Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO
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CAPÍTULO 1 — EL SUSURRO DEL VIENTO

“Hay cosas que el corazón reconoce mucho antes que la razón, el viento siempre conoce el nombre de aquellos destinados a cambiar el mundo.”

Mucho antes de que las guerras amenazaran con dividir nuevamente el mundo, antes de que los Guardianes despertaran de su largo sueño, antes incluso de que los dragones comenzaran a inquietarse, existía un reino donde el viento jamás dejaba de cantar: Sylvaris, el Reino del Aire.

Desde la distancia parecía flotar sobre las montañas más altas del continente.

No porque estuviera suspendido en el cielo, sino porque la naturaleza y la arquitectura se habían convertido en una misma cosa.

Árboles gigantes sostenían plataformas de piedra blanca, puentes de madera unían enormes copas cubiertas por jardines, molinos impulsados por corrientes invisibles giraban sin descanso y las cascadas descendían desde riscos imposibles, convirtiéndose en nubes antes de tocar el suelo.

Por encima de todo, miles de aves recorrían el cielo libres, como si el reino entero respirara al mismo ritmo que ellas.

Los habitantes de Sylvaris decían que el viento era un ser vivo, que escuchaba, que protegía y que, de vez en cuando, susurraba secretos del pasado. También decían que los hijos nacidos en aquella tierra tenían una conexión con el viento.

Amariel disparó antes de tocar el suelo.

La flecha atravesó el aire con un silbido limpio y golpeó el centro del blanco mientras ella aterrizaba sobre un puente suspendido entre dos torres de piedra blanca.

No se detuvo: corrió, se impulsó sobre la barandilla y saltó hacia una plataforma superior donde otro objetivo emergía entre columnas abiertas al cielo.

Disparó de nuevo. La flecha quedó apenas un dedo por debajo del centro.

El viento levantó algunos mechones de su cabello castaño claro con reflejos dorados, que brillaban bajo la luz de la mañana como si atraparan pequeños fragmentos del sol.

Tenía dieciséis años, tez blanca y unos ojos color avellana que podían leer tu alma.

Su cuerpo era ligero y ágil, entrenado para moverse entre alturas donde un paso en falso significaba una caída interminable.

—Eso fue suerte —dijo una voz a sus espaldas.

—Buenos días para ti también, Kael.

Amariel bajó el arco y sonrió. Kael cayó junto a ella con la facilidad de quien había crecido aprendiendo a caminar sobre puentes que se mecían con el viento.

Amariel giró apenas el rostro hacia él. Su hermano mayor era imposible de confundir: más alto que ella, de hombros anchos y cabello oscuro desordenado, siempre parecía llevar consigo esa tranquilidad que a Amariel a veces le resultaba desesperante.

Sus ojos miel tenían aquella expresión serena y la ligera sombra de barba sobre su mandíbula le daba una apariencia responsable.

Vestía una armadura ligera en tonos azules y plata, con la capa descansando descuidadamente sobre uno de sus hombros, como si hubiera salido con demasiada prisa para preocuparse por su apariencia.

—Aún no ha amanecido y tú ya estás entrenando. Nuestro padre tiene razón, entrenas demasiado.

—Él dice eso desde que tenía diez años.

—Porque desde los diez años lo haces como si fueras a enfrentarte sola al mundo entero.

Amariel sostuvo la flecha entre los dedos y miró nuevamente el blanco. Después respiró profundamente. El bosque desapareció, los sonidos desaparecieron y solo quedó el viento. Soltó la cuerda y la flecha cruzó el aire para atravesar exactamente el centro del objetivo.

—Mucho mejor —Kael sonrió satisfecho.

—Solo necesitaba despertar.

Una risa aguda resonó entre los árboles.

—No, necesitabas que alguien alabará tu enorme ego.

Ambos levantaron la vista. Sobre una rama, moviendo la cola con evidente satisfacción, se encontraba un pequeño zorro blanco con destellos azules.

Su pelaje parecía hecho de nieve y sus ojos dorados brillaban con una inteligencia impropia de cualquier animal.

Lumen saltó con elegancia hasta el hombro de Amariel.

—Buenos días, princesa del viento.

—Buenos días, gruñón.

—¿Gruñón yo? —Lumen fingió ofenderse—. Soy una criatura de refinada elegancia.

Kael soltó una carcajada.

—Ayer intentaste robar un pastel de la cocina —dijo, negando con la cabeza, divertido.

—Era una misión de reconocimiento.

—Te quedaste dormido dentro de la despensa.

—Detalles sin importancia.

Amariel no pudo evitar reír y, por un instante, todo parecía perfectamente normal: el bosque, el viento, las bromas y la tranquilidad de una vida que aún desconocía el peso del destino.

Ninguno de los tres imaginaba que aquella paz estaba a punto de terminar, porque muy por encima de ellos el viento cambió.

No fue una ráfaga, no fue una tormenta; fue un susurro, tan débil que solo una persona logró escucharlo.

—Amariel...

La joven levantó lentamente la cabeza. Los árboles dejaron de moverse, las aves emprendieron el vuelo al mismo tiempo y una extraña sensación recorrió todo su cuerpo, como si alguien, muy lejos de allí, hubiera pronunciado su nombre.

—¿Amariel? —la voz de Kael la hizo volver a la realidad—. ¿Qué sucede?

Ella tardó unos segundos en responder. Miró el cielo despejado, después la inmensidad del bosque y, finalmente, susurró, casi para sí misma:

—No lo sé... Pero siento que el mundo acaba de cambiar.

El camino de regreso a Sylvaris descendía entre enormes puentes suspendidos por raíces vivas.

El viento jugaba con las hojas doradas de los árboles milenarios, haciendo que todo el bosque pareciera cantar.

Amariel caminaba delante, Lumen descansaba sobre su hombro balanceando la cola con tranquilidad y Kael avanzaba unos pasos detrás de ambos, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.

Era un día como cualquier otro, o al menos eso parecía.

—Sigues pensando en lo que ocurrió hace un momento —la voz de Lumen rompió el silencio.

—¿Tan evidente soy? —preguntó con una sonrisa.

—Para mí sí.

—¿Y para Kael?

—Él solo sabe que algo te preocupa... pero todavía no sabe qué.

El zorro miró discretamente al príncipe. Amariel suspiró. Ella tampoco lo sabía. Aquella sensación, aquella voz... no parecía un recuerdo, tampoco un sueño. Era como si alguien hubiera pronunciado su nombre desde el otro lado del mundo.

El enorme Palacio del Viento apareció entre las copas de los árboles.

Construido con mármol blanco y madera plateada, parecía formar parte de la montaña.

Las torres terminaban en agujas de cristal que atrapaban la luz del sol, cientos de estandartes azul celeste ondeaban con la brisa, aves gigantes descansaban sobre las almenas y decenas de guardianes patrullaban los puentes elevados.

—Hogar... —murmuró Kael—. Hasta que el Maestro Aquilon vuelva a obligarnos a entrenar.

—Entonces deja de quejarte y acepta que Amariel volverá a derrotarte —Lumen soltó una carcajada.

—¡Eso ocurrió una sola vez! —Kael fingió indignación.

Amariel levantó una ceja.

—Cinco.

—Fueron circunstancias especiales.

—Claro.

—Había mucho viento —protestó, divertido.

—Estamos en Sylvaris.

—Exactamente.

Kael rio divertido, al igual que sus acompañantes.

El patio principal estaba lleno de jóvenes entrenando.

Espadas de madera chocaban unas contra otras, arqueros practicaban desde plataformas suspendidas y algunos aprendían a desplazarse utilizando las corrientes de aire.

En el centro del enorme campo, sin embargo, había una figura que parecía ajena a todo aquel movimiento.

Aquilon permanecía de pie, inmóvil. Su cabello oscuro, atravesado por mechones plateados, caía hacia atrás sobre los hombros.

La espalda permanecía recta y sus ojos grises recorrían el patio con una atención capaz de descubrir cada error antes de que este ocurriera.

No necesitaba levantar la voz para hacerse notar.

Veterano de incontables campañas, general de los Guardianes del Viento y maestro de Amariel y Kael desde la infancia, Aquilon conocía cada rincón de aquel patio y cada movimiento de sus alumnos. A su alrededor, el entrenamiento continuaba.

—Llegan cuatro minutos tarde.

—¿Cómo siempre lo sabe? —Kael suspiró.

—Porque el viento me lo cuenta —respondió Aquilon sin perder la seriedad.

—Estoy empezando a sospechar que solo lo dice para parecer misterioso —murmuró Lumen por lo bajo.

—Te escuché.

Aquilon giró lentamente la cabeza para mirarlo.

—Qué casualidad...

El zorro tragó saliva.

Aquilon observó a Amariel durante unos segundos. Había algo diferente en ella. No era su postura ni su respiración; era su mirada.

—¿Qué viste en el bosque?

La pregunta tomó por sorpresa a los tres. Amariel dudó, no quería parecer absurda o loca.

—Escuché... una voz —dijo mirando a su maestro con la misma seriedad.

Kael frunció el ceño.

—¿Una voz?

Ella asintió lentamente.

—Fue apenas un instante, como si alguien pronunciara mi... nombre.

Aquilon permaneció completamente inmóvil. Aquello preocupó más a Amariel que cualquier respuesta.

—¿Maestro?

Él respiró profundamente y los miró.

—Hace muchos años, mi maestro me dijo que el viento solo pronuncia un nombre cuando el destino comienza a moverse. Pero recuerda que el viento nunca decide el destino de nadie. Solo lleva hasta nosotros aquello que ya comenzó a cambiar.

—¿Qué significa eso? —Amariel sintió un escalofrío.

—No lo sé —Aquilon negó lentamente.

Y esa respuesta era mucho más inquietante que cualquier explicación. Solo daba lugar a dudas e incertidumbres. Antes de que alguien pudiera seguir preguntando, las enormes campanas del palacio comenzaron a sonar: una, dos, tres veces.

Todo el patio quedó en silencio. Los Guardianes dejaron de entrenar inmediatamente.

—Consejo Real —Kael miró a Amariel y después a Aquilon.

—El rey ha convocado a todos los representantes —dijo Aquilon, asintiendo.

Eso era extraño, muy extraño. Las reuniones del Consejo solo se celebraban cuando ocurría algo importante o peligroso.

Mientras Aquilon se dirigía al consejo junto a los representantes, Amariel caminó hasta la torre más alta del palacio.

Era su lugar favorito desde niña. Desde allí podía contemplarse todo Sylvaris: bosques interminables, cascadas flotantes y montañas cubiertas de niebla.

El viento siempre soplaba con más fuerza en aquel lugar.

—Te conozco —dijo Lumen, saltando hasta el borde de la barandilla.