Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 4 – LOS CAMINOS CONVERGEN #2
33%

CAPÍTULO 4 – LOS CAMINOS CONVERGEN #2

Lysandra observó a Zaphira en silencio. No intervino. Comprendía que aquel llamado no era para la princesa que conocía el templo, sino para la mujer que existía detrás de esa imagen.

La mantarraya comenzó a deshacerse lentamente en cientos de gotas luminosas. Antes de desaparecer, la voz pronunció:

—Por eso te llamo, Zaphira.

Las gotas quedaron suspendidas una última vez.

—Ve a Sylvaris.

Entonces el agua cayó. El estanque volvió a moverse y los espejos recuperaron sus reflejos, pero Zaphira ya no era exactamente la misma. Lysandra se acercó a ella mientras la princesa permanecía mirando el agua.

No sabía qué encontraría en Sylvaris, tampoco sabía qué esperaba el Equilibrio de ella, pero había comprendido algo.

No había sido llamada para representar a Elaria; había sido llamada porque, por primera vez, alguien había visto aquello que ella llevaba demasiado tiempo intentando ocultarse a sí misma.

Lysandra la observó durante unos segundos. No necesitaba preguntarle qué había decidido; conocía aquella expresión demasiado bien.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Entiendo que vas a emprender un viaje.

Zaphira la miró.

Lysandra cruzó los brazos y añadió, con absoluta firmeza:

—Pero no vas sola.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Zaphira.

—Lysandra...

—No —la interrumpió—. Eres la heredera al trono de Elaria. Y yo soy tu sacerdotisa, pero más que eso... soy tu guardiana.

Se acercó un paso más.

—Así que, por donde tú camines, me tendrás a tu lado. Y no es una opción, Majestad.

Zaphira soltó una breve risa.

—¿Siempre tienes que decidir por mí?

—Cuando se trata de protegerte, sí.

Lysandra tomó su bastón ceremonial y se volvió hacia la salida del templo.

—Vamos juntas al reino de los vientos. Veamos por qué los reinos han perdido su reflejo.

Zaphira la siguió. Esta vez, ninguna de las dos miró atrás.

VERDIA

En Verdia, Brumm caminaba entre los árboles. El bosque parecía diferente después de lo ocurrido. Las hojas se movían aunque no había viento y las raíces parecían vibrar bajo sus pies.

Brumm colocó una mano sobre el tronco de uno de los árboles ancestrales. No necesitó hablar; el bosque respondió. Un murmullo profundo recorrió las ramas y él cerró los ojos. Recordó a su padre, recordó el día en que tuvo que comprender que ser heredero no significaba ocupar un trono.

Significaba permanecer de pie cuando todos los demás necesitaban hacerlo.

Entonces escuchó la voz.

Las hojas permanecieron inmóviles. Entre las raíces que cubrían el suelo apareció una pequeña luz.

Brumm levantó la mirada y las raíces comenzaron a moverse.

Una tras otra se elevaron desde la tierra y se entrelazaron, formando poco a poco la silueta de un enorme lobo. Sobre su lomo crecía un pequeño bosque.

El animal permaneció frente al Gigante del Bosque.

—Brumm.

El joven abrió los ojos.

—Tú que has aprendido a sostener aquello que otros abandonan.

Una hoja cayó frente a él.

—Tu fuerza no está solamente en tus manos.

Brumm miró alrededor.

—Está en aquello que eres capaz de proteger sin pedir nada a cambio.

El bosque quedó en silencio.

—El Equilibrio peligra... En Sylvaris se reúnen aquellos que eligen proteger.

Brumm respiró profundamente. La voz desapareció junto con la imagen de aquel animal y el silencio del bosque se quebró ante los pasos de Yasira, la reina de Verdia.

Ella lo observó unos instantes antes de preguntar:

—¿Estás preparado?

Brumm asintió.

—Sí, madre.

Yasira bajó la mirada hacia el bolso que llevaba consigo y después tomó la capa que había preparado para él.

—Entonces ha llegado el momento.

Le entregó primero la capa y después el bolso.

—Aquí tienes lo necesario para el camino. No sabes cuánto tiempo estarás fuera ni qué encontrarás. Pero recuerda quién eres y de dónde vienes.

Brumm recibió ambas cosas con respeto.

—Lo haré.

Yasira se acercó y acomodó la capa sobre sus hombros.

—No olvides que llevar el nombre de Verdia no significa solamente proteger sus tierras. Significa respetar la vida que habita en ellas.

Brumm asintió nuevamente. Antes de emprender el camino, giró la mirada. El lobo estaba allí, a unos pasos de distancia, tranquilo, observándolo. Brumm sonrió ligeramente.

Había sido él quien lo había encontrado durante aquella tormenta. Estaba herido, agotado y solo. Lo había rescatado sin imaginar que aquel animal terminaría convirtiéndose en su compañero. Yasira siguió la mirada de su hijo y contempló al lobo en silencio. Después se acercó a él.

No hubo magia, no hubo voces ancestrales. Solo una mujer de Verdia reconociendo el valor de una criatura que formaba parte de la naturaleza que su pueblo había jurado proteger. Yasira extendió lentamente la mano y el lobo permitió que ella acariciara su cabeza.

—Tú también perteneces a este bosque, cuidalo y regresalo a casa —susurró.

Luego miró a Brumm.

—Creo que el, ya desidio acompañarte

Brumm la observó sorprendido, Yasira sonrió, volvió la mirada hacia el animal.

—La Madre Naturaleza no solo está en los árboles, en las montañas y en los ríos. También está en cada criatura que camina por esta tierra.

Brumm bajó la mirada hacia el lobo.

—Nos cuidaremos madre, volveremos a casa

Yasira asintió.

—Entonces pueden partir.

Brumm ajustó el bolso sobre su hombro y comenzó a caminar. El lobo se levantó inmediatamente y fue tras él. Brumm miró hacia atrás una última vez. Yasira permanecía frente al árbol ancestral, observándolos partir. No necesitaba decir nada más.

ALFHEIM

En Alfheim, el silencio no significaba ausencia.

Era distinto al silencio de los reinos mortales; allí parecía existir algo detrás de cada sonido, como si incluso el tiempo caminara con mayor lentitud entre las columnas blancas, las enormes bibliotecas y los corredores donde la luz permanecía suspendida en el aire.

Aureon se encontraba en una de las salas más antiguas del reino.

Había pasado gran parte de la tarde entre libros que hablaban de épocas que ya nadie recordaba con claridad.

Algunos habían sido escritos mucho antes de que los seis reinos existieran; otros hablaban de los antiguos acuerdos entre los dioses y aquellos que habitaban el mundo mortal.

Pero aquella tarde no conseguía concentrarse. Desde que el despertar había recorrido los reinos, algo había cambiado. No era únicamente una sensación. Aureon lo había percibido y los dioses también.

—Está sucediendo otra vez —dijo.

Atenea permanecía cerca de una de las grandes ventanas de la biblioteca. No llevaba la distancia solemne que tantas veces mostraba ante los demás. Allí, en presencia de su hijo, era simplemente su madre.

—Sí.

Aureon cerró lentamente el libro que tenía entre las manos.

—Lo sentiste.

Atenea volvió la mirada hacia él.

—Todos lo sentimos.

Aureon se levantó.

—Los reinos están reaccionando.

—Y no solamente los reinos —respondió ella.

El joven permaneció unos segundos en silencio. Atenea había sido una presencia constante en su vida. Había crecido a su lado, aprendiendo de ella, discutiendo con ella y escuchándola hablar de los dioses, de los mortales y de aquello que existía entre ambos mundos.

Por eso conocía esa mirada. Atenea estaba preocupada, pero no parecía sorprendida.

—¿Sabías que ocurriría?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Atenea no respondió inmediatamente. Lo observó y se acercó a él.

—Sabía que algún día tendríamos que enfrentarnos nuevamente a cosas que creíamos enterradas.

Aureon frunció ligeramente el ceño.

—Eso no es lo mismo que responderme.

Atenea sonrió apenas.

—No.

—Entonces dime la verdad.

La expresión de Atenea cambió. Durante un instante pareció mirar más allá de Aureon, hacia un tiempo que él no podía recordar, mucho antes de su existencia.

—Hay verdades que no pueden entregarse antes de que llegue el momento de comprenderlas.

Aureon soltó una respiración contenida.

—Siempre dices eso.

—Porque sigues haciendo las mismas preguntas.

—Y tú sigues sin responderlas.

Atenea sonrió.

—Quizá algún día comprendas por qué. Y cuando eso pase, no olvides quién eres y cuánto es que yo te amo.

Antes de que Aureon pudiera contestar, algo cambió en la biblioteca.

Las luces suspendidas sobre las estanterías comenzaron a oscilar.

Una corriente recorrió la sala y las páginas de los libros comenzaron a pasar solas.

Una, dos, decenas, hasta que todos los libros parecieron detenerse al mismo tiempo.

Aureon levantó la mirada.

—¿Madre?

Atenea no respondió. Ella también lo había sentido.

En el centro de la biblioteca, una pequeña luz apareció sobre el suelo. No era dorada ni azul. Era blanca y profunda, como la luz de una estrella reflejada en el agua.

La luz comenzó a crecer y de ella surgieron unas plumas.

Primero una, después otra. La figura tomó forma lentamente hasta que un ave enorme apareció frente a ellos: un búho.

Sus plumas eran claras, casi plateadas, y en sus ojos había dos tonalidades diferentes que parecían contener el reflejo de mundos enteros.

Su presencia no producía miedo. Producía silencio.

Aureon dio un paso hacia él. Aquel ser permaneció inmóvil. Sin embargo, una voz surgió de algún lugar entre sus plumas, profunda y antigua.

—Aureon.

El joven se detuvo. Atenea no intervino; observaba y analizaba.

La voz continuó:

—He visto aquello que buscas comprender.

Aureon mantuvo la mirada sobre la criatura.

—He visto las preguntas que todavía no tienen respuesta.

El búho inclinó ligeramente la cabeza.

—Y he visto al hombre que existe detrás del nombre que heredaste.

Aureon sintió que aquellas palabras eran diferentes. No hablaban del hijo de Zeus, no hablaban del hijo de Atenea, no hablaban del heredero de Alfheim. Hablaban de él.

—El conocimiento puede mostrar muchos caminos.

Las luces de la biblioteca comenzaron a reflejarse en los ojos del búho.

—Pero ningún conocimiento puede caminar por ti.

Aureon guardó silencio. La voz volvió a escucharse.

—El Equilibrio no te llama por aquello que otros esperan de ti.

Una corriente de aire recorrió la sala.

—Te llama porque hay cosas que solo pueden comprenderse cuando decides salir de donde siempre has tenido las respuestas.