Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 3 — LAS VOCES DE LOS REINOS
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CAPÍTULO 3 — LAS VOCES DE LOS REINOS

«Las historias comienzan a despertar verdades que los reinos habían aprendido a olvidar.»

El amanecer llegó a Sylvaris sin viento.

Amariel abrió los ojos antes de que las primeras luces terminaran de atravesar las cortinas y, durante unos segundos, permaneció inmóvil.

Había soñado con él otra vez, pero aquella vez había sido diferente.

Ya no había visto solamente unos ojos violetas entre sombras; había escuchado su voz, había sentido su presencia con una claridad imposible de confundir con un sueño y ahora conocía su nombre.

Atherion.

Amariel llevó una mano al pecho. Su corazón latía con fuerza, aunque no sentía miedo.

Era otra cosa, una nostalgia extraña y profunda, como si acabara de despedirse de alguien a quien todavía no conocía.

Un pequeño hocico húmedo rozó sus dedos.

Lumen estaba sentado junto a ella, observándola con sus grandes ojos dorados, el zorro blanco levantó la cabeza bajo la tenue luz del amanecer.

—Lo volviste a ver.

No era una pregunta.

Amariel asintió.

—Sí.

Lumen inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Fue diferente?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Hablamos. Él es...

Por primera vez, la expresión del pequeño zorro cambió.

—¿Conoces su nombre?

Amariel miró hacia el balcón.

—Atherion.

El viento entró en la habitación. Fue una sola corriente, fría y profunda, que atravesó las cortinas y desapareció casi de inmediato.

Amariel frunció el ceño.

Lumen saltó de la cama y salió al balcón.

Ella lo siguió, entonces comprendió que Sylvaris estaba en silencio, completamente en silencio.

Las banderas colgaban inmóviles. Las hojas de los jardines suspendidos no se movían y las aves permanecían sobre las ramas como si hubieran olvidado continuar su vuelo. Incluso las corrientes que rodeaban las islas flotantes parecían haberse detenido.

En el Reino del Aire, aquello era imposible.

—Lumen...

El zorro no respondió. Miraba fijamente hacia el horizonte.

—¿Qué está pasando?

Una voz apareció detrás de ella.

—Eso mismo iba a preguntarte.

Kael entró al balcón. Llevaba su ropa de entrenamiento y todavía tenía el cabello húmedo. Su expresión perdió cualquier rastro de tranquilidad cuando contempló el reino.

Amariel lo miró.

—¿También lo sentiste?

Kael caminó hasta la baranda.

—Todo el palacio lo sintió.

Amariel observó las nubes inmóviles.

—El viento está asustado.

—No.

Lumen fue quien respondió, sus ojos dorados brillaron bajo la primera luz del día.

—El viento intenta advertirnos.

Un sonido grave atravesó el cielo, Amariel lo reconoció inmediatamente, el cuerno ceremonial.

Una sola vez.

Kael enderezó la espalda. Las puertas del Castillo Celestial comenzaron a abrirse y los Guardianes abandonaron sus puestos. No anunciaba una celebración. Tampoco una guerra.

Era la llamada del Consejo Celestial, algo había ocurrido.

Y por primera vez Amariel tuvo la certeza de que aquello que había sentido durante las últimas noches no pertenecía únicamente a ella.

El Gran Salón estaba lleno cuando llegaron. Sacerdotes, generales, sabios y representantes de las familias más antiguas de Sylvaris ocupaban sus lugares. Astreo permanecía junto al Gran Trono del Viento, no sentado sobre él.

Ningún gobernante de Sylvaris presidía el Consejo desde una posición superior a los demás. Era una tradición tan antigua como el propio reino: el poder podía dirigir, pero nunca colocarse por encima del pueblo.

Amira se encontraba cerca de él. La reina no llevaba corona; vestía las prendas ceremoniales de las sacerdotisas de Atenea. Cuando Amariel entró, sus ojos se encontraron durante un instante.

No hicieron falta palabras.

Amira también sabía que algo había cambiado.

En el centro del salón esperaba Eryndor, el anciano custodio de la Biblioteca de los Vientos. Apoyó ambas manos sobre su bastón y levantó la mirada hacia los presentes.

—Hace dos noches, las Corrientes Eternas cambiaron.

Nadie habló.

—Ayer, los Halcones Celestes abandonaron sus rutas.

Un murmullo recorrió la sala.

Eryndor continuó:

—Esta madrugada, los Oráculos dejaron de escuchar la voz del viento.

El murmullo murió.

Aquello sí era imposible, uno de los generales dio un paso al frente.

—¿Ignaroth?

—No.

—¿Verdia?

Eryndor negó.

Kael miró al anciano.

—¿Ha comenzado una guerra?

El silencio duró demasiado.

—No —respondió Eryndor.

Después agregó:

—Todavía.

Dos Guardianes extendieron un antiguo mapa sobre la mesa central. Los seis reinos aparecieron frente a ellos.

Sylvaris, Elaria, Ignaroth, Verdia, Alfheim, Umbrath.

Pero sobre el mapa había luces que no deberían existir.

Siete pequeños resplandores palpitaban sobre diferentes puntos del continente.

Amariel se acercó.

—¿Qué son?

Eryndor levantó la mirada.

—No lo sabemos con certeza.

Lumen caminó alrededor de la mesa. Sus ojos dorados se fijaron en las luces.

—Pero sabemos qué significaba antiguamente.

Todos lo miraron.

—Guardianes.

Kael frunció el ceño.

—Pensé que eran una leyenda.

Lumen permaneció observando el mapa.

—Las leyendas son recuerdos que sobrevivieron cuando la historia decidió olvidar.

Amariel apenas escuchó el resto, había visto una de las luces, Umbrath, Violeta su corazón golpeó una vez, después otra, extendió la mano.

—Amariel, espera —dijo Kael.

Demasiado tarde sus dedos rozaron el mapa, el mundo desapareció, Amariel abrió los ojos ya no estaba en Sylvaris.

Frente a ella se levantaban enormes montañas negras.

Torres oscuras se elevaban entre la niebla y puentes suspendidos conectaban las distintas zonas de la ciudad.

Cascadas descendían desde los riscos y desaparecían entre las sombras, mientras luces violetas recorrían las estructuras de piedra y vehículos silenciosos atravesaban las vías elevadas.

Era una ciudad antigua y, al mismo tiempo, más avanzada que cualquier lugar que Amariel hubiera conocido, entonces lo vio.

Atherion.

Estaba de pie frente al enorme ventanal de una torre. Su cabello negro descendía hasta la cintura, su piel pálida contrastaba con la oscuridad de Umbrath y la cicatriz de tres garras atravesaba el lado derecho de su rostro.

Sus ojos violetas eran los mismos que Amariel había visto tantas veces en sus sueños.

Él levantó la cabeza, la vio, no como un recuerdo, no como una imagen, la vio a ella.

—Amariel...

Escuchar su nombre en su voz fue diferente, Amariel dio un paso hacia él.

—Atherion.

Los ojos del joven se abrieron ligeramente.

—Eres real.

Amariel sonrió apenas.

—Eso iba a preguntarte.

Durante un instante ninguno habló. Miles de kilómetros los separaban y, sin embargo, parecían encontrarse frente a frente.

Entonces algo se movió detrás de Atherion, una sombra inmensa, Amariel levantó lentamente la mirada.

Dos ojos aparecieron en la oscuridad, antiguos, inmensos, no eran los ojos de un hombre.

Atherion giró.

—¿Qué ocurre?

Amariel quiso responder, pero no pudo, la presencia desapareció, el vínculo se rompió.

Amariel cayó de rodillas y Kael la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

—¡Amariel!

Ella abrió los ojos, estaba nuevamente en el Consejo, respiró profundamente. Lumen permanecía frente al mapa y su pelaje estaba erizado.

—Lo vi —dijo Amariel.

Eryndor se acercó.

—¿A quién?

Amariel miró la luz violeta de Umbrath.

—Al joven de mis sueños.

Kael la ayudó a levantarse.

—¿Sabes quién es?

Amariel tragó saliva.

—Solo sé su nombre.

Miró nuevamente el mapa.

—Atherion.

Algo cayó al suelo, un bastón.

Eryndor, uno de los cronistas más antiguos de Sylvaris, había palidecido. Aquilon lo observó.

—¿Conoces ese nombre?

el anciano negó demasiado rápido.

—No.

Lumen lo miró fijamente, él bajó la vista.

—Pero creo haberlo leído.

Amariel dio un paso hacia él.

—¿Dónde?

—En documentos que dejaron de formar parte de nuestros archivos públicos hace muchos años.

—¿Por qué?

Eryndor miró a Amira

—Porque algunas historias fueron borradas.

Amariel sintió un escalofrío.

—¿Por quién?

Ninguno respondió.

A cientos de kilómetros de allí, Atherion permanecía inmóvil frente al ventanal de su habitación. Las pantallas transparentes se habían apagado y las luces de Umbrath continuaban brillando bajo él, pero Atherion ya no veía la ciudad.

Seguía viendo unos ojos color avellana.

—Amariel.

Ahora tenía un nombre, la puerta se abrió Rhaelia entró sin esperar permiso.

—Espero que esta vez tengas una explicación mejor que «no sé».

Atherion se volvió.

Ella se detuvo al verlo.

—La viste.

—Sí.

—¿Otra vez dormido?

Atherion negó.

—Estaba despierto.

Rhaelia caminó hasta él.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿Y?

Atherion volvió a mirar el horizonte. Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.

—Es real.

Rhaelia lo observó durante unos segundos.

—Definitivamente estamos en problemas.

Atherion soltó una pequeña risa pero desapareció cuando escuchó los rugidos.

Uno después otro, luego decenas, Atherion salió al balcón. Los dragones de Umbrath habían comenzado a volar sobre las montañas. No atacaban. No huían, Respondían.

Atherion extendió su visión más allá de las torres, más allá de los puentes, más allá incluso de las defensas exteriores, hasta los límites del reino.

Algo se movía, no dentro de Umbrath, mucho más lejos, hacia el sur, Ignaroth.

En Sylvaris, el mapa reaccionó, una luz roja comenzó a latir, una vez, dos, tres, el símbolo de Ignaroth se iluminó, Eryndor retrocedió.

—Otro.

Amariel observó la luz.

—¿Otro Guardián?

Lumen no respondió, un rugido atravesó el mundo, no llegó por el aire, llegó por la tierra.

Los vitrales de Sylvaris vibraron, las aguas de Elaria se agitaron. En Verdia, las raíces de los árboles ancestrales temblaron. Las llamas de Ignaroth se inclinaron en una misma dirección, en Alfheim, una estrella desapareció durante un instante.

Y en Umbrath… los dragones dejaron de volar, Atherion permaneció inmóvil nunca los había visto hacer aquello, uno tras otro, descendieron sobre las montañas.

No inclinaban la cabeza ante él, miraban hacia el sur, Rhaelia llegó a su lado, el brazalete de Ignaroth que llevaba en la muñeca comenzó a calentarse.

Ella lo miró.

—Eso viene de mi reino.

Atherion volvió los ojos hacia el horizonte.

—Lo sé.

Rhaelia levantó la cabeza.

—¿Cómo?