Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 6 – EL DESPERTAR DEL PRIMER CUSTODIO
49%

CAPÍTULO 6 – EL DESPERTAR DEL PRIMER CUSTODIO

«No toda batalla se libra con la espada. Algunas se libran contra aquello que habita dentro del alma.»

El camino hacia Verdia transcurrió en silencio durante buena parte de la mañana.

Después de lo ocurrido en Sylvaris, ninguno de los presentes podía mirar el mundo de la misma manera.

Habían combatido juntos, habían visto la Esfera del Equilibrio reaccionar ante ellos y habían presenciado cómo un fragmento de aquella extraña energía violeta había terminado unido al colgante de Atherion.

Lo más inquietante era que nadie podía explicar por qué había sucedido.

Amariel caminaba al frente junto a Lumen.

El pequeño zorro mantenía las orejas erguidas, atento a sonidos que los demás no parecían escuchar.

Kael avanzaba cerca de ella, mientras Zaphira y Lysandra conversaban en voz baja.

Rangar llevaba sus dos espadas a la espalda y el brazalete de Ignaroth seguía ajustado a su brazo.

Brumm caminaba con su enorme maza y su lobo, Aureon llevaba su libro cerrado contra el pecho y Atherion avanzaba un poco más atrás junto a Aither, cuidando el ala derecha, que todavía llevaba las marcas del combate.

—¿Cuánto falta? —preguntó Brumm.

Lumen levantó la cabeza antes de que Amariel pudiera responder.

—Ya estamos cerca.

Todos miraron al pequeño zorro. Lumen saltó al suelo y comenzó a avanzar entre los árboles. Amariel lo siguió sin dudarlo, mientras Aither extendía las alas y se elevaba unos metros sobre ellos.

Atherion levantó la mirada.

—¿Qué ves?

La respuesta llegó directamente a su mente.

—El bosque cambia más adelante. Hay algo antiguo.

—¿Algo peligroso?

Aither permaneció unos segundos en silencio.

—No lo sé.

Atherion frunció ligeramente el ceño. Aquella respuesta era poco común en el dragón.

—Entonces será mejor que averigüemos qué es.

Aither descendió nuevamente y ambos siguieron al grupo. Nadie sabía todavía que el lugar al que se dirigían no los esperaba para entregarles respuestas. Los esperaba para hacerles preguntas.

A medida que avanzaban, los árboles se volvieron más grandes.

Sus raíces sobresalían de la tierra como enormes serpientes petrificadas y algunas ramas se entrelazaban tan alto que apenas permitían ver el cielo.

El aire era diferente allí dentro. No estaba quieto, pero tampoco se movía como un viento normal. Parecía respirar.

Brumm se acercó a uno de los árboles y apoyó una mano sobre la corteza.

—Este lugar recuerda.

Rangar lo miró.

—¿Cómo puedes saberlo?

Brumm retiró lentamente la mano.

—No lo sé.

Por primera vez, no sonrió al decirlo.

—Solo lo siento.

Aureon abrió el libro y pasó algunas páginas.

—Los registros antiguos hablan de un bosque que existía antes de que Verdia tuviera fronteras. No aparece en los mapas actuales.

—¿Y cómo se llama? —preguntó Zaphira.

Aureon levantó los ojos.

—Bosque Eterno.

Lumen se detuvo y todos hicieron lo mismo. El pequeño zorro miraba hacia un sendero cubierto de hojas plateadas. Amariel se acercó y observó el camino.

—¿Es por ahí?

Lumen no respondió. Solo avanzó unos pasos y volvió la cabeza hacia ella.

Amariel comprendió.

—Vamos.

El grupo continuó avanzando sin percatarse de que, desde muy lejos, una figura los observaba entre los árboles. Un par de ojos violetas permaneció inmóvil durante unos segundos antes de desaparecer. Entonces el silencio del bosque se hizo absoluto. Ni siquiera las hojas se movían.

Aureon fue el primero en detenerse.

—Esperen.

Todos se volvieron. Había algo en el suelo: una pluma negra, demasiado grande para pertenecer a un ave común. Sobre su superficie había pequeñas marcas violetas, parecidas a runas.

Atherion se agachó y la recogió. En cuanto sus dedos la tocaron, la cicatriz de su rostro ardió.

Aureon palideció.

—Eso no debería existir.

—¿Qué es? —preguntó Kael.

Aureon observó la pluma.

—No lo sé.

—¿Entonces por qué dices que no debería existir?

Aureon tardó unos segundos en responder.

—Porque aparece en registros de hace más de mil años.

Lysandra se acercó.

—¿Relacionada con qué?

Aureon levantó lentamente la mirada.

—Con los antiguos Custodios.

El silencio volvió a caer. Lumen se acercó a la pluma y los pequeños destellos azules de su pelaje aumentaron.

—No pertenece a uno que siga caminando entre los vivos.

Amariel lo miró.

—¿Entonces a quién pertenece?

Lumen bajó la cabeza.

—No lo sé.

Antes de que alguien pudiera preguntar algo más, un rugido sacudió el bosque y las copas de los árboles comenzaron a moverse.

Algo descendía desde las alturas. Brumm levantó su maza, Rangar desenvainó sus espadas, Kael se colocó junto a Amariel, Zaphira hizo surgir agua alrededor de sus manos y Aureon levantó una mano mientras la luz comenzaba a reunirse alrededor de sus dedos.

Atherion no se movió. Solo observó.

La criatura apareció entre los árboles. Era enorme, con la forma de un lobo gigantesco, pero su cuerpo estaba cubierto de corteza viva, piedra antigua, musgo y ramas.

Sobre su espalda crecían hojas plateadas y pequeñas flores blancas.

Sus ojos eran profundamente verdes. No había odio en ellos; había una tristeza que parecía mucho más antigua que cualquiera de los presentes.

La criatura aterrizó sobre un tronco caído. Atherion la observó y algo en aquella figura le resultó familiar.

—No puede ser...

La criatura levantó la cabeza y una voz profunda recorrió el bosque.

—Fenrhael.

Aureon bajó lentamente la mano.

—El Guardián del Bosque Eterno.

Fenrhael descendió del tronco. Cada una de sus patas hizo temblar la tierra mientras las raíces comenzaban a emerger a su alrededor. No atacaban. Todavía no.

Fenrhael observó uno por uno a los presentes: Rangar, Zaphira, Brumm, Aureon, Amariel y, finalmente, Atherion. Se detuvo frente a él y durante varios segundos no dijo nada.

Después habló.

—Sangre.

Atherion sostuvo su mirada. Fenrhael volvió a acercarse.

—Hueles a dragón... a magia antigua... y a muerte.

Rangar apretó las empuñaduras de sus espadas, pero Atherion no respondió. Entonces Fenrhael rugió y las raíces explotaron desde la tierra, rodeando a los seis herederos.

Kael intentó cortar una de ellas, pero la raíz volvió a unirse inmediatamente.

Rangar lanzó una llamarada que fue absorbida por la tierra.

Zaphira invocó agua, pero el bosque la bebió antes de que pudiera alcanzar a Fenrhael.

Brumm golpeó el suelo y el estruendo recorrió las montañas, pero nada cambió.

Amariel observó sin atacar. Recordó las palabras de Lumen: los Guardianes no siempre prueban la fuerza. Entonces guardó lentamente el arco. Todos la miraron mientras daba un paso hacia Fenrhael y se arrodillaba, apoyando una mano sobre la tierra.

—No hemos venido a conquistar este bosque.

Las raíces dejaron de avanzar.

—Hemos venido a pedir permiso.

El viento desapareció. Fenrhael permaneció inmóvil y, por un instante, todo pareció haberse detenido.

Entonces una flecha de oscuridad atravesó el bosque y golpeó uno de los árboles. La savia plateada comenzó a derramarse y las hojas empezaron a ennegrecerse.

Lumen levantó la cabeza.

—¡Han profanado el Bosque de la Memoria!

Atherion extendió las alas. Su cicatriz ardió mientras miraba hacia el lugar de donde había salido la flecha.

—Nos han estado siguiendo.

Entre los árboles aparecieron figuras cubiertas con capas negras. No tenían rostro ni llevaban insignias; solo portaban arcos hechos de un material oscuro que ninguno de ellos reconoció.

Una de las figuras levantó la cabeza.

—Llegan exactamente cuando nuestro señor predijo.

Fenrhael giró. Sus ojos verdes adquirieron durante un instante un brillo dorado y las figuras desaparecieron entre la niebla. No hubo persecución. No hubo batalla. Solo silencio.

Atherion observó el lugar donde habían desaparecido.

—¿Quién era su señor?

Fenrhael no respondió. En cambio, miró a los seis.

—Ahora comprenderán por qué fueron llamados.

Las raíces volvieron a moverse, pero esta vez no eran una amenaza. Formaron un círculo alrededor de ellos.

Fenrhael permaneció frente al grupo.

—He visto su fuerza. He visto su valor. Pero la fuerza puede fingirse. El valor puede nacer del orgullo.

Las raíces comenzaron a rodearlos.

—Solo el corazón revela aquello que permanece oculto.

Amariel sintió un escalofrío.

Fenrhael continuó:

—Nosotros jamás protegimos coronas. Jamás protegimos fronteras. Custodiamos aquello que ninguna corona puede reclamar.

Atherion sostuvo su mirada.

—¿Qué?

Fenrhael respondió:

—La capacidad de toda vida para elegir quién desea ser.

Las raíces tocaron primero los pies de Amariel. Después los de Rangar, Brumm, Zaphira y Aureon. Finalmente llegaron hasta Atherion. Se detuvieron y, durante un instante, retrocedieron. El bosque parecía reconocer algo en él que ninguno de los demás podía ver.

Atherion extendió lentamente la mano.

—Si mi sangre es una amenaza... júzguenla.

Fenrhael lo observó.

—No juzgamos sangre.

Atherion no apartó la mirada.

—Entonces júzguenme por mis decisiones.

Las raíces lo envolvieron. El suelo comenzó a iluminarse y símbolos antiguos aparecieron entre la tierra. No pertenecían a ninguno de los seis reinos.

Lumen cerró los ojos.

—No intenten resistirse.

Aureon lo miró.

—¿Qué vamos a ver?

Lumen abrió los ojos.

—Lo que cada uno lleva demasiado tiempo evitando mirar.

La luz aumentó hasta envolverlos por completo.

El bosque desapareció.

Amariel

Amariel abrió los ojos y se encontró frente a Sylvaris en llamas. Las plataformas estaban cubiertas de humo, los estandartes habían caído, las casas estaban destruidas y los guerreros corrían de un lado a otro tratando de contener las llamas.

Escuchó voces.

—¡Amariel!

—¡Nos abandonaste!

—¡Guardiana!

Ella comenzó a correr y entonces lo vio. Alguien que conocía estaba de rodillas entre los escombros. Su rostro no mostraba odio, solo decepción.

—Elegiste mal, hija mía.

Amariel se detuvo.

—No...

—Y todos pagamos el precio.

Las llamas crecieron. Amariel quiso acercarse, pero no podía. Quiso preguntar qué había hecho, pero no recibió respuesta. Solo vio el fuego extenderse, vio a quienes amaba correr y contempló las consecuencias de una decisión que ni siquiera podía recordar haber tomado.