CAPÍTULO 3 — LAS VOCES DE LOS REINOS #2
Atherion no contestó, porque tampoco lo sabía, el Consejo de Sylvaris estalló en voces.
—Debemos cerrar las fronteras.
—Hay que movilizar al ejército.
—Debemos informar a los demás reinos.
—¿Informarles de qué? ¡Ni siquiera sabemos qué está ocurriendo!
Amariel escuchaba, no intervino inmediatamente, observó el mapa, seis reinos, seis pueblos acostumbrados a mirar sus propias fronteras antes que el mundo que compartían y entonces entendió algo.
—Estamos haciendo exactamente lo que no debemos hacer.
Las voces se detuvieron, Amariel levantó la mirada.
—Tenemos miedo y nuestra primera reacción es encerrarnos.
Nadie respondió.
—Pero esto no está ocurriendo solamente en Sylvaris.
Señaló el mapa.
—Está ocurriendo en todos los reinos.
Kael se acercó.
—Entonces, ¿qué propones?
Amariel miró la luz de Ignaroth.
—Descubrir qué está despertando.
Astreo habló desde el otro extremo de la mesa.
—Eso significa salir de Sylvaris.
Amariel sostuvo la mirada del rey.
—Sí.
—Podrían no regresar. No sabes a qué nos enfrentamos.
Amariel guardó silencio unos segundos, después miró las seis luces.
—Si permanecemos aquí esperando, quizá llegue un momento en que ninguno tenga un reino al cual regresar.
Astreo la observó largamente, no había desafío en las palabras de Amariel, solo determinación.
Kael suspiró.
—Bueno.
Amariel lo miró.
—¿Bueno qué?
—Que tendré que preparar mis cosas.
—Kael...
—Ni lo intentes.
El príncipe sonrió.
—No vas a atravesar medio mundo sola.
Lumen caminó hasta ellos.
—No serán los únicos.
Amariel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
El zorro miró las otras luces.
—Las voces ya comenzaron.
En Elaria, las corrientes cambiaron de dirección.
En Verdia, árboles que llevaban siglos dormidos abrieron sus flores durante la noche.
En Alfheim, los observatorios registraron una alteración que ningún dios pudo explicar.
En Ignaroth, las llamas de la Cuna de las Cenizas ardieron sin consumir nada.
Y en Umbrath, una alarma recorrió las redes de vigilancia.
No provenía de las fronteras, algo había aparecido dentro del territorio, las pantallas de las torres mostraron la misma advertencia:
PRESENCIA NO IDENTIFICADA.
Varkor llegó al mirador acompañado por varios miembros de la Guardia.
—Atherion.
El joven ya estaba mirando hacia las montañas, Rhaelia desenvainó sus espadas
—¿Qué ves?
Atherion permaneció inmóvil, figuras, decenas se movían entre las rocas, no eran soldados, no eran animales, tampoco eran dragones, sus cuerpos parecían absorber la luz.
—Algo que no pertenece aquí.
Varkor llevó una mano al mango de su espada.
—Entonces averiguaremos qué quiere.
Atherion no respondió, las figuras continuaron avanzando muy lejos de allí, Amariel estaba preparando su arco cuando sintió el primer golpe, no sobre su cuerpo, dentro de ella se detuvo durante un instante todo pareció quedar suspendido.
Entonces llegó un segundo golpe, esta vez no fue una sensación fue un estruendo, las ventanas del Castillo Celestial vibraron con violencia y, desde las alturas, un grito atravesó las nubes.
—¡Invasores! —gritó uno de los soldados.
Amariel corrió hacia el balcón.
Muy por debajo de ellos, entre las plataformas que rodeaban el Castillo Celestial, las primeras figuras habían aparecido, no habían llegado desde el cielo, habían surgido de las sombras proyectadas por las propias estructuras de Sylvaris.
Eran altas y deformes, sus cuerpos estaban cubiertos por una oscuridad que parecía absorber la luz a su alrededor y cambiaban ligeramente mientras avanzaban, como si no terminaran de pertenecer a una forma determinada.
Lumen mostró los dientes.
—Devorasombras...
Amariel tomó su arco.
—¿Estás seguro?
El pequeño zorro mantuvo la mirada fija en las criaturas.
—No deberían existir. Son criaturas que no pertenecen a ningún mundo.
El primer grupo de Guardianes descendió sobre las plataformas, las flechas comenzaron a volar, una criatura recibió tres impactos en el pecho, pero no cayó. La oscuridad alrededor de su cuerpo absorbió las flechas y continuó avanzando.
Amariel tensó el arco, pero no disparó, observó una criatura atacó por el frente, dos más rodearon a los Guardianes por los costados otras ignoraron las defensas y avanzaron hacia el centro del reino, no estaban atacando al azar. Estaban dividiendo las fuerzas.
—No disparen todavía —ordenó Amariel.
Uno de los arqueros la miró confundido.
—¡Están entrando!
—Lo sé.
Amariel siguió observando, una corriente de aire pasó entre las plataformas y movió apenas su cabello, entonces comprendió.
—Quieren que los persigamos.
Kael llegó junto a ella.
—¿Qué?
Amariel señaló hacia el extremo oriental.
—Mira cómo se están moviendo.
Kael observó durante unos segundos.
—Están alejándonos del centro.
—Exactamente.
Amariel se volvió hacia los Guardianes.
—¡No persigan a los que se retiren! ¡Cierren el paso hacia el Castillo!
Los soldados obedecieron.
—¡Arqueros, segunda línea! ¡Escudos al frente! ¡No permitan que atraviesen el corredor central!
El caos comenzó a transformarse en formación, Amariel bajó las escaleras hacia la plataforma de combate con el arco en una mano. No se quedó detrás dando órdenes entró en la batalla.
Una criatura se abalanzó sobre uno de los Guardianes, Amariel disparó antes de que pudiera alcanzarlo la flecha golpeó una zona oscura debajo de su hombro por primera vez, la criatura retrocedió.
—¡Ahí! —gritó Amariel—. ¡No es el pecho! ¡Busquen las uniones donde la sombra cambia de forma!
Observó un instante más.
—¡Es el vórtice!
Los arqueros corrigieron su posición, una lluvia de flechas cayó sobre las criaturas Amariel volvió a mirar el campo, tres grupos, tres direcciones, un solo objetivo, el centro.
—Kael.
—Aquí.
—Necesito que lleves veinte Guardianes al corredor norte. No los persigas. Solo impide que regresen.
—¿Y tú?
Amariel levantó la mirada hacia la plataforma central.
—Voy a cerrar el núcleo.
Kael entendió.
—Amariel...
—Confía en mí.
Ella corrió, los Guardianes comenzaron a reunirse alrededor de ella. Amariel señaló las posiciones.
—Escudos aquí. Arqueros detrás, dos filas. Los guerreros de Sylvaris cubren los laterales. Nadie rompe la formación.
El núcleo comenzó a cerrarse, las criaturas chocaron contra él, pero esta vez no encontraron un ejército disperso, encontraron una defensa que las estaba esperando.
Amariel disparaba, avanzaba y volvía a ordenar posiciones. Una flecha, un movimiento, una orden, otro disparo. No luchaba únicamente contra las criaturas.