CAPÍTULO 4 – LOS CAMINOS CONVERGEN #4
La figura no se acercó. No hizo falta. La voz surgió de ella.
—Amariel.
Lumen estaba alerta. Amariel permaneció inmóvil.
—No te llamo por la corona que nunca has buscado.
La joven respiró lentamente.
—No te llamo por el nombre que otros han pronunciado para definirte.
La luz alrededor de la figura cambió.
—Te llamo por aquello que eres cuando nadie te está mirando.
Amariel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. La voz continuó:
—Has escuchado aquello que otros no pudieron escuchar.
Una corriente de aire recorrió el santuario.
—Has visto aquello que otros prefirieron ignorar.
Amariel recordó el mapa, las voces y el rostro que había aparecido entre los símbolos.
Atherion.
—Y has comenzado a comprender que algunas conexiones existen mucho antes de que podamos nombrarlas.
Amariel no respondió. La figura permaneció frente a ella.
—El Equilibrio no viene a decirte quién eres.
Una pausa.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Las seis luces comenzaron a girar lentamente.
—Pero ya ha visto tu corazón.
Amariel cerró los ojos por un instante. La voz se volvió más suave.
—Y por eso te llama.
Cuando abrió nuevamente los ojos, la figura parecía más distante.
—Ve a Sylvaris.
Amariel frunció ligeramente el ceño. Ella ya estaba allí.
—¿Sylvaris?
La voz respondió:
—Permanece donde estás.
Amariel comprendió. No se trataba de viajar; se trataba de esperar, de estar allí cuando los demás llegaran.
—Los caminos comenzarán a encontrarse.
Las seis luces comenzaron a desaparecer una por una.
—Y cuando lleguen, comprenderás que nunca fueron seis caminos separados.
La figura comenzó a desvanecerse. Antes de desaparecer por completo, la voz dejó una última frase:
—El Equilibrio te llama, Amariel. No para que seas alguien diferente. Para que descubras quién eres realmente.
La luz desapareció. El santuario quedó nuevamente en silencio. Lumen se acercó a ella y Amariel permaneció mirando el lugar vacío.
—¿Qué era eso? —susurró.
Lumen no respondió.
Las puertas del santuario se abrieron. Amariel giró y Kael apareció en la entrada. Había llegado apresuradamente y se detuvo al encontrarla frente al altar. Su cabello negro estaba ligeramente despeinado por el viento y el pequeño pendiente de su oreja derecha reflejó la luz de las lámparas.
Miró a Amariel y después al centro del santuario.
—¿Qué pasó?
Amariel tardó unos segundos en contestar. Miró a Lumen y después volvió los ojos hacia su hermano.
—Creo que alguien acaba de llamarme.
Kael dio un paso hacia ella.
—¿Quién?
Amariel miró nuevamente el altar de Atenea.
—No lo sé.
Una pausa.
—Pero creo que está esperando que los demás lleguen.
Kael asintió lentamente.
—Ya están en camino. Todos los reinos enviaron mensaje. Sylvaris será la sede y tu cumpleaños será el momento en que todos lleguen.
Amariel permaneció en silencio. No sabía quiénes llegarían ni qué encontrarían al reunirse, pero por primera vez comprendió que aquel día no sería como cualquier otro.
En los seis reinos, las decisiones comenzaron a cumplirse.
Rangar salió de Ignaroth con su brazalete, su corcel y una pequeña escolta.
Zaphira abandonó Elaria junto a Lysandra.
Brumm dejó el bosque con la bendición de su reina y acompañado por su fiel amigo.
Aureon descendió de Alfheim llevando consigo el libro que no debía permanecer encerrado.
Atherion partió de Umbrath acompañado por Aither y Varkor.
Y Amariel no tuvo que abandonar su reino; ella ya estaba allí.
Pero por primera vez comprendió que su camino no terminaba en su reino.
El viento sopló sobre el Santuario de Atenea. Amariel levantó la mirada y, durante un instante, creyó sentir una presencia detrás de ella. Una presencia conocida.
No era Atherion.
Ninguno de los seis sabía todavía quiénes eran los otros.
Rangar pensaba en el juramento de sus antepasados; Zaphira, en el agua que había dejado atrás; Brumm, en los árboles y en su pueblo; Aureon, en las palabras de su madre; Atherion, en Umbrath y en la historia que los acompañaba; Amariel, en aquel rostro de ojos violetas que aparecía en sus sueños.
Seis personas, seis elecciones, seis caminos que nunca habían planeado cruzar y, sin embargo, todos avanzaban hacia el mismo lugar. No porque alguien hubiera escrito sus destinos, sino porque cada uno había elegido dar el primer paso.
En algún punto entre los seis reinos, una corriente invisible atravesó el mundo. Las seis luces volvieron a brillar y, por un instante, una séptima luz apareció entre ellas.
Atenea la vio.
Valkar también.
Ninguno habló, porque ambos conocían el significado de aquello.
El Equilibrio no estaba regresando, estaba despertando y esta vez no sería una fuerza que decidiría por ellos. Serían ellos quienes tendrían que decidir qué hacer con ella.
Muy lejos de allí, una presencia desconocida observaba los caminos que comenzaban a converger.
Seis figuras avanzaban hacia Sylvaris.
Una permanecía allí y algo más antiguo que cualquiera de ellos esperaba.
—Que vengan —susurró la oscuridad.
Las sombras se movieron.
—Es hora de que recuerden.
El viento cambió y los caminos comenzaron a encontrarse.