Crónicas de Homicidios Las últimas órdenes del Profe
94%

Las últimas órdenes del Profe

Cuando finalmente se reunieron en el búnker, el ambiente era espeso, cargado de una tensión que nadie se atrevía a nombrar.

El Profe tomó el control desde el primer segundo.

No había espacio para dudas ni para emociones.

Su voz fue firme, directa: ordenó que todos eliminaran inmediatamente cualquier rastro en sus teléfonos móviles.

Mensajes, llamadas, imágenes… Todo. Incluso aquellas noticias que, minutos antes, habían compartido con nerviosismo.

Uno a uno, obedecieron. En cuestión de minutos, los dispositivos quedaron limpios, como si nada hubiera ocurrido. Como si esa noche no existiera.

Luego vino el dinero. El Profe abrió el morral y comenzó a repartir el efectivo con una precisión casi ritual. Cada uno recibió su parte según el rol que había cumplido. No había errores, no había discusiones.

Todo estaba calculado. Para él, ese reparto no era solo una distribución de ganancias… era una forma de control. Sabía que el dinero podía sellar silencios, calmar tensiones, reforzar lealtades. O, al menos, eso creía. Porque, en su lógica, un grupo satisfecho era un grupo que no traiciona.

Pero no se detuvo ahí.

Activó su red. A través de amigos, contactos e intermediarios, comenzó a mover lo robado.

Los teléfonos celulares fueron vendidos rápidamente en el mercado negro.

Las tarjetas bancarias del abogado, junto con las claves que habían obtenido bajo presión, fueron utilizadas para retirar dinero sin levantar sospechas inmediatas.

Cada operación era ejecutada con cuidado, evitando patrones, dispersando movimientos. Y, cuando ese dinero volvió a sus manos, lo repartió nuevamente. Cerró el círculo. Se aseguró de que todos recibieran lo que les correspondía.

En su mente, todo respondía a una lógica clara: nadie debía sentirse desplazado, nadie debía tener motivos para hablar. La lealtad, para él, no era un valor… era una inversión. Y estaba convencido de que la estaba gestionando bien.

Pero había algo que no podía controlar.

Algo que no se compra, que no se distribuye, que no se elimina con un botón.

La conciencia.

Porque, más allá del dinero, más allá del plan, más allá del control que intentaba imponer… lo que había ocurrido esa noche no era un robo cualquiera. Habían cruzado una línea. Y no todos estaban preparados para vivir con eso.

Algunos, en silencio, cargaban el peso de su primer homicidio. Y no de cualquier forma… sino de una violencia cruda, directa, imposible de ignorar. Miradas, rostros, voces… Todo seguía ahí, repitiéndose en sus mentes.

El Profe podía organizar, ordenar, repartir… pero no podía borrar lo que cada uno llevaba por dentro.

Y, en ese punto, sin saberlo, el verdadero riesgo ya no estaba afuera.

Estaba dentro del grupo.

Cuando los medios de comunicación comenzaron a intensificar la cobertura del caso del abogado, la presión mediática creció de forma implacable. Cada detalle era expuesto, cada hipótesis amplificada, cada imagen repetida una y otra vez.

El Profe, atento como siempre, seguía los reportajes con una concentración casi obsesiva. No miraba por morbo… analizaba. Buscaba errores, filtraciones, cualquier indicio que pudiera acercar a las autoridades hacia él o hacia su círculo.

Pero hubo un momento que lo impactó.

En uno de esos reportajes apareció una línea que lo cambió todo: una presunta sospechosa.

Y entonces, en pantalla, comenzaron a mostrar imágenes de la Gata.

Fotografías, fragmentos de su vida, referencias a la relación que mantenía con el abogado.

La prensa ya la estaba vinculando al caso.

No era una acusación formal, pero en ese mundo eso era suficiente.

Demasiado.

Para el Profe, aquello no era un simple rumor.

Era una amenaza directa.