Recopilación de información
—Buenas noches, somos de la Unidad de Homicidios — se presentó Z, mientras mostraba su identificación—. Necesito que me pongan al tanto de todo lo que ha ocurrido desde que llegaron.
Uno de los policías locales tomó la palabra.
—Jefe, nosotros recibimos una llamada en horas de la mañana—explicó—. La llamada la hizo un hombre que se identificó como familiar directo de las víctimas.
Z lo escuchaba con atención mientras tomaba algunas notas.
—Según su versión —continuó el agente—, él llegó a la casa de su hermano para visitarlo. Allí también vivían sus padres. Pero, cuando ingresó, encontró una escena terrible en la cocina.
El policía hizo una breve pausa antes de continuar.
—Nos dijo que encontró a sus familiares muertos, aparentemente amarrados de manos y pies, y que todo parecía haber ocurrido de forma muy violenta. Fue entonces cuando llamó de inmediato a la Policía para reportar el caso.
Z levantó la mirada hacia la vivienda.
Aun desde el exterior podía percibirse una atmósfera pesada.
—¿Alguien ha ingresado desde entonces? —preguntó.
—Negativo, jefe —respondió el agente—. Apenas confirmamos la situación, procedimos a aislar completamente la escena. Cerramos los accesos y establecimos custodia permanente. También se comunicó inmediatamente al fiscal de turno y al equipo de criminalística.
—¿Ya llegaron?
—Aún no, jefe. Están en camino.
Z asintió.
Mientras esperaba la llegada del fiscal, decidió aprovechar el tiempo para hablar con la persona que había realizado la llamada inicial.
—¿Dónde está el familiar que reportó el hecho?
Uno de los agentes señaló hacia la vereda, donde un hombre permanecía sentado en una silla improvisada, rodeado por dos policías que intentaban mantenerlo tranquilo.
—Es él, jefe.
Z se acercó con cautela.
El hombre tenía el rostro desencajado. Sus ojos estaban rojos y su respiración era irregular, como si todavía estuviera tratando de asimilar lo que había visto.
—Soy Z, de la Unidad de Homicidios —dijo con tono calmado—. Necesito que me cuente exactamente qué ocurrió cuando llegó a la casa.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—La casa… es de mi hermano —logró decir finalmente—. Él es abogado… Vive aquí desde hace varios años.
Respiró profundamente antes de continuar.
—A comienzos de este año… mis padres se mudaron con él para acompañarlo.
Z tomó nota mientras escuchaba.
Decidió profundizar poco a poco en la información.
—Cuénteme sobre su hermano —preguntó—. ¿A qué se dedicaba exactamente? ¿Tenía algún problema con alguien?
El hombre negó con la cabeza.
—Mi hermano era un abogado muy reconocido… Todos en el barrio lo conocían. Siempre ayudaba a la gente. Era una buena persona.
Luego bajó la mirada.
—Lo único… es que nunca tuvo una relación sentimental estable. Ya tenía cerca de cuarenta años… pero nunca se casó ni tuvo hijos.
Hizo una pausa breve.
—Por eso mis padres decidieron venir a vivir con él… para que no estuviera solo.
Z continuó haciendo preguntas.
Le consultó sobre los clientes de su hermano, los casos que llevaba y si recordaba alguna disputa o amenaza reciente.
La respuesta fue incierta.
—No tengo conocimiento de problemas graves… pero sí sé que llevaba un caso de tráfico de terrenos desde hace varios años. En algunas ocasiones me comentó que había tenido discusiones con la parte contraria.
Luego añadió algo que llamó la atención de los investigadores.
—Hace poco… ganó un caso importante. Le pagaron un porcentaje bastante alto… Creo que algo cercano a doscientos mil soles en efectivo. No sé el monto exacto, pero era bastante dinero.
Z y su adjunto intercambiaron miradas.
Aquella información abría nuevas posibilidades dentro de la investigación.
Mientras continuaban tomando nota, Z decidió hacer una última pregunta.
—Disculpe… ¿a qué se dedica usted?
El hombre levantó la mirada lentamente.
—Soy magistrado —respondió con voz quebrada—. Trabajo en el Juzgado Penal de otra provincia.
Aquella revelación añadió aún más peso emocional a la escena.
El hombre se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar nuevamente.
—Era mi único hermano… —dijo entre sollozos—. Él dependía mucho de mis padres… y ahora… ahora me los han quitado a todos.
La escena conmovió incluso a los investigadores.
Z permaneció en silencio unos segundos.
Aquellos momentos siempre eran los más difíciles. No por la investigación en sí, sino por el dolor humano que acompañaba cada caso.
El magistrado levantó la mirada y, con voz entrecortada, hizo una petición sencilla, pero cargada de desesperación:
—Solo les pido una cosa… encuentren a los responsables.
Las lágrimas volvieron a correr por su rostro.