CAPÍTULO 4 – LOS CAMINOS CONVERGEN #3
Aureon miró a Atenea. Ella seguía en silencio. No parecía sorprendida por el llamado, pero tampoco parecía dispuesta a detenerlo.
El búho extendió lentamente sus alas.
—Ve a Sylvaris.
Aureon respiró profundamente.
—¿Por qué?
El búho no respondió inmediatamente. Solo lo observó.
—Camina, escucha.
Una pausa.
—Y descubre por qué el Equilibrio te ha llamado a ti.
La criatura comenzó a desvanecerse. Las plumas se transformaron en pequeñas partículas de luz y, antes de desaparecer por completo, la voz dejó una última frase:
—No todas las respuestas se encuentran en los libros, ni la verdad les pertenece.
La luz se extinguió.
La biblioteca volvió a quedar en silencio. Aureon permaneció mirando el lugar donde había estado el búho y Atenea se acercó lentamente.
—Ya lo has decidido —dijo.
Aureon la miró.
—Sí.
—¿Vas a ir?
—Voy a viajar a los reinos. Quiero ver qué está pasando con mis propios ojos.
Atenea asintió. No intentó detenerlo. Aureon tomó el libro que había dejado sobre la mesa y comenzó a caminar hacia la salida. Antes de cruzar las enormes puertas de la biblioteca, se detuvo y miró a su madre.
—Volveré.
Atenea sostuvo su mirada.
—Lo sé. Solo recuerda ver más allá de lo que tus ojos te permitan.
Aureon salió de la biblioteca. Las enormes puertas se cerraron lentamente detrás de él. Atenea permaneció inmóvil; sabía lo que acababa de comenzar. No era una posibilidad ni una coincidencia. Era aquello que habían esperado durante tanto tiempo.
Entonces, al fondo de la biblioteca, entre las columnas cubiertas de luz y sombra, apareció Valkar. Atenea no se sorprendió.
—Han comenzado —dijo ella.
Valkar observó el lugar donde había desaparecido el búho.
—Sí.
Su voz llevaba algo diferente. No era miedo, era incertidumbre. Atenea lo miró durante unos segundos.
—Sabías que este momento llegaría.
Valkar cerró los ojos.
—Lo sabía.
—Entonces, ¿por qué dudas?
Él tardó en responder.
—Porque recuerdo que hicimos algo.
Atenea permaneció en silencio.
—Recuerdo tu voz —continuó Valkar—. Recuerdo que hablamos, recuerdo que tomamos una decisión, pero no recuerdo todo lo que ocurrió después.
Atenea bajó ligeramente la mirada. Ella sí recordaba. Recordaba el pacto, recordaba las palabras y recordaba por qué lo habían hecho, pero todavía no era el momento de revelar aquello.
—No necesitas recordarlo todo todavía —dijo.
Valkar la observó.
—Tú sí lo recuerdas.
No fue una pregunta.
Atenea sostuvo su mirada.
—Sí.
El silencio entre ambos se volvió pesado. Valkar se aproximó a ella.
—Entonces dime qué hicimos.
Atenea no respondió.
—¿Qué fue lo que tú y yo acordamos?
Ella levantó los ojos.
—Lo que acordamos todavía está ocurriendo.
Valkar quedó inmóvil. Atenea miró hacia las puertas por donde había salido su hijo.
—Y ahora nuestros hijos han comenzado a caminar hacia aquello que nosotros intentamos proteger. Ambos enfrentamos las consecuencias del pasado y del presente.
Valkar sintió que una imagen atravesaba su memoria. Una voz, una decisión, un juramento... pero desapareció antes de que pudiera alcanzarla.
—Atenea...
Ella lo miró.
—Cuando llegue el momento, recordarás.
—¿Y si no quiero recordar?
Atenea no apartó la mirada.
—Entonces tendrás que decidir qué hacer con aquello que olvidaste, viejo amigo.
Valkar permaneció en silencio. Atenea se volvió hacia la ventana. A lo lejos, sobre Alfheim, una luz atravesó el cielo.
El equilibrio había comenzado a despertar y, esta vez, ellos ya no podían decidir.
UMbrATH
En Umbrath, la noche parecía más profunda después del despertar de los Devorasombras.
Atherion permanecía en uno de los patios de la fortaleza, todavía con la tensión del combate sobre los hombros.
El reino había resistido, pero algo había quedado en el aire, una sensación difícil de nombrar, como si las sombras hubieran comenzado a observar desde lugares donde antes no había nada.
Entonces, las luces del patio comenzaron a apagarse una por una.
Atherion levantó la mirada y las sombras se reunieron frente a él.
Primero fueron apenas manchas oscuras sobre la piedra; después comenzaron a elevarse y entrelazarse hasta formar la figura de una enorme loba negra, cubierta de pequeños destellos violetas.
Sus ojos brillaban intensamente y, alrededor de su cuerpo, las sombras parecían moverse como si tuvieran vida propia.
Atherion no retrocedió. La loba lo observó y la voz surgió de las mismas sombras.
—Atherion Vaelthar.
El nombre resonó dentro del patio.
—No te llamo por tu sangre.
Atherion sostuvo su mirada.
—Ni por el reino que hoy gobiernas.
Las sombras detrás de la loba comenzaron a cambiar. Durante un instante, Atherion vio algo que conocía demasiado bien: una mujer.
Su madre, Nyxaria.
El recuerdo desapareció casi inmediatamente. Atherion cerró los ojos y la voz continuó.
—Hay sombras que no nacen de la oscuridad que te rodea. Nacen de aquello que llevas dentro.
Atherion abrió nuevamente los ojos. La loba seguía frente a él.
—El Equilibrio las ha visto.
. La loba comenzó a desvanecerse lentamente.
—Es momento de despertar.
Las sombras se recogieron alrededor de sus patas.
—Ve a Sylvaris.
Atherion permaneció inmóvil.
—Camina hacia aquello que todavía no comprendes.
La criatura desapareció. Las luces del patio volvieron a encenderse y Atherion quedó solo. No tenía respuestas, solo una dirección.
Poco después, Reheila lo encontró preparando su partida.
—Voy contigo.
Atherion negó con la cabeza.
—No.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—Tú te quedas.
—Atherion...
—Eres comandante del ejército.
Su voz no fue dura, pero sí definitiva.
—No voy a dejar nuestro hogar sin protección. No sé cuánto tiempo estaré fuera ni qué encontraré en Sylvaris.
Reheila guardó silencio. Atherion se acercó a ella.
—Necesito saber que Umbrath estará protegido mientras yo esté lejos.
Ella finalmente asintió.
—Entonces regresa. Y no viajes solo.
Atherion sostuvo su mirada.
—Lo sé. No te angusties. Regresaré.
No mucho después, Aither estaba preparado. El dragón dejó escapar un profundo sonido cuando Atherion se acercó. A su lado estaba Varkor, listo para acompañarlo. Atherion los miró y negó.
—No, voy solo.
Varkor levantó una ceja.
—No recuerdo haber dicho que te dejaría hacerlo.
Atherion miró a Aither.
—Bien. Viajemos entonces.
Varkor subió al caballo, listo para partir. Atherion lo miró y señaló al dragón.
—Varkor, ellos nos llevarán. Sylvaris está lejos de nuestras tierras; no hay tiempo para caminar.
Aither dejó escapar un rugido que hizo vibrar las piedras y expulsó una pequeña nube de humo por sus fosas nasales. Después extendió sus enormes alas.
Atherion subió a su lomo. Antes de partir, volvió la mirada hacia Umbrath.
No sabía qué encontraría en Sylvaris. No sabía por qué el Equilibrio había elegido llamarlo, pero sí sabía que debía responder. Junto a Varkor y Aither, Atherion abandonó Umbrath rumbo al reino de los vientos.
SYLVARIS
El Santuario de Atenea permanecía en calma, a diferencia del resto del reino.
Allí el viento no entraba con fuerza; se deslizaba entre las columnas blancas y los arcos abiertos, moviendo apenas las telas azules que colgaban de las paredes.
La luz del atardecer atravesaba los vitrales y dejaba sobre el suelo pequeñas manchas de azul y dorado.
Amariel se encontraba frente al antiguo altar de Atenea.
Lumen estaba a su lado, sentado sobre una de las plataformas de piedra, con la cola blanca rodeando sus patas.
El pequeño zorro había permanecido inquieto desde que el ataque de los Devorasombras había terminado y Amariel tampoco había conseguido tranquilizarse.
Había visto lo que estaba ocurriendo. Había sentido aquella presencia y, aunque no podía explicarlo, sabía que algo había comenzado.
—¿También lo sientes? —preguntó en voz baja.
Lumen levantó las orejas.
—Sí.
Amariel volvió la mirada hacia la estatua de Atenea.
Durante toda su vida había acudido a aquel santuario.
Era uno de los pocos lugares donde no necesitaba ser la guerrera que todos esperaban, ni la hija de la reina, ni la joven que debía demostrar que estaba preparada para aquello que algún día pudiera venir. Allí podía simplemente ser Amariel.
El silencio se hizo más profundo. Lumen se puso de pie.
—Amariel...
Ella lo miró.
—¿Qué?
El zorro observaba el centro del santuario.
—El viento se detuvo.
Amariel giró lentamente. Era verdad. Las telas habían dejado de moverse y las llamas de las lámparas permanecían completamente quietas.
Entonces apareció una pequeña luz.
No descendió del cielo.
Nació sobre las piedras del santuario.
Una luz blanca. Después apareció otra, dorada; luego una azul, una verde, una roja y, finalmente, una violeta. Seis luces comenzaron a girar lentamente alrededor del centro del templo.
Amariel dio un paso hacia atrás. Lumen permaneció junto a ella. Las seis luces comenzaron a unirse por un instante. Amariel creyó distinguir formas dentro de ellas: un lobo, un búho, un zorro de fuego, una criatura de agua, una figura nacida de las raíces y una silueta hecha de sombras.
Pero ninguna permaneció el tiempo suficiente para ser reconocida.
Las seis esencias se encontraron en el centro y entonces apareció una figura.
No parecía pertenecer completamente a la luz ni a la oscuridad.
Su presencia cambiaba mientras Amariel la observaba; un lado parecía contener el amanecer y el otro, la noche.
En su interior podían percibirse fragmentos de las seis fuerzas que habían despertado en los reinos.
Amariel no sabía qué estaba viendo, pero sintió algo. No era miedo.
Era reconocimiento.