CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO #4
Amariel sostuvo su mirada en los ojos de su madre. No había una orden, había confianza, y esa confianza significaba más para ella que cualquier respuesta.
Amariel volvió lentamente hacia el libro.
—Quiero saber.
Amira asintió.
—Entonces hazlo.
Amariel extendió la mano. Sus dedos tocaron la cubierta, pero nada ocurrió. Esperó. El templo permaneció en silencio y el viento continuó atravesando los arcos.
Amariel retiró la mano.
—Tal vez no...
Antes de terminar la frase, volvió a colocar ambas manos sobre el libro, una tenue luz azul apareció bajo sus dedos. Amira dio un paso hacia ella, las líneas doradas de la cubierta comenzaron a iluminarse.
Amariel contuvo la respiración, el libro vibró.
Las páginas comenzaron a moverse por sí solas, una, otra y otra más. Cada página pasaba con rapidez mientras una corriente de aire recorría el santuario, hasta que, de repente, el libro se detuvo.
Una única página quedó abierta, no había ilustraciones, no había nombres, solo unas cuantas líneas escritas en un idioma antiguo.
Amariel las observó, su expresión cambió.
—Puedo leerlo.
Amira se acercó.
—¿Qué dice?
Amariel comenzó a leer.
—Cuando el viento recuerde un nombre olvidado...
El silencio se hizo más profundo.
Las letras cambiaron lentamente ante sus ojos. Una nueva línea apareció y Amariel continuó.
—Dos destinos volverán a encontrarse.
Amira no dijo nada, Entonces apareció una última frase.
—Y el Equilibrio despertará.
Amariel dejó de respirar por un instante. La página comenzó a emitir una luz tenue y ella levantó la mirada hacia su madre.
—¿Qué significa?
Amira observó el libro. Por primera vez desde que Amariel la conocía, parecía no tener una respuesta preparada.
—No lo sé.
Amariel frunció ligeramente el ceño.
—¿De verdad?
Amira asintió.
—De verdad.
—Pero eres la Sacerdotisa de Atenea.
—Lo soy.
—Entonces deberías saberlo.
Amira sonrió con ternura.
—Ser sacerdotisa no significa conocer el futuro.
Amariel bajó la mirada.
—Habla de dos destinos.
—Sí.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—¿Por qué despertó conmigo?
Amira permaneció unos segundos en silencio.
—Tal vez esa sea la pregunta que tendremos que descubrir juntas.
Amariel volvió a mirar el libro.
—¿Juntas?
Amira tomó su mano.
—Siempre que tú quieras.
Amariel la miró.
—Siempre.
Fue una palabra sencilla, pero entre ellas significaba mucho más. Amira sonrió y apretó suavemente su mano. Entonces el libro comenzó a cerrarse y la luz desapareció. Las páginas quedaron inmóviles y el silencio volvió al templo.
Amariel permaneció mirando la cubierta.
—Siento que acabamos de despertar algo.
Amira observó el libro.
—Quizá.
—¿Te preocupa?
Amira miró a su hija.
—Me preocupa no saber qué viene después.
Amariel sonrió débilmente.
—Eso sí suena como tú.
—¿Qué significa eso?
—Que quieres tener todas las respuestas antes de que sucedan las cosas.
Amira soltó una pequeña risa.
—Y tú quieres descubrirlas antes que nadie.
—También.
Amira pasó un brazo alrededor de sus hombros. Amariel se acercó a ella. Durante unos instantes permanecieron así, contemplando el antiguo libro: madre e hija, sin títulos, sin deberes, sin respuestas, solo juntas.
Finalmente, Amariel volvió a mirar hacia la estatua de Atenea. El símbolo que había visto unos minutos antes brillaba sobre uno de los arcos del templo: la estrella azul, el círculo dorado, las alas, las ramas.
El mismo sello que llevaba marcado en la mano.
Amariel lo observó durante unos segundos más. No preguntó. Amira tampoco explicó nada, todavía no.
Ambas comenzaron a caminar hacia la salida del santuario. Cuando cruzaron nuevamente el patio principal, el viento levantó los estandartes azules y las campanas del templo sonaron suavemente sobre las nubes.
Amariel volvió la mirada una última vez. La estatua de Atenea permanecía inmóvil bajo el cielo, el símbolo continuaba brillando y detrás de ellas, sobre el pedestal de piedra, el Libro sin Nombre permanecía cerrado.
Pero algo había cambiado, Amariel aún no sabía qué, Amira tampoco.
Sin embargo, muy lejos de allí, entre las montañas oscuras de Umbrath, Atherion despertó sobresaltado. Había vuelto a soñar con el mismo bosque, con el viento, con una muchacha, con un arco y con un libro sin nombre.
Esta vez, antes de despertar, escuchó claramente una voz.
—Dos destinos volverán a encontrarse...
Atherion abrió los ojos. La oscuridad de Umbrath lo envolvió. No sabía quién era aquella muchacha, no sabía qué significaba aquel libro, no sabía por qué aquella frase había llegado hasta sus sueños.
En Sylvaris, Amariel descendía las escalinatas junto a su madre. El viento pasó entre ambas. Amira tomó nuevamente su mano, Amariel entrelazó sus dedos con los de ella y siguieron caminando sin saber que aquel había sido el primer paso de algo que llevaba mucho tiempo esperando detrás de ellas.
El Templo de Atenea quedó en silencio.
El símbolo de la diosa permaneció sobre la piedra, el sello permaneció en la mano de Amariel y el Libro sin Nombre esperó.
Porque algunas historias no comienzan cuando alguien encuentra una respuesta.