Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 2 — EL HIJO DE LAS SOMBRAS #3
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CAPÍTULO 2 — EL HIJO DE LAS SOMBRAS #3

Se encontraba en un bosque que no reconocía, iluminado por una luz suave que atravesaba las copas de los árboles y convertía las hojas en pequeñas manchas doradas.

No había torres, montañas ni caminos. Tampoco podía escuchar los sonidos de su reino.

Solo existía el murmullo de las hojas y una corriente de aire que parecía moverse alrededor de él con una intención propia.

Atherion avanzó algunos pasos, atento a cada movimiento, hasta percibir una presencia al otro lado de los árboles.

Una joven apareció entre la vegetación, sosteniendo un arco entre las manos. Su cabello castaño claro tenía reflejos dorados bajo la luz y sus ojos color avellana lo observaron con la misma cautela con la que él la observaba a ella.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Ambos comprendieron lo mismo.

Aquella vez no estaban viendo una imagen lejana.

Estaban realmente frente al otro.

—¿Quién eres? —preguntó Amariel finalmente, sin bajar por completo el arco.

Atherion la observó con atención. No sentía amenaza alguna, aunque tampoco podía explicar por qué.

Había visto aquel rostro antes, muchas veces, siempre rodeado de sombras y siempre fuera de su alcance.

Pero ahora podía distinguir cada detalle: la forma de sus ojos, el movimiento de su cabello y la expresión tranquila que intentaba ocultar su desconcierto.

—No lo sé —respondió Atherion.

Amariel frunció ligeramente el ceño.

—Sé quién soy. Lo que no sé es dónde estamos.

Miró alrededor y después volvió a observarlo.

—Entonces esto es un sueño.

Atherion permaneció en silencio unos segundos antes de asentir.

—Eso pensé la primera vez que te vi.

Amariel bajó lentamente el arco, aunque no llegó a soltarlo.

—¿Me has visto antes?

Atherion asintió.

—Varias veces. Siempre estás en un bosque. Nunca puedo acercarme a ti.

Un extraño estremecimiento recorrió a Amariel. Aquello coincidía exactamente con lo que ella había vivido.

—Yo también te he visto —admitió—. Siempre estabas lejos. Nunca podía escuchar tu voz.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Atherion.

—Entonces esta vez es diferente.

Amariel lo observó durante unos segundos y, sin saber por qué, sintió que podía confiar en él.

—¿Cómo te llamas?

Él sostuvo su mirada antes de responder.

—Atherion.

El nombre quedó suspendido entre ambos, como si el propio bosque lo hubiera estado esperando.

Amariel sintió que algo dentro de ella reconocía aquella palabra, aunque su razón insistiera en que era imposible.

—Atherion... —repitió suavemente.

Él inclinó la cabeza.

—¿Y tú?

La joven respiró profundamente antes de responder.

—Amariel.

Cuando pronunció su nombre, el viento cambió. Las hojas comenzaron a moverse alrededor de ellos y una corriente cálida atravesó el claro.

Atherion repitió el nombre en voz baja, como si quisiera memorizarlo.

—Amariel.

Ella sonrió apenas.

—Parece que por fin sabemos quién es quién.

Atherion sostuvo aquella sonrisa con la mirada.

—Pero seguimos sin saber por qué nos encontramos.

Ninguno pudo contestar.

Durante un instante permanecieron simplemente allí, separados por unos pasos que ninguno parecía dispuesto a cruzar. Amariel sintió que había algo familiar en él, algo que no tenía relación con su rostro ni con su voz, sino con una sensación mucho más profunda.

Atherion experimentaba exactamente lo mismo, era como recordar una historia que nunca había vivido, entonces el viento comenzó a levantarse con mayor fuerza y la luz que rodeaba el bosque empezó a desvanecerse.

—Espera —dijo Amariel, avanzando un paso.

Atherion hizo lo mismo. Sus manos estuvieron a punto de encontrarse, pero una corriente de luz atravesó el espacio entre ambos.

—¡Amariel! —alcanzó a decir él.

Ella levantó la mirada.

—¡Atherion!

El bosque desapareció.

Atherion despertó de golpe en su habitación de Umbrath.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, respirando profundamente mientras intentaba comprender dónde estaba.

La habitación estaba oscura y silenciosa; las luces automáticas apenas comenzaban a encenderse y, detrás del enorme ventanal, las primeras luces de Umbrath recorrían lentamente los puentes suspendidos.

Se llevó una mano al rostro y cerró los ojos, todavía podía escuchar su voz, Amariel, no quería olvidar ningún detalle.

Se levantó, caminó hasta el escritorio y activó la superficie de escritura. Tomó su libreta, una de las pocas cosas que prefería conservar lejos de las pantallas, abrió una página en blanco y comenzó a dibujar de memoria.

Primero trazó el contorno de su rostro, después el cabello castaño claro, los reflejos dorados, la forma de sus ojos avellana y finalmente aquella expresión que había visto cuando ella sonrió.

Atherion se quedó observando el dibujo durante largo rato. No era perfecto, pero era suficiente para reconocerla.

Debajo del rostro escribió un único nombre.

Amariel.

Cerró lentamente la libreta y la sostuvo entre sus manos por primera vez, la joven de sus sueños tenía un nombre y ahora él tenía algo que no había tenido antes: un rostro que recordar.

Porque, aunque todavía no podía comprender qué significaba aquella conexión, por primera vez desde que los sueños habían comenzado, Atherion sabía que no estaba soñando con una desconocida.