CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO #2
—Lo sé —ella sonrió.
—Vas a intentar escuchar otra vez esa voz.
Amariel no respondió. Simplemente cerró los ojos, respiró y dejó que el viento recorriera su rostro. Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces, una imagen atravesó su mente.
Fue apenas un destello: una presencia, unos ojos violetas tan intensos que parecían iluminar la oscuridad y una profunda cicatriz cruzando su rostro.
Amariel abrió los ojos de golpe. El corazón le latía con fuerza.
—¿Qué viste? —preguntó Lumen.
—No fue un sueño...
Ella respiraba con dificultad.
—¿Entonces?
—Fue... como si alguien también me estuviera buscando.
Amariel volvió a mirar el horizonte, sin comprender lo que acababa de ocurrir.
Muy lejos de allí, en un reino donde jamás brillaba el amanecer, un joven de ojos violetas despertó sobresaltado exactamente al mismo tiempo. Intentando recuperar el aliento, de sus labios solo pronunció una interrogante:
—¿Quién eres tú?
La imagen desapareció tan rápido como había llegado. Amariel permaneció inmóvil en la Torre del Viento; su respiración seguía acelerada. Aquellos ojos no eran una ilusión, podía sentirlo. Había tristeza en ellos, una tristeza tan profunda que aún le oprimía el pecho.
Lumen la observaba con atención. Ya no bromeaba, ya no sonreía. Había aprendido a reconocer cuándo la magia antigua comenzaba a manifestarse, y aquello no era normal.
—Vamos —dijo finalmente—. El Consejo terminará pronto.
Amariel asintió, pero antes de abandonar la torre volvió a mirar el horizonte. El viento volvió a soplar, esta vez con suavidad, como una caricia, como si quisiera tranquilizarla.
Al descender encontraron el campo de entrenamiento completamente transformado.
Más de doscientos jóvenes guardianes ocupaban la enorme explanada.
Los instructores recorrían las filas corrigiendo posturas, las espadas de entrenamiento chocaban una y otra vez y las flechas atravesaban el aire formando un silbido constante.
Era imposible no emocionarse. Sylvaris entrenaba a los mejores defensores del Reino del Aire desde hacía siglos, y Amariel había crecido entre ellos.
—¡Llegan justo a tiempo! —gritó el Maestro Aquilon—. Hoy no habrá entrenamiento individual.
Los jóvenes comenzaron a murmurar. Se miraban entre sí; ninguno tenía claridad de lo que pasaría.
—Hoy entrenarán como una sola unidad, porque un guerrero que pelea solo... muere solo.
El silencio volvió inmediatamente. Aquilon señaló un enorme bosque artificial construido dentro del campo: torres de madera, puentes colgantes, rocas, riachuelos y obstáculos. Todo estaba preparado para simular una batalla real.
—Su misión será recuperar el estandarte del reino. Las reglas son simples... no hay reglas.
Varias sonrisas aparecieron, mostrando la emoción reflejada en los rostros. La energía recorrió todo aquel lugar en un momento.
—Excepto una.
El viejo maestro levantó un dedo.
—Protejan siempre a quien luche a su lado, porque el día que piensen únicamente en ustedes... ese día dejarán de ser Guardianes.
Amariel intercambió una mirada con Kael. Los dos entendieron el mensaje. Un cuerno resonó en todo el campo y los equipos salieron corriendo. Kael tomó la delantera inmediatamente.
—¡Por aquí!
Cinco jóvenes lo siguieron.
Amariel avanzó por otro camino. Siempre prefería observar antes de actuar; era algo que Aquilon le había enseñado desde pequeña.
“No corras hacia la batalla, haz que la batalla corra hacia ti.”
Lumen corría entre las ramas.
—Tres a la derecha, dos detrás de aquellas rocas.
—Nunca dejas de espiar —dijo Amariel sonriendo.
—Le llamo reconocimiento táctico.
Saltó entre dos troncos.
Una flecha salió disparada e impactó exactamente sobre la espada de uno de los cadetes antes de que pudiera atacar.
—Eliminado —dijo Amariel sonriendo.
—¡Eso fue injusto! —protestó el muchacho.
—En una guerra nadie pregunta si es justo —respondió Lumen.
Mientras tanto, Kael atravesaba un puente suspendido. Su estilo era completamente diferente: directo, explosivo. Confiaba en su espada y en su instinto. Dos guardianes intentaron detenerlo; uno cayó inmediatamente y el otro apenas logró bloquear un golpe antes de perder el equilibrio.
—Demasiado lento —sonrió Kael.
A pesar de su carácter bromista, era uno de los mejores espadachines de Sylvaris, y lo sabía. Amariel llegó hasta una colina desde donde podía observar todo el escenario. No buscó el estandarte; buscó los movimientos, los equipos, las rutas y las emboscadas.
—Ahí está —Lumen la observó divertido.
—¿Qué cosa? —cuestionó sin dejar de observar.
—La estratega.
Ella sonrió. Siempre había disfrutado más ganar usando la inteligencia que la fuerza, entonces ocurrió.
El viento cambió nuevamente.
No fue una ráfaga, fue apenas un susurro. Todas las hojas comenzaron a girar en una misma dirección. Amariel levantó la cabeza. El bosque entero parecía señalar un único lugar: una colina.
Nadie más parecía haberlo notado.
Solo ella y Lumen.
—¿Lo sentiste? —preguntó el zorro.
—Sí.
Ella asintió lentamente.
—El viento intenta decirte algo.
Amariel descendió inmediatamente, no porque hubiera visto el estandarte, sino porque confiaba completamente en el viento. Siempre lo había hecho.
Llegó a una pequeña explanada, vacía. Kael apareció segundos después.
—¿Qué haces aquí?
—El viento me trajo.
Kael levantó una ceja.
Entonces ambos lo vieron: el estandarte, oculto entre unas raíces.
Kael soltó una carcajada.
—Definitivamente el viento tiene favoritos.
Antes de que pudieran acercarse, una lluvia de flechas cayó sobre ellos.
Emboscada.
Amariel empujó a Kael y las flechas pasaron rozándolos. Cinco guardianes salieron entre los árboles.
—Entreguen el estandarte.
—Tendrán que convencerme.
Kael desenvainó su espada.
—Creo que acaba de empezar la parte divertida.
Amariel colocó una flecha en el arco y sonrió.
Muy lejos de Sylvaris, en las oscuras montañas de Umbrath, otro joven terminaba exactamente el mismo entrenamiento: solo, sin compañeros, sin risas, sin nadie que celebrara sus victorias.
Después de derrotar a todos sus instructores, guardó lentamente la espada.
Las sombras comenzaron a rodearlo y una única pregunta cruzó su mente.
¿Quién eres...?
No sabía por qué aquella pregunta aparecía una y otra vez. Solo sabía que, desde hacía tiempo, ya no estaba solo en sus sueños y, en algún lugar que no podía explicar, una muchacha de ojos color avellana había comenzado a ocupar sus pensamientos.
Las flechas silbaron sobre sus cabezas. Kael dio un paso al frente, su espada describió un arco perfecto y desvió dos proyectiles antes de que alcanzaran a Amariel. Ella respondió sin perder un segundo: tres flechas abandonaron la cuerda casi al mismo tiempo.
Ninguna buscó herir. La primera golpeó la espada del atacante principal, la segunda cortó la cuerda que sostenía una plataforma de entrenamiento y la tercera impactó exactamente frente a los pies del último arquero.
Los cinco guardianes quedaron rodeados por troncos caídos y redes de entrenamiento, inmovilizados.
Kael silbó.
—Recuérdame nunca hacerte enojar.
—Ya es un poco tarde para eso.
Amariel sonrió mientras recogía el estandarte.
Desde lo alto de una torre, Aquilon observaba en silencio. No estaba interesado en quién ganaría; observaba otra cosa: la forma en que Amariel luchaba. Jamás desperdiciaba un movimiento, no atacaba por orgullo, no buscaba demostrar superioridad. Pensaba, analizaba, esperaba y solo entonces actuaba.
Exactamente igual que...
El anciano cerró los ojos, no era posible, aquellos recuerdos pertenecían a otra época.
El cuerno volvió a sonar. El ejercicio había terminado, mientras los demás celebraban el entrenamiento, un joven guardia se acercó a Amariel.
—Su Alteza, el rey solicita verla... Ahora mismo.
Kael dejó de sonreír.
—¿Mi padre?
El guardia asintió.
Eso era extraño, muy extraño. El rey Astreo jamás interrumpía un entrenamiento, mucho menos únicamente para llamar a Amariel. Lumen bajó del hombro de la joven; sus orejas permanecían erguidas.
—No me gusta esto.
Amariel tampoco respondió, porque comenzaba a sentir la misma inquietud.
El salón principal era tan amplio que los rayos del sol atravesaban enormes ventanales de cristal tallado.
Columnas blancas sostenían un techo cubierto por pinturas antiguas que representaban los seis reinos, pero había algo curioso: una séptima figura aparecía parcialmente borrada, como si alguien hubiera querido eliminarla.
El rey Astreo permanecía de pie frente al balcón.
Era un hombre alto, de cabello castaño con algunas hebras plateadas y mirada serena a través de sus ojos verdes olivos.
Vestía una armadura ceremonial adornada con plumas blancas.
No parecía un rey; parecía un guerrero que había aceptado llevar una corona.
Cuando Amariel entró, él sonrió.
—Cada día disparas mejor.
—Aquilon y Kael siguen diciendo que todavía dejó demasiado espacio entre flechas.
Ella hizo una ligera reverencia.
—Entonces aún tienes trabajo —dijo Astreo, soltando una pequeña risa, la cual desapareció lentamente—. Siéntate.
Aquello confirmó las sospechas de Amariel, algo ocurría.
El rey extendió un mapa sobre la mesa. No era un mapa militar, era un mapa mágico.
Cada reino estaba representado por una piedra luminosa: Sylvaris brillaba con un intenso color verde azulado, Elaria con azul marino, Ignaroth con rojo, Verdia con tonos verdes, Alfheim con dorado y Umbrath con un violeta oscuro.
Pero había algo más, pequeñas grietas luminosas comenzaban a extenderse entre los reinos.
—¿Qué significa? —preguntó Amariel.
El rey observó aquel mapa detenidamente, analizando cada pliegue, cada estructura, cada rincón que el mapa mágico era capaz de mostrar al regente del aire. Pasaron varios minutos en total silencio.
—Nadie lo sabe —respondió Astreo—. Hace apenas tres días comenzaron a aparecer. Los sabios creen que la magia del mundo está cambiando.
El rey pasó lentamente la mano sobre el mapa.
—¿Es peligroso?
—Todo cambio es importante, solo esperemos que no sea peligroso para nuestro mundo.