Lo que más golpeaba a Z
Z sintió un nudo en la garganta.
Esa era, precisamente, la parte del trabajo que más lo golpeaba por dentro. No era la escena del crimen en sí, ni siquiera la crudeza de la violencia que muchas veces encontraba al ingresar a una vivienda o a un callejón.
Lo que realmente lo afectaba era ver de cerca el sufrimiento de las familias, escuchar sus voces quebradas, sentir ese silencio pesado que queda después de que alguien ha sido arrancado de la vida de forma brutal.
Era presenciar, casi en primera fila, el instante en que una familia comprendía que el vacío que acababa de abrirse en sus vidas jamás volvería a llenarse.
Z miraba al magistrado y no podía evitar ponerse en su lugar.
Se trataba de un hombre que, por su profesión, estaba acostumbrado a administrar justicia, a analizar expedientes llenos de tragedias humanas: homicidios, conflictos extremos, historias de violencia que desfilaban por su despacho como números de un proceso judicial.
Seguramente había revisado innumerables casos, evaluando pruebas, escuchando testimonios y tomando decisiones con la serenidad y el equilibrio que exige la ley.
Para él, la violencia había sido siempre algo que se observaba desde la distancia profesional, algo que debía examinarse con objetividad para resolver con transparencia.
Pero ahora la realidad era distinta.
Ahora no estaba frente a un expediente ni ante una audiencia judicial.
Ahora la tragedia había entrado directamente en su vida.
Z veía en sus ojos algo para lo que ninguna sala de audiencias puede preparar: el dolor de un hijo que acaba de perder a sus padres y el de un hermano que ha perdido a su único compañero de sangre.
Aquella fortaleza que seguramente mostraba en su trabajo se había derrumbado por completo frente a una verdad imposible de aceptar.
Y en ese momento, Z no pudo evitar reflexionar en silencio.
Pensó que la violencia, esa misma que ellos investigaban todos los días, no distingue profesiones, posiciones sociales ni preparación académica. Puede tocar la puerta de cualquier hogar, en cualquier momento, sin previo aviso.
Ese pensamiento siempre lo inquietaba. Porque recordaba que, en el mundo en que vivían, la maldad muchas veces encontraba la forma de abrirse camino, dejando a su paso historias de dolor, familias rotas y vidas que jamás volverían a ser las mismas.
Aun así, trató de transmitirle algo de tranquilidad.
—Vamos a hacer todo lo posible —le aseguró.
Mientras uno de los agentes continuaba acompañando al magistrado para brindarle apoyo, el sonido de varios vehículos acercándose llamó la atención de todos.
Eran el fiscal de turno, el médico legista y el equipo multidisciplinario de criminalística, quienes finalmente habían llegado al lugar.
Z se acercó a ellos junto con sus dos adjuntos.
Intercambiaron rápidamente la información preliminar que habían obtenido hasta ese momento.
Era el momento de iniciar formalmente el abordaje de la escena del crimen por parte de los operadores de justicia.
Y todos sabían que lo que encontrarían dentro de esa casa probablemente revelaría una historia mucho más oscura de lo que imaginaban al llegar.