Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 2 — EL HIJO DE LAS SOMBRAS #2
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CAPÍTULO 2 — EL HIJO DE LAS SOMBRAS #2

A diferencia de las zonas modernas de la fortaleza, allí no había pantallas, vehículos ni sistemas de iluminación artificial.

Solo piedra, antorchas, estatuas y un silencio tan profundo que parecía pertenecer a otra época.

En el centro de la sala se encontraba una figura cubierta por un enorme velo negro. Nadie podía explicar con certeza quién había sido. Su nombre había desaparecido de los registros hacía siglos y, con el tiempo, solo había quedado aquella presencia silenciosa entre las paredes de piedra.

Atherion se detuvo frente a ella.

Sintió algo.

No era miedo.

Era reconocimiento.

Apoyó una mano sobre la piedra y la temperatura descendió de inmediato. Las sombras comenzaron a moverse alrededor de sus pies. No era la tecnología de Umbrath, ni tampoco la magia que había aprendido a controlar. Era algo diferente, algo que parecía despertar cuando él se encontraba cerca.

Las sombras se extendieron por el suelo y comenzaron a formar imágenes.

Primero aparecieron montañas.

Después, unas alas.

Luego, un dragón.

Atherion retiró la mano.

La imagen desapareció, pero una segunda visión surgió antes de que pudiera apartarse. Un bosque. Un niño que apenas tendría unos años corría entre los árboles. Entonces apareció una criatura enorme y antigua. El niño levantó la mirada y el dragón se acercó lentamente.

La escena cambió.

Tres garras.

Dolor.

Luz.

Después, una sensación imposible de comprender, como si algo dentro del niño hubiera despertado demasiado pronto.

Atherion retrocedió bruscamente y regresó al presente. Su respiración se había acelerado. Se llevó una mano hasta la cicatriz de su rostro. Nunca había olvidado aquel día, aunque los recuerdos fueran incompletos y fragmentados.

Tampoco había conseguido entender qué había ocurrido realmente.

Horas después, Atherion abandonó la Sala de los Ancestros. Varkor ya lo esperaba en uno de los corredores exteriores y ambos caminaron hasta los riscos que rodeaban Umbrath. El viento descendía desde las montañas y arrastraba consigo el olor de la piedra húmeda y de los bosques oscuros.

Varkor permaneció unos pasos detrás mientras Atherion se detenía al borde del risco.

Entonces un rugido profundo atravesó el valle.

Atherion levantó la mirada.

Una enorme silueta apareció entre las nubes.

Primero distinguió las alas. Después, las escamas doradas que reflejaban la poca luz que lograba atravesar el cielo de Umbrath. Finalmente, aquellos ojos azules, intensos y antiguos, que parecían haber contemplado más siglos de los que cualquier hombre pudiera imaginar.

Era Aither.

Uno de los dragones más antiguos que aún habitaban las montañas de Umbrath.

Descendió lentamente y desplegó sus enormes alas hasta cubrir por un instante la luz sobre el risco. Cuando sus garras tocaron tierra, las piedras temblaron bajo su peso.

Varkor no retrocedió. Ya lo conocía.

Aither apenas le prestó atención. Sus ojos permanecieron sobre Atherion.

La voz del dragón no atravesó el aire, llegó directamente a la mente del joven.

—Llegas tarde.

Atherion alzó ligeramente una ceja.

—No sabía que tenías prisa.

—No tengo prisa. Tú sí.

Varkor observó a ambos durante unos segundos.

—Después de tantos años, sigo sin acostumbrarme a esto.

Atherion lo miró de reojo.

—¿A qué?

—A que tengas conversaciones con un dragón mientras yo tengo que conformarme con escucharte responderle.

Aither inclinó ligeramente la cabeza.

—Él habla demasiado.

Atherion dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Dice que hablas demasiado.

Varkor resopló.

—Ahora sí estoy seguro de que se están burlando de mí.

Aither abrió ligeramente las alas y acercó la cabeza hasta quedar frente a Atherion. El rey levantó una mano y apoyó la palma sobre una de las escamas de su hocico. El dragón permaneció completamente quieto.

No existía temor entre ellos.

Tampoco una obediencia nacida de la imposición.

Aither había estado presente desde mucho antes de que Atherion comprendiera el lugar que ocuparía en Umbrath.

Lo había acompañado durante sus primeros entrenamientos, había permanecido cerca durante sus años más difíciles y había observado cómo el muchacho que una vez recorría aquellas montañas terminaba convirtiéndose en el rey que ahora gobernaba el reino.

Con el tiempo, otros dragones también habían aprendido a reconocer su presencia y a seguir sus decisiones cuando era necesario.

Atherion podía imponer su voluntad si alguna vez decidía hacerlo. Su posición y el vínculo que mantenía con aquellas criaturas le daban esa posibilidad. Pero nunca había necesitado hacerlo. Había ganado su respeto mucho antes de pensar siquiera en exigirlo.

Los dragones lo seguían como líder, no como dueño Aither ladeó ligeramente la cabeza y sus ojos azules se estrecharon.

—También lo sentiste.

Atherion retiró lentamente la mano.

—Sí.

—No es solo Umbrath.

Varkor frunció el ceño.

—¿Qué está ocurriendo?

Aither giró la cabeza hacia las montañas.

—Algo se está moviendo.

Durante unos instantes, ninguno habló. Entonces un rugido respondió desde la distancia.

Después otro y otro más, Atherion levantó la mirada.

Entre las nubes comenzaron a aparecer otras siluetas. Dragones de diferentes tamaños sobrevolaban los riscos de Umbrath. Ninguno descendió, pero todos parecían observar.

Aither volvió sus ojos hacia Atherion.

—Lo saben.

—¿Qué saben? —preguntó Varkor.

Atherion no respondió de inmediato. Desde niño había aprendido que los dragones percibían cosas que los hombres no podían comprender. No necesitaban decretos de reyes ni profecías de templos para saber cuándo algo alteraba el mundo.

—No lo sé —dijo finalmente—. Pero ellos sí.

Aither dejó escapar un sonido grave.

Atherion observó las montañas antes de dar la orden.

—Guíalos dentro de Umbrath. Que regresen a sus territorios. Da el llamado. No quiero dragones fuera de nuestras fronteras mientras esto continúe.

Aither desplegó las alas.

—Entendido.

El dragón se elevó y su rugido atravesó las montañas. Uno a uno, los demás comenzaron a seguirlo, desapareciendo entre las nubes mientras las sombras de sus alas recorrían los riscos.

Varkor observó el cielo.

—Nunca pensé que llegaría el día en que vería a todos los dragones regresar por una sola orden.

Atherion permaneció mirando hacia arriba.

—No regresan por una orden.

Varkor lo miró.

Atherion tardó unos segundos en continuar.

—Regresan porque decidieron escuchar.

La habitación de Atherion se encontraba en una de las torres más altas de la fortaleza. Las puertas negras se abrieron automáticamente al reconocerlo y, en el interior, la arquitectura conservaba el estilo oscuro de Umbrath, aunque cada elemento había sido adaptado a la tecnología del reino.

Una pared completa podía convertirse en una pantalla transparente. Sobre el escritorio flotaban mapas holográficos y la iluminación cambiaba según la hora. Su espada permanecía suspendida sobre un soporte magnético mientras una ventana panorámica ocupaba casi todo uno de los muros.

Atherion entró y cerró la puerta.

—Privacidad.

Las luces se atenuaron y las pantallas desaparecieron. Solo quedó la enorme ventana frente a él.

Desde allí podía observar la frontera de Umbrath. Incluso a aquella distancia distinguía los movimientos de los guardias y las luces que marcaban los límites del reino.

Se acercó al cristal, algo había cambiado, no sabía qué solo podía sentirlo, cerró los ojos, entonces volvió a verla.

La joven del bosque, la misma mirada avellana, el mismo cabello castaño claro con reflejos dorados, la misma sensación de calma que aparecía cada vez que su presencia cruzaba su mente.

Atherion abrió los ojos.

Su respiración continuó tranquila, pero algo se movió detrás de él, dos grandes alas comenzaron a desplegarse desde su espalda, no aparecieron con dolor, no fueron invocadas, simplemente estaban allí, formaban parte de él.

Escamas oscuras cubrían sus alas mientras se extendían lentamente hasta ocupar casi toda la habitación. Atherion las contempló durante unos segundos. Durante años había aprendido a ocultarlas, a retraerlas hasta parecer completamente humano cuando se encontraba entre otras personas.

Pero aquella noche algo era diferente,las alas respondían a una sensación que todavía no comprendía Atherion cerró los ojos.

El fuego de las antorchas del exterior se inclinó hacia la ventana. La humedad del aire comenzó a condensarse y un fino cristal de hielo apareció sobre el vidrio. Una corriente de aire recorrió la habitación y las sombras de las paredes parecieron estremecerse.

Había cosas dentro de él que todavía no comprendía, cosas que llevaban demasiado tiempo esperando y aquella noche parecían despertar Atherion abrió los ojos.

En algún lugar muy lejano, un dragón lanzó un rugido, otro respondió, después, otro.

Uno tras otro, los sonidos atravesaron las montañas de Umbrath, Atherion miró hacia el horizonte, algo antiguo se estaba moviendo.

Y, por primera vez, tuvo la certeza de que aquello que había comenzado en Sylvaris no pertenecía únicamente a un reino, el mundo entero estaba empezando a recordar.

Y él también.

Sin saber todavía que, en otro extremo del mundo, una joven de ojos avellana acababa de sentir exactamente lo mismo.

Aquella noche, después de permanecer largo rato frente al ventanal, Atherion finalmente se alejó de él.

Umbrath brillaba bajo la oscuridad: las luces violetas recorrían los puentes suspendidos, las torres antiguas se elevaban entre la niebla y, a lo lejos, los dragones cruzaban lentamente el cielo sobre las montañas negras.

Había algo extraño en el aire, una sensación que no lograba apartar de su mente desde que había vuelto a verla, la joven del bosque.

No conocía su nombre. No sabía de dónde venía ni por qué aparecía en sus sueños. Sin embargo, aquella noche la imagen de sus ojos permanecía más clara que nunca.

Atherion cerró finalmente las cortinas y se recostó, sin imaginar que, al cerrar los ojos, volvería a encontrarla.

Cuando los abrió, ya no estaba en Umbrath.