Crónicas del Equilibrio Ancestral PRÓLOGO
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Crónicas del Equilibrio Ancestral

Crónicas del Equilibrio Ancestral

Por JANETTE DEL TORO

© inepub.com

PRÓLOGO

“Toda historia comienza mucho antes del nacimiento de sus protagonistas.”

Hubo una época en la que los cielos no estaban divididos.

No existían fronteras, ni reinos, ni coronas, ni guerras entre pueblos.

El mundo respiraba como un solo ser; los bosques se extendían hasta tocar los océanos, las montañas nacían del corazón de la tierra y los dragones surcaban el firmamento junto a criaturas que, con el paso de los siglos, terminarían sobreviviendo únicamente en las leyendas.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. A veces creo que fueron siglos; otras, que fue ayer. Hay recuerdos que regresan completos y otros que apenas sobreviven como fragmentos: una voz, un rostro, unos ojos, una promesa. Después, nada. Solo sombras.

Tampoco sé cuánto de lo que recuerdo ocurrió realmente y cuánto fue aquello que otros quisieron que recordara. Con el tiempo aprendí que la memoria puede convertirse en una prisión, especialmente cuando existen verdades que alguien se ha empeñado en mantener enterradas.

Sin embargo, hay algo que permanece.

Mi hijo.

Recuerdo haberlo sostenido entre mis brazos.

Recuerdo sus ojos y el instante en que comprendí que, aunque el mundo cambiara, aunque los reinos cayeran y aunque algún día mi propia memoria llegara a desaparecer, él siempre sería parte de mí.

Eso sí lo recuerdo. Y no habrá miedo, pacto ni decisión que pueda cambiarlo.

Todo lo demás está encadenado a un torbellino de historias contadas entre murmullos, en lugares que quizá ya no existan y en mundos que el tiempo decidió olvidar.

A veces también recuerdo a una mujer. No siempre puedo ver su rostro, pero recuerdo sus ojos: firmes, serenos, antiguos.

Tenía esa forma de mirar qué hacía sentir que podía ver más allá de las palabras y descubrir aquello que los demás intentaban ocultar.

Su alma era antigua, y entre nosotros existía una historia que comenzó mucho antes de que yo pudiera comprenderla.

Ella era Atenea.

No sé si aquella conversación fue una promesa, un pacto o una advertencia. Tal vez fueron las tres cosas. Solo sé que hablamos, que hubo algo que ambos comprendimos y que, después de aquello, el mundo cambió.

Todavía intento recordar por qué.

Quizá fui yo quien decidió olvidar. Quizá algunas verdades pesan demasiado cuando se conocen antes de tiempo. O quizá alguien se aseguró de que ciertas partes de mi memoria permanecieran encerradas para siempre.

Hay días en los que puedo sentir las cadenas.

No están alrededor de mi cuerpo, sino dentro de mí.

Están hechas de decisiones, de miedo, de culpa, de aquello que hice y también de aquello que permití que otros hicieran.

Algunas sombras llevan mi rostro; otras tienen voces que reconozco.

Algunas incluso llevan nombres que todavía no soy capaz de pronunciar.

Y entonces las escucho.

Al principio es apenas un murmullo perdido entre mis pensamientos. Después llegan otras. Una tras otra.

Seis voces.

No consigo entenderlas, ni sé de dónde vienen, pero hablan de lugares que alguna vez estuvieron unidos. Hablan de decisiones capaces de cambiar destinos, de secretos enterrados y de una historia que nadie quiso contar completa.

Entre todas ellas existe una voz diferente. Más antigua que las demás. No acusa. No exige. Solo espera.

A veces, cuando la escucho, aparecen imágenes que no sé si pertenecen a mis recuerdos o a algo mucho más antiguo. Un símbolo. Una mano. Una marca. Un destello de viento. Una corriente de agua. Una ráfaga de fuego. Un brote de tierra. Un resplandor de luz. Y, después, las sombras.

Seis caminos, seis vidas, seis destinos que todavía no comprendo.

Hay algo más que permanece fuera de mi memoria, algo que puedo sentir aunque todavía no encuentre un nombre para ello. Y cada vez que aquella voz vuelve a llamarme, por un instante recuerdo a Atenea.

Recuerdo sus palabras.

Recuerdo haber creído que proteger el mundo significaba impedir que sus habitantes tomaran decisiones capaces de destruirlo. Pensaba que mantener el equilibrio consistía en evitar el conflicto, contener el poder y proteger a quienes no podían protegerse por sí mismos.

Quizá ahí estuvo mi error.

Tal vez el equilibrio nunca consistió en decidir por aquellos que habitaban el mundo. Tal vez consistía en permitirles elegir y aceptar aquello que sus decisiones traerían consigo.

No lo sé.

Ya no sé muchas cosas.

Solo sé que mi hijo sigue ahí, en algún lugar.

Y sé que el mundo aprendió a temerle antes de conocerlo. Tal vez porque necesitaba un nombre para aquello que no comprendía. Tal vez porque era más sencillo llamar Destructor a alguien que preguntarse qué había ocurrido realmente.

Pero el tiempo tiene una manera extraña de devolver aquello que intentamos enterrar. Las verdades pueden permanecer ocultas durante generaciones, pero nunca desaparecen por completo. Las voces siempre encuentran una forma de regresar. Los recuerdos siempre encuentran una grieta por donde escapar.

Quizá algún día alguien escuche las suyas. Quizá alguien encuentre aquello que nosotros perdimos. Quizá los seis caminos vuelvan a cruzarse y, cuando lo hagan, la verdad deje de pertenecer a los muertos.

Porque esta historia no termina conmigo.

Ni comenzó con mi hijo.

Comenzó mucho antes, cuando el mundo todavía era uno y nadie imaginaba que algún día los cielos serían divididos. Será contada por aquellos que tengan el valor de caminar hacia lo que nosotros dejamos atrás y de descubrir las verdades que otros intentaron convertir en leyendas.

Yo solo puedo esperar que algún día recuerde quién fui, qué hice y qué prometí.

Y, sobre todo, que recuerde por qué, cuando todo termine, ella tendrá que elegir.

Porque llegará un momento en que ya no habrá sombras capaces de ocultar la verdad.

Y entonces el mundo tendrá que recordar su historia, mi historia, tu historia.