—El agua desapareció.

Zaphira sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Por qué?

Su madre la miró.

—Porque esperaste.

—¿Esperé qué?

—A estar segura.

La copa cayó y se rompió. Cada fragmento reflejó un rostro: personas, soldados, niños, gente que había confiado en ella.

Zaphira quiso acercarse.

—¡No!

Su madre no se movió.

—Mientras tú buscabas la decisión perfecta, otros tuvieron que vivir con las consecuencias de tu indecisión.

Zaphira cayó de rodillas. El océano permaneció vacío. No volvió el agua. No apareció ninguna respuesta.

Solo aquella imagen.

Y una pregunta que permanecería con ella mucho después de despertar: ¿qué haría cuando cualquier decisión pudiera lastimar a alguien?

Aureon

Aureon abrió los ojos dentro de una biblioteca infinita. No tenía paredes ni techo. Los libros flotaban en todas direcciones, miles, millones, y todos llevaban el mismo título: La verdad.

Aureon tomó uno. Contaba la historia del Primer Quiebre.

Tomó otro.

La historia era diferente.

Otro.

Otra versión.

Otro.

Una versión completamente distinta.

Aureon comenzó a respirar más rápido.

—No.

Una figura apareció entre los estantes.

Helion.

—¿Cuál es la verdadera?

Aureon miró los libros.

—Debe existir una.

—¿Cuál?

—La correcta.

Helion señaló los millones de volúmenes.

—Entonces encuéntrala.

Aureon comenzó a abrir libros. Cada respuesta producía otra contradicción y cada explicación dejaba una pregunta.

Finalmente cerró los ojos.

—No lo sé.

Helion no respondió. Los libros continuaron girando y Aureon comprendió que quizá aquello que más temía no era desconocer algo, sino descubrir que aquello que creía conocer nunca había sido completo.

La biblioteca comenzó a desaparecer.

Pero ningún libro le dio la respuesta.

Rangar

Rangar caminaba solo sobre un campo cubierto de cenizas. A lo lejos se escuchaban gritos, una batalla. Su espada estaba clavada en el suelo.

Frente a él apareció un niño.

Era él mismo, mucho más pequeño.

El niño levantó la mirada.

—¿Y si esta vez tampoco soy suficiente?

Rangar permaneció inmóvil. Reconoció aquella voz. La había escuchado mucho tiempo atrás.

Después apareció otra.

—¿Y si no eres tan fuerte como todos creen?

Rangar apretó los puños.

—Lo soy.

El niño negó con la cabeza.

—¿Y si necesitas demostrarlo todo el tiempo porque tienes miedo de que alguien descubra que no lo eres?

Rangar dio un paso atrás. La batalla comenzó a escucharse con mayor fuerza y las llamas crecieron, pero el niño seguía frente a él.

—¿Y si tener siempre la razón no significa ser fuerte?

Rangar no respondió. No podía.

El campo comenzó a desaparecer, pero el niño permaneció allí, mirándolo.

Y Rangar despertó con aquella pregunta todavía clavada en el pecho.

Atherion

En el centro del Bosque de la Memoria, seis esferas de luz flotaban entre las raíces. Cinco permanecían relativamente estables, pero la sexta temblaba. Era violeta.

Fenrhael la observó. Lumen levantó lentamente la cabeza.

—Algo está ocurriendo.

Aureon, que permanecía fuera de las visiones, miró aquella esfera.

—¿Con Atherion?

Fenrhael no respondió. La esfera volvió a estremecerse.

Dentro de ella, Atherion seguía frente a aquella figura.

—No puedes escapar de mí —dijo el reflejo.

Atherion permaneció en silencio.

—Algún día perderás el control.

La figura se acercó.

—Y cuando suceda, aquellos que ahora te miran con respeto serán los primeros en tener miedo.

Atherion observó las cenizas.

—¿Eso es lo que soy?

—Eso es lo que podrías ser.

La respuesta fue inmediata. Atherion levantó la mirada y el reflejo sonrió.

—No te estoy mostrando el futuro.

Atherion permaneció inmóvil.

—Te estoy mostrando una posibilidad.

La oscuridad aumentó.

—El día que dejes de elegir, alguien más elegirá por ti.

La figura desapareció.

Atherion quedó solo. No recibió una espada, una respuesta ni una promesa. Solo permaneció frente a aquel paisaje muerto, mirando aquello que más temía encontrar dentro de sí.

El tiempo volvió a moverse y las seis visiones comenzaron a desvanecerse, una tras otra. No quedaron respuestas ni explicaciones, solo las imágenes: las llamas de Sylvaris, el océano muerto, el reino destruido, la biblioteca infinita, el niño entre las cenizas y los dragones muertos.

Y después, nada.

Los seis despertaron al mismo tiempo. Amariel cayó de rodillas y respiraba con dificultad.

Brumm permaneció inmóvil, mirando sus propias manos.

Zaphira tenía lágrimas en los ojos, pero no dijo nada.

Rangar había cerrado los puños y Aureon miraba el suelo.

Atherion permanecía de pie, completamente quieto.

Ninguno preguntó qué había visto el otro.

Todavía no.

Fenrhael los observó. No había satisfacción en su rostro. Tampoco decepción. Solo una profunda tristeza.

—Ahora lo saben.

Amariel levantó lentamente la mirada.

—¿Qué?

Fenrhael se acercó.

—Aquello que ya estaba dentro de ustedes.

Nadie respondió.

—No les mostré su futuro —continuó—. Tampoco les mostré una verdad escrita.

El viento comenzó a moverse entre los árboles.

—Les mostré aquello que podría ocurrir si algún día dejan de elegir conscientemente y permiten que el miedo, el orgullo, la duda o la indecisión elijan por ustedes.

Atherion levantó los ojos.

—Entonces... ¿podemos evitarlo?

Fenrhael lo miró durante unos segundos antes de responder.

—Eso no me corresponde decidirlo.

Las palabras quedaron suspendidas en el bosque. Amariel comprendió que aquella era precisamente la respuesta. No había respuestas, solo una posibilidad, y ahora cada uno tendría que vivir sabiendo que la había visto.

Fenrhael continuó:

—El Equilibrio no elimina las consecuencias de una elección.

Miró a cada uno.

—Tampoco les dirá cuál deben tomar.

Rangar frunció el ceño.

—Entonces, ¿para qué mostrarnos esto?

Fenrhael respondió:

—Para que cuando llegue el momento de elegir... no puedan decir que no conocían aquello que llevaban dentro.

Nadie volvió a hablar. Las raíces comenzaron a retirarse y el suelo quedó cubierto de hojas plateadas.

Fenrhael permaneció inmóvil.

Amariel lo observó.

—¿Quién eres realmente?