Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 5 – EL CONSEJO DE LOS SEIS
41%

CAPÍTULO 5 – EL CONSEJO DE LOS SEIS

«A veces, el camino no comienza cuando decides partir, sino cuando descubres que ya no puedes permanecer en el mismo lugar.»

El amanecer llegó a Sylvaris con una quietud extraña.

Las corrientes de aire que normalmente recorrían las terrazas, agitaban las hojas y hacían sonar las campanas del Santuario de Atenea parecían haberse detenido durante unos instantes. Amariel permaneció junto a la ventana, observando cómo la primera luz cubría las montañas lejanas.

Lumen dormía sobre un pequeño cojín a sus pies, aunque una de sus orejas se movía de vez en cuando, como si incluso dormido pudiera escuchar aquello que los demás todavía no percibían.

Aquel día cumplía diecisiete años.

Durante toda su vida había esperado aquella fecha sin comprender del todo por qué los adultos parecían darle tanta importancia. En Sylvaris, cuando un joven alcanzaba esa edad, era presentado ante el Árbol de la Vida, un antiguo ritual que no pertenecía a ningún reino.

El árbol se encontraba más allá de las fronteras de Sylvaris, en un lugar neutral, y se decía que sus raíces alcanzaban aquello que ningún mapa podía mostrar.

El Árbol no juzgaba títulos, apellidos ni riquezas, mostraba la esencia.

A cada joven le revelaba aquello que formaba parte de su alma y, según la tradición, el camino que podía llegar a recorrer: guerrero, sanador, protector, sabio, estratega o cualquier otra vocación que el equilibrio encontrara dentro de él.

Amariel había crecido escuchando aquellas historias, imaginando cómo sería el momento en que colocara sus manos sobre aquella corteza ancestral pero había algo que nadie podía explicarle,ella no conocía su verdadero origen.

Para todos en Sylvaris era una joven criada allí, hija de Amira y parte de aquella tierra desde que tenía memoria. Sin embargo, desde hacía algunos días sentía que algo dentro de ella había comenzado a despertar.

No sabía qué era, ni por qué el viento pronunciaba su nombre cuando nadie más parecía escucharlo.

Amira entró en la habitación sin hacer ruido. Durante unos segundos observó a Amariel desde la puerta antes de acercarse y rodearla con los brazos.

No llevaba las vestiduras ceremoniales de la sacerdotisa, sino un sencillo atuendo de entrenamiento, como si quisiera recordarle que antes de cualquier ceremonia seguía siendo su madre.

—Feliz cumpleaños, hija.

Amariel cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Gracias, mamá.

Amira la sostuvo con más fuerza.

—Antes de ser guerrera... eres mi hija.

Amariel sonrió.

—Siempre voy a serlo.

—Siempre.

No necesitaron decir nada más.

Lumen abrió los ojos y levantó la cabeza. Sus ojos dorados recorrieron la habitación antes de detenerse en Amariel.

El pequeño zorro se incorporó y caminó hasta ella, rozando su pierna con el lomo. Amariel se agachó para acariciarlo y, por un instante, todo pareció volver a ser sencillo.

Pero afuera, en algún lugar más allá de las montañas, seis caminos comenzaban a converger.

El primero en llegar fue Brumm.

El joven gigante descendió por una de las plataformas naturales de Sylvaris acompañado de su inseparable lobo. Con sus dieciséis años y poco más de dos metros de altura, destacaba incluso entre las enormes estructuras de piedra y raíces que formaban el reino.

Cada paso suyo hacía crujir ligeramente la madera bajo sus botas, no porque caminara con brusquedad, sino porque su cuerpo era demasiado grande para pasar desapercibido.

Tenía los hombros anchos, brazos fuertes y una complexión musculosa que hablaba de años de entrenamiento y de una vida acostumbrada a caminar por los bosques de Verdia.

Su cabello oscuro, abundante y ligeramente desordenado, caía sobre su frente y se movía con la corriente de aire que recorría las plataformas.

La piel, tostada por el sol y el contacto constante con la naturaleza, contrastaba con sus facciones todavía juveniles.

A pesar de su tamaño y de la fuerza que transmitía su cuerpo, su rostro conservaba algo tranquilo, casi despreocupado, y sus ojos recorrían el lugar con una curiosidad difícil de ocultar.

Llevaba ropa resistente en tonos verdes y tierra, botas altas y piezas de cuero ajustadas a su cuerpo para no estorbarle al moverse.

No necesitaba una armadura pesada; su propia constitución ya imponía respeto. Aun así, Brumm parecía completamente ajeno al efecto que provocaba.

Se inclinó para pasar bajo una formación de raíces que para cualquiera habría sido un obstáculo, pero que para él apenas obligó a bajar la cabeza.

Los guardias lo observaron con cierta sorpresa. Brumm ni siquiera pareció notarlo.

Su atención estaba puesta en las enormes plataformas suspendidas entre las montañas, en los puentes que conectaban unas con otras y, sobre todo, en los aromas que llegaban desde algún punto de la ciudad.

Se llevó una mano al estómago.

—¿Así que este es Sylvaris? Espero que aquí también sepan cocinar.

El lobo levantó la cabeza.

—No me mires así —murmuró Brumm—. Tú también tienes hambre.

A unos metros de distancia, Zaphira no pudo evitar sonreír. Había llegado poco antes junto a Lysandra.

La princesa de Elaria mantenía la postura impecable que la acompañaba desde niña. Era de piel clara y tenía una figura estilizada, elegante sin necesidad de esforzarse por aparentarlo.

Su largo cabello negro y rizado caía sobre sus hombros y se movía suavemente con el viento de Sylvaris, mientras sus profundos ojos verdes recorrían cada detalle del lugar.

Vestía con la elegancia propia de una heredera de Elaria, combinando tonos azules y plateados que recordaban las aguas de su reino.

Incluso lejos de su hogar, había algo en ella que hacía evidente que había nacido para ocupar un lugar de responsabilidad.

A su lado caminaba Lysandra.

Más alta y de figura esbelta, se movía con una gracia tranquila que contrastaba con la presencia más cuidada de Zaphira.

Su cabello blanco, completamente liso, caía hasta más abajo de sus hombros y destacaba contra el paisaje verde de Sylvaris.

Sus ojos verdes permanecían atentos a todo lo que ocurría alrededor, mientras sus pequeñas orejas, de forma ligeramente puntiaguda y curvadas hacia abajo en la parte superior, eran apenas visibles entre su cabello.

Vestía como alguien acostumbrada a combinar dos mundos: la elegancia de una sacerdotisa y la practicidad de una guerrera.

Lysandra no necesitaba adelantarse para proteger a Zaphira. Tampoco necesitaba recordarle constantemente cuál era su deber. La conocía demasiado bien para eso.

Zaphira parecía completamente segura de sí misma, con el mentón ligeramente elevado y la mirada firme.

Pero Lysandra sabía que detrás de aquella serenidad había preguntas que la princesa todavía no sabía cómo formular.

—No parece tan distinto de Elaria —dijo Zaphira.

—Eso depende de dónde mires —respondió Lysandra.

Zaphira giró ligeramente hacia ella.

—¿Y tú qué ves?

—Un lugar que todavía no conocemos.

La princesa sonrió.

—Siempre tienes una respuesta para todo.

—No para todo.

Lysandra la miró durante un instante.

—Solo para aquello que conozco.

Antes de que Zaphira pudiera responder, una figura descendió desde una de las plataformas superiores.

Rangar.

El príncipe de Ignaroth llevaba sus dos espadas cruzadas a la espalda y el brazalete de su reino ajustado al brazo, el mismo que utilizaba para canalizar su magia.

Tenía diecisiete años, aunque su porte firme y la seguridad con la que se movía podían hacerlo parecer mayor.

Su cuerpo era atlético y bien trabajado por años de entrenamiento: hombros anchos, brazos fuertes y una musculatura marcada sin perder la agilidad que necesitaba para combatir.

Su cabello rojo, intenso como una llama recién encendida, caía desordenado sobre su frente y contrastaba con el paisaje verde y azul de Sylvaris.

Algunas hebras se movían con el viento mientras avanzaba, y sus ojos, atentos y encendidos, recorrían a los presentes con una mezcla de curiosidad, orgullo y desafío.

Su rostro conservaba todavía los rasgos jóvenes de su edad, pero la firmeza de su mandíbula y la forma en que sostenía la mirada dejaban claro que había crecido preparándose para ocupar un lugar de poder.

Vestía ropa de combate propia de Ignaroth, práctica y resistente, con detalles en tonos oscuros y rojizos que recordaban el fuego de su reino.

Las botas marcaban cada paso con seguridad y, aunque llevaba las espadas a la espalda, no necesitaba tocarlas para hacer evidente que sabía utilizarlas.

Había algo en su manera de caminar —directa, impaciente, casi desafiante— que hacía difícil ignorarlo.

Había viajado acompañado por un pequeño grupo de guardias y su corcel, tal como había ordenado su padre, pero había dejado atrás cualquier formalidad desde el momento en que recibió el llamado.

Sus ojos recorrieron a los presentes, deteniéndose un instante en cada rostro.

Rangar no parecía buscar aprobación. Parecía intentar descubrir quiénes eran aquellos que, como él, habían sido llamados por algo que ninguno comprendía todavía.

Primero observó a Brumm, después a Zaphira y Lysandra. Finalmente, se detuvo en Aureon.

El heredero de Alfheim había llegado acompañado por la presencia silenciosa de la luz.

Vestía de blanco y oro y llevaba consigo un pequeño volumen antiguo que no había soltado desde que abandonó la biblioteca.

Aureon tenía dieciocho años y una presencia elegante, aunque menos rígida que la de un príncipe acostumbrado a las ceremonias.

Su piel clara contrastaba con su cabello, de un tono dorado pálido que caía suavemente alrededor de su rostro.

Sus ojos azules, claros y luminosos, tenían una expresión difícil de descifrar. Podían parecer tranquilos cuando observaban a alguien, pero bastaba mirarlos unos segundos para notar que detrás de ellos había una mente que no dejaba de buscar respuestas.

Su cuerpo era esbelto y ágil, más acostumbrado a recorrer bibliotecas, templos y antiguas salas de estudio que a los campos de batalla, aunque la postura con la que sostenía su lanza demostraba que no era ajeno al entrenamiento.