CAPÍTULO 5 – EL CONSEJO DE LOS SEIS #2
El arma descansaba a su lado, adornada con detalles dorados, y pequeñas chispas eléctricas recorrían ocasionalmente su superficie, como si su propia energía respondiera a él.
El blanco y el oro de sus ropas no eran únicamente símbolos de su reino. Las telas ligeras y los detalles cuidadosamente trabajados recordaban su vínculo con Alfheim, mientras que sobre su vestimenta llevaba pequeños elementos que evocaban el conocimiento y la tradición de los dioses.
Aun así, lo que más llamaba la atención no era su apariencia, sino la manera en que miraba sus ojos parecían buscar respuestas incluso cuando nadie había formulado todavía una pregunta.
Observaba los símbolos, las personas y el entorno como si cada detalle pudiera esconder una pieza de una historia mucho más antigua de lo que todos imaginaban.
Rangar arqueó una ceja.
—Así que ustedes también recibieron el llamado.
Nadie respondió inmediatamente.
Entonces una presencia distinta se hizo sentir sobre las plataformas.
Aetherion había llegado.
El heredero de Umbrath permaneció unos instantes apartado del resto. Su presencia fue suficiente para modificar el ambiente.
Durante generaciones, el nombre de Umbrath había estado acompañado por historias de oscuridad, guerra y peligro. Para muchos habitantes de los otros reinos, aquellas historias eran parte de una verdad que no necesitaba ser cuestionada.
Aetherion lo sabía y no parecía interesado en convencerlos de lo contrario, entonces, ¿por qué la tenía?
Aureon no dijo nada más, todavía, el silencio que siguió fue roto por Rangar.
—¿Él es Aetherion?
La pregunta no iba dirigida a nadie en particular, Aetherion lo miró.
—Sí.
Rangar dio un paso hacia él.
—El rey de Umbrath.
—Sí.
—El que llegó después de la caída.
Varkor tensó ligeramente la mandíbula. Aetherion permaneció sereno.
—Eso dicen.
—No es lo que dicen solamente. Todo el mundo conoce la historia.
—Entonces seguramente también conoces muchas historias que no son ciertas.
Rangar apretó la mandíbula.
—No estoy aquí para discutir historias.
—Entonces no las uses para juzgarme.
La tensión aumentó Kael se colocó ligeramente delante de Amariel, mientras Lysandra sujetaba con suavidad el brazo de Zaphira, Brumm miró de uno a otro.
—¿Siempre reciben así a los invitados?
—No —respondió Zaphira.
—Ah.
Brumm observó a Rangar.
—Entonces supongo que hoy es especial.
Rangar ignoró el comentario.
—Umbrath estuvo relacionado con el Primer Quiebre.
Aetherion sostuvo su mirada.
—Umbrath también sobrevivió al Primer Quiebre.
—Y tú gobiernas ese reino.
—Sí.
—¿Y esperas que confiemos en ti?
Aetherion tardó unos segundos en responder.
—No.
Aquella respuesta sorprendió incluso a Rangar.
—No necesito que confíes en mí —continuó Aetherion—. Necesito que observes lo que hago.
Amariel miró a Aetherion.
Aquella frase le resultó familiar. En los sueños también había hablado así, sin intentar convencerla, sin pedirle que creyera, simplemente esperando que ella eligiera qué pensar.
Rangar dio otro paso.
—¿Y qué estás haciendo aquí?
Aetherion miró alrededor.
—Lo mismo que ustedes.
—¿Y qué es eso?
—Buscando respuestas.
Rangar soltó una risa breve.
—Qué conveniente.
Aetherion no respondió, pero Amariel sí.
—Basta.
Todos voltearon hacia ella, su voz no había sido fuerte. No lo necesitaba.
—Ninguno de nosotros sabe por qué está aquí. Ninguno entiende completamente lo que está ocurriendo. Si empezamos a juzgarnos antes de saber qué nos está llamando, entonces estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que vinimos a descubrir.
Rangar la observó.
Aetherion también.
Amariel sostuvo la mirada de ambos.
—No tenemos que confiar todavía. Pero sí podemos escucharnos.
Zaphira asintió.
—Estoy de acuerdo.
Lysandra se colocó junto a ella.
—Yo también.
Brumm levantó una mano.
—Yo voto por escucharnos antes de golpearnos.
Aureon cerró lentamente el libro que llevaba.
—Por una vez, una conclusión razonable.
Rangar respiró profundamente y apartó la mano de su espada.
—Bien.
Sus ojos volvieron a Aetherion.
—Pero todavía quiero respuestas.
—Las tendrás —respondió Aetherion—. Cuando yo también las tenga.
El Consejo se reunió en una de las cámaras abiertas del Santuario de Atenea.
Astreo, Amira y los representantes de Sylvaris permanecieron alrededor de una mesa circular. Los jóvenes ocuparon el centro, aunque ninguno parecía saber todavía qué papel debía desempeñar.
En medio de la sala había una esfera de cristal, no era grande, su superficie parecía completamente lisa, pero en el interior podían distinguirse pequeñas líneas que cambiaban lentamente de posición, como si algo se moviera dentro de ella.
Amariel sintió un escalofrío, Lumen se acercó, la esfera respondió, una luz azul apareció en su interior. Después, una segunda, una tercera.
Hasta que seis puntos comenzaron a girar alrededor de un centro oscuro.
Aureon se levantó.
—Eso no estaba en los registros.
—Porque no pertenece a ningún reino —respondió Astreo.
Amariel se acercó.
La esfera vibró.
Aetherion también sintió el llamado. Sin decir nada, avanzó.
Rangar lo observó con desconfianza, pero esta vez no lo detuvo.
Uno a uno, los jóvenes se acercaron.
Brumm.
Zaphira.
Rangar.
Aureon.
Aetherion.
Finalmente, Amariel.
Cuando los seis estuvieron alrededor de la esfera, las luces comenzaron a conectarse.
Una corriente recorrió el centro.
El aire se llenó de un sonido profundo, semejante a un latido.
Lumen retrocedió un paso y la marca azul de Amariel brilló, el brazalete de Rangar respondió con un resplandor rojizo,el agua contenida en el pequeño medallón de Zaphira comenzó a moverse, las raíces grabadas en el arma de Brumm parecieron adquirir vida.
El libro de Aureon se abrió solo y el colgante de Aetherion emitió una luz tenue, Aetherion lo tomó entre los dedos, no sabía por qué lo hacía Medea se lo había entregado años atrás, cuando regresó después de recibir la marca. Le había dicho que había pertenecido a su madre.
A su madre, nada más, nunca había sabido qué historia escondía,la esfera brilló con mayor intensidad,entonces una imagen apareció sobre ella un bosque, una ciudad,montañas,agua, fuego, una extensión de oscuridad y en el centro, algo que no podían distinguir.
—¿Qué es eso? —preguntó Zaphira.
Aureon observó la imagen.
—No lo sé.