Crónicas de Homicidios El disparo de la traición
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El disparo de la traición

Sin perder tiempo, tomó una decisión. No podía dejarla expuesta. Sabía que, si la Policía daba con ella, podía ser el punto de quiebre. No podía permitir que hablara, que dudara, que cediera bajo presión.

Era vulnerable. Así que la sacó de circulación. La llevó lejos, a un lugar apartado junto al mar, donde el ruido del mundo no llegaba. Una cabaña aislada, sin señal, sin comunicación, sin posibilidad de contacto con nadie. Solo el sonido constante de las olas… y el silencio.

Allí la dejó, bajo el cuidado indirecto de una pareja de ancianos que vivían en la zona, quienes, ajenos a todo, simplemente habían alquilado el lugar.

La Gata quedó aislada.

Desconectada del mundo.

Dependiente únicamente de él.

El Profe la visitaba de vez en cuando. Le llevaba comida, víveres, lo necesario para subsistir.

Mantenía una apariencia de control, incluso de protección.

Pero, en el fondo, ya no era confianza lo que lo movía.

Era cálculo. Cada visita no era solo un acto logístico…

era una evaluación. La observaba. Medía su estado emocional.

Intentaba leer si había en ella miedo, arrepentimiento… o la posibilidad de que se quebrara.

Porque, en su mente, el riesgo seguía creciendo.

Y entonces, un día, tomó la decisión final.

Sin anuncio.

Sin discusión.

Sin retorno.

La llevó a caminar por la playa, como si fuera una rutina más.

El paisaje era desolado, casi vacío. Arena, viento, mar…

y nadie alrededor. El lugar perfecto para desaparecer sin dejar rastro.

Caminaron unos metros en silencio, con la distancia justa entre ambos.

Y en ese instante, cuando ya no había testigos ni posibilidad de escape, el Profe sacó el arma.

Un solo disparo. Seco. Directo a la cabeza.

La Gata cayó sin tiempo siquiera de comprender lo que ocurría. El sonido se perdió entre el viento y el mar, como si nunca hubiera existido. Luego, con la misma frialdad que había demostrado desde el inicio, cavó en la arena y la enterró allí mismo. Sin marca. Sin señal. Sin memoria.

Para él, no era un crimen más. Era una decisión estratégica.

En su lógica, ella se había convertido en el eslabón más débil. La única conexión visible. La puerta por donde podían llegar hasta él. Y, en su mundo, los riesgos no se gestionan… se eliminan.

Así, sin dudarlo, borró la última pieza que podía comprometerlo.

O al menos… eso creyó.