CAPÍTULO 2 — EL HIJO DE LAS SOMBRAS
«La oscuridad no siempre nace del mal; a veces, nace de aquello que fue condenado a permanecer oculto.»
El sonido del acero golpeando contra el acero nunca desaparecía en Umbrath.
Se extendía por las terrazas de entrenamiento, atravesaba los puentes suspendidos y terminaba perdiéndose entre las enormes torres negras que se alzaban sobre las montañas.
Desde las plataformas construidas sobre los riscos podían verse comerciantes, guerreros, sanadores, artesanos y familias desplazándose de un sector a otro, mientras vehículos silenciosos cruzaban los puentes elevados y pequeñas luces violetas marcaban las rutas de tránsito.
Las antiguas fachadas de piedra negra conservaban sus arcos, murallas, torres góticas y estatuas de guerreros olvidados, pero entre ellas circulaba una tecnología que había evolucionado durante generaciones hasta convertirse en parte de la vida cotidiana.
Pantallas transparentes mostraban información de la ciudad, mapas, rutas y avisos de seguridad; puertas de obsidiana se abrían al reconocer a sus habitantes y sistemas de iluminación recorrían los corredores sin alterar la esencia antigua del reino.
En Umbrath, lo antiguo y lo nuevo no competían.
Habían aprendido a convivir. También habían aprendido algo que cualquier guerrero conocía desde sus primeros entrenamientos: el poder carecía de valor si quien lo poseía no sabía controlarlo.
Allí, la fuerza debía estar acompañada por honor, porque ninguna victoria justificaba convertirse en aquello contra lo que se luchaba.
En el centro de una de las plataformas de entrenamiento, dos espadas chocaron una vez, luego otra y después una tercera.
Varkor retrocedió apenas medio paso, mientras Atherion permanecía firme frente a él, con la espada levantada y la respiración perfectamente controlada.
Tenía dieciocho años, pero había algo en su mirada que hacía olvidar su juventud.
Su cabello negro descendía hasta la cintura y se movía con cada corriente de aire; sus ojos violetas permanecían fijos en su oponente, mientras la cicatriz de tres garras atravesaba el lado derecho de su rostro, comenzando sobre la frente,
cruzando la zona del ojo y descendiendo hasta la mitad de la mejilla.
Su armadura negra mate apenas reflejaba la luz, interrumpida únicamente por algunas líneas plateadas que recorrían el metal.
Varkor volvió a atacar. Atherion bloqueó el impacto y ambas espadas vibraron con el choque. El general volvió a intentarlo desde otro ángulo, pero esta vez Atherion giró sobre sí mismo, desvió el golpe y aprovechó la apertura para golpear el arma de su mentor hasta hacerla caer al suelo.
—Estás distraído —dijo Varkor.
—No.
El general sonrió mientras recogía su espada.
—Entonces estás pensando demasiado.
Atherion no respondió. Envainó su espada con calma y miró a Varkor.
Aunque era el rey de Umbrath, el único hijo y heredero de la antigua línea real, nunca había dejado de entrenar.
Había asumido la corona demasiado joven para permitir que el título le hiciera creer que ya lo sabía todo.
Varkor había estado a su lado durante años, primero como entrenador y después como general y consejero; no era alguien que lo tratara como un rey intocable, sino como alguien a quien todavía podía exigirle que mejorara.
—Mejor —dijo Varkor.
Atherion asintió.
—Todavía puedo mejorar.
—Eso es lo que esperaba escuchar.
Desde uno de los extremos del patio se escuchó una risa.
—Qué conmovedor.
Atherion cerró los ojos durante un instante. No necesitaba mirar para saber quién era.
—Rhaelia.
—¿Qué? —respondió ella con absoluta tranquilidad.
La joven se acercó con una sonrisa. Su cabello rojo contrastaba con el negro de las piedras de Umbrath y dejaba claro, incluso sin palabras, su origen en Ignaroth.
En su muñeca llevaba el brazalete que utilizaba para canalizar su magia.
Había llegado a Umbrath cuando tenía doce años y, con el paso del tiempo, se había convertido en una de las pocas personas capaces de acercarse a Atherion sin que él levantara inmediatamente una barrera.
—Llevas media hora intentando derribar a Varkor —dijo Rhaelia— y él todavía cree que te está enseñando.
Varkor soltó una carcajada.
—Porque todavía le estoy enseñando.
—Claro —respondió ella, negando con la cabeza.
Atherion dejó escapar un suspiro casi imperceptible. La presencia de Rhaelia era una de las pocas capaces de romper, aunque fuera durante unos instantes, la tensión permanente que parecía acompañarlo.
Entonces una corriente de aire atravesó el patio.
No era un viento normal.
Atherion levantó la mirada y, durante un instante, todo desapareció. El sonido de las espadas, los soldados que entrenaban alrededor, las voces de Varkor y Rhaelia... todo quedó lejos, como si el mundo hubiera sido cubierto por una capa de silencio.
Solo vio un bosque.
Árboles altos se extendían hacia el cielo y la luz atravesaba las ramas formando manchas doradas sobre la tierra.
Entre aquella vegetación apareció una joven de cabello castaño claro con reflejos dorados y ojos color avellana.
Vestía una túnica blanca de entrenamiento y sostenía un arco entre las manos.
A su lado estaba un pequeño zorro blanco cuyos ojos dorados brillaron durante un instante.
La joven sonrió.
Y Atherion sintió algo que no podía explicar.
Paz.
Una calma tan profunda que por un instante olvidó incluso dónde se encontraba.
La visión desapareció tan rápido como había llegado. El sonido del patio regresó de golpe y Atherion volvió a encontrarse frente a Rhaelia, que lo observaba con atención.
—¿La volviste a ver?
Atherion tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿A la joven?
Él asintió.
—Esta vez pude verla con claridad.
Rhaelia lo estudió en silencio.
—¿Sabes quién es?
Atherion negó lentamente.
—No.
—¿Y cómo sabes que no es alguien que conoces?
Atherion dirigió la mirada hacia las montañas.
—Porque nunca he sentido esto con nadie.
La sonrisa de Rhaelia desapareció.
—¿Qué sentiste?
Atherion permaneció callado durante unos segundos, como si incluso para él fuera difícil encontrar una palabra que pudiera describirlo.
—Paz. Una calma que no parece de este mundo.
Varkor los observó desde unos pasos atrás. No preguntó nada. Había aprendido hacía mucho tiempo que algunas respuestas no podían obtenerse obligando a alguien a hablar. Atherion había aprendido a convivir con silencios demasiado profundos como para romperlos con preguntas.
Poco después, el rey abandonó el patio de entrenamiento y atravesó uno de los corredores principales de la fortaleza.
Las enormes puertas de obsidiana se abrieron antes de que pudiera tocarlas, reconociendo su presencia.
Las luces violetas se encendieron suavemente a su paso y una pantalla transparente apareció junto a la pared.
ACCESO AUTORIZADO.
Atherion continuó caminando. Sobre otra superficie apareció un mapa tridimensional de Umbrath: las rutas de los puentes, las zonas habitadas, las defensas exteriores y los límites del reino.
Todo podía consultarse desde allí, pero apenas le prestó atención.
Se detuvo frente a uno de los grandes ventanales y contempló el territorio que gobernaba.
Desde aquella altura podía observar casi todo Umbrath.
Las montañas negras se extendían hasta perderse en la distancia; entre ellas se levantaban ciudades enteras conectadas por enormes puentes.
Cascadas descendían desde los riscos y desaparecían entre la niebla, mientras luces violetas y doradas recorrían las estructuras como venas luminosas.
Muy lejos, varios dragones cruzaron el cielo.
No pertenecían al ejército ni eran armas del reino. Sus territorios de anidación permanecían intactos, alejados de las redes tecnológicas y de las estructuras de la ciudad. Eran lugares sagrados donde ninguna autoridad humana intervenía. Los dragones eran libres y siempre lo habían sido.
Uno de ellos giró en el aire.
Atherion sintió que lo observaba.
—Sigues mirándolos —dijo Rhaelia detrás de él.
Atherion no se volvió.
—Ellos nunca me miran como los demás.
Rhaelia se apoyó junto al ventanal.
—Porque no les importa lo que dicen de ti.
Atherion permaneció en silencio. Desde niño había escuchado los mismos rumores repetirse de reino en reino: que era peligroso, que Umbrath estaba maldito, que las sombras de aquellas tierras estaban relacionadas con la destrucción y que su reino había seguido al Primer Dragón.
Para muchos, aquello era suficiente para convertirlos en culpables antes siquiera de conocerlos.
Su madre había sido Nyxaria, la sacerdotisa de las sombras más poderosa que había conocido Umbrath, descendiente de una antigua línea real y capaz de percibir aquello que otros no podían ver.
Había muerto al darle la vida. Atherion sabía quién era su madre y conocía la historia que había dejado detrás, pero existía un vacío sobre el que nadie estaba dispuesto a hablar.
Su padre.
Medea, la anciana sacerdotisa que lo había criado después de la muerte de Nyxaria, jamás había respondido cuando Atherion preguntaba por él. Incluso cuando tuvo la edad suficiente para exigir una respuesta, ella solo le había dicho una frase.
—No necesitas saberlo todavía.
Atherion nunca había olvidado aquellas palabras.
Rhaelia lo observó durante unos segundos antes de hablar.
—No eres lo que ellos dicen. Los otros reinos no tienen idea de lo que es Umbrath... ni de quién es su rey.
Atherion finalmente volvió el rostro hacia ella.
—¿Y qué dicen de mí?
—Que eres peligroso. Que Umbrath está maldito. Que este reino estuvo relacionado con la primera guerra y con la destrucción que vino después. Que las sombras que habitan estas tierras solo pueden traer caos.
Atherion sostuvo su mirada.
—Peligroso sí soy.
Rhaelia sonrió apenas.
—Eso no significa que seas malo. A mí no puedes engañarme.
Atherion bajó la mirada. Quizá esa era la diferencia entre Rhaelia y todos los demás. Ella no intentaba convencerlo de que no era peligroso; simplemente no confundía el peligro con la maldad.
Aquella noche, Atherion descendió hasta la Sala de los Ancestros, uno de los lugares más antiguos de Umbrath.