Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO #3
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CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO #3

Después de abandonar el salón donde había tenido la reunión con su padre, Amariel no regresó al campo de entrenamiento. Tampoco tomó el camino hacia su habitación. Necesitaba estar sola, o eso había pensado.

Sus pasos la llevaron por uno de los caminos elevados del palacio hasta el Templo de Atenea, un lugar al que había acudido desde niña y donde siempre había encontrado una tranquilidad que no conseguía en ningún otro sitio.

A medida que se acercaba, la imponente silueta del templo apareció entre las nubes.

Las enormes estructuras de mármol blanco se elevaban sobre una de las plataformas más altas de Sylvaris.

Grandes arcos sostenían columnas adornadas con detalles dorados y azules, mientras pequeñas cascadas descendían por los bordes de las terrazas y desaparecían entre las nubes.

Los jardines estaban cubiertos de flores blancas y vegetación cuidadosamente cuidada, y los estandartes azules se movían suavemente con el viento.

En el centro del santuario se encontraba la imagen de Atenea.

La diosa permanecía de pie bajo un gran arco ceremonial, con la lanza en una mano, el escudo en la otra y un búho junto a ella. A su alrededor, el mármol blanco reflejaba la luz del cielo, haciendo que toda la estructura pareciera suspendida entre la tierra y las nubes.

Amariel subió lentamente las escalinatas. No necesitaba anunciarse; aquel era uno de los pocos lugares de Sylvaris donde podía entrar sin ser recibida como la joven guerrera del reino ni como alguien perteneciente a la familia real. Allí podía simplemente ser Amariel.

Al llegar a la parte superior de las escalinatas, escuchó el sonido de una voz conocida.

—Llegaste.

Amariel levantó la mirada. Amira estaba frente al altar; había dejado atrás las vestiduras propias de la reina y llevaba las prendas ceremoniales de la Sacerdotisa de Atenea.

La luz que entraba entre los arcos iluminaba los detalles dorados de su atuendo mientras ella permanecía frente a la estatua de la diosa.

Amariel se acercó.

—¿Me estabas esperando?

Amira sonrió.

—Te conozco.

Amariel soltó una pequeña risa.

—Eso no responde mi pregunta.

—Entonces sí.

La joven se colocó a su lado. Durante unos segundos ambas permanecieron en silencio, contemplando el santuario. Amira fue la primera en hablar.

—¿Cómo salió la reunión con tu padre?

Amariel soltó el aire lentamente.

—Como todas las reuniones con él.

Amira giró el rostro hacia ella.

—Eso significa...

—Hablamos mucho y sigo teniendo más preguntas que respuestas, si eso es posible.

Amira sonrió.

—Entonces definitivamente eres hija de tu padre.

Amariel la miró con una expresión de fingida molestia.

—Pensé que ibas a estar de mi lado.

—Lo estoy.

—No parece.

—Puedo estar de tu lado y seguir diciendo la verdad.

Amariel terminó sonriendo. Ese era uno de los aspectos que más amaba de su madre. Amira nunca intentaba convertirla en alguien diferente; podía corregirla, cuestionarla o incluso llamarle la atención cuando era necesario, pero nunca la hacía sentir pequeña.

Amariel bajó la mirada.

—Hay algo que no consigo quitarme de la cabeza.

La expresión de Amira cambió.

—¿Qué?

Amariel tardó unos segundos en responder.

—No sé explicarlo.

Amira no insistió, simplemente esperó. Conocía a su hija lo suficiente para saber que, cuando Amariel necesitaba hablar, las palabras tenían que salir por voluntad propia.

Finalmente, Amariel levantó la mirada.

—Desde la reunión siento que algo está... diferente.

Amira observó su rostro.

—¿El viento?

Amariel negó.

—No solamente el viento.

Amira permaneció en silencio. Después extendió una mano hacia ella.

—Ven conmigo.

Amariel la siguió. Atravesaron uno de los corredores laterales del templo.

Las columnas blancas se alzaban a ambos lados y, entre ellas, el cielo podía verse abierto sobre las nubes.

El sonido del agua acompañaba sus pasos mientras las pequeñas fuentes ceremoniales reflejaban los tonos azules del firmamento.

Llegaron a una zona más apartada del santuario.

Allí el templo se volvía más silencioso.

Había un pequeño altar de piedra blanca rodeado por columnas y jardines bajos.

Sobre las paredes aparecían antiguos símbolos de Atenea, algunos grabados directamente en la piedra y otros representados en estandartes azules.

Amariel se detuvo.

Uno de aquellos símbolos llamó su atención.

Era un sello circular de líneas delicadas.

En el centro destacaba una estrella azul de ocho puntas, rodeada por un círculo dorado.

A ambos lados se extendían dos alas azules perfectamente simétricas y, debajo, ramas de hojas finas se entrelazaban alrededor de pequeños detalles dorados y piedras azules.

Amariel miró el símbolo durante unos segundos. Después bajó la vista hacia su propia mano, el mismo sello permanecía allí, no dijo nada. Amira tampoco, la sacerdotisa había visto el gesto, pero no hizo ninguna pregunta.

No era el momento.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó finalmente Amariel.

Amira continuó hasta llegar frente a un antiguo pedestal de piedra. Sobre él descansaba un libro.

Amariel se quedó inmóvil.

El volumen parecía fuera de lugar entre el mármol blanco y los detalles dorados del templo. Su cubierta era oscura, casi negra, sin título, sin nombre de autor y sin ningún símbolo perteneciente a los reinos conocidos.

Amariel se acercó lentamente.

—¿Qué es?

Amira se colocó a su lado.

—Un libro que ha permanecido aquí durante mucho tiempo.

—¿Cuánto?

—Más de lo que puedo recordar.

Amariel levantó una ceja.

—Eso no es muy propio de ti.

Amira sonrió ligeramente.

—No tengo todas las respuestas, Amariel.

—Eso sí es nuevo.

—No tanto como crees.

Amariel volvió a mirar el libro.

—¿Por qué me lo estás mostrando?

Amira tardó unos segundos en responder.

—Porque creo que ha llegado el momento.

—¿El momento de qué?

—De descubrir si estaba esperando a alguien.

Amariel sintió un ligero escalofrío.

—¿Y tú crees que me estaba esperando a mí?

Amira la miró directamente.

—No lo sé.

Aquella respuesta hizo que Amariel guardara silencio.

—¿Nunca lo has abierto?

—No.

—¿Ni una sola vez?

—Nadie ha podido.

Amariel observó la cubierta.

—Entonces, ¿por qué?

Amira se acercó y tomó suavemente su mano.

—No voy a decirte que debes hacerlo.

Amariel levantó los ojos hacia ella.

—¿Me dejarías marcharme?

—Sí.

—¿Aunque pienses que esto es importante?

—Sí.

Amira acarició brevemente sus dedos.

—Porque eres mi hija antes que cualquier otra cosa.