Rumbo a la escena
Minutos después, los vehículos de la Unidad de Homicidios abandonaban la base policial rumbo a la escena del crimen.
Nadie imaginaba aún que aquella llamada recibida en medio de un partido de fútbol sería el inicio de una de las investigaciones más impactantes que el equipo tendría que enfrentar.
Durante el trayecto, el ambiente dentro de los vehículos era una mezcla de silencio y especulación.
La información inicial era breve, pero lo suficientemente perturbadora como para cambiar por completo el ritmo de la jornada: en el interior de una vivienda se había reportado el hallazgo de cuatro cadáveres.
Según las primeras versiones, los cuerpos se encontraban maniatados de manos y pies, con los rostros cubiertos con fundas de almohada, y colocados uno detrás de otro en posición sedente sobre el piso, como si alguien los hubiese acomodado deliberadamente.
Solo imaginar la escena bastaba para que la mente de cualquier investigador comenzara a construir hipótesis.
En Homicidios, cuando aparecen varias víctimas en un mismo lugar, las preguntas se multiplican de inmediato: ¿fue un robo?, ¿una venganza?, ¿un ajuste de cuentas?, ¿un crimen planificado?
Sin embargo, aún era demasiado pronto para sacar conclusiones.
Z tomó el teléfono y se comunicó directamente con los efectivos de la Policía local que ya se encontraban en el lugar custodiando la escena.
Del otro lado de la línea, el agente confirmó algunos detalles preliminares.
—Los cadáveres aún no están plenamente identificados —explicó—. Hemos preferido no tocarlos. Pero, por lo que nos ha manifestado un familiar que llegó al lugar, al parecer se trataría del abogado que vive en la casa y de algunos miembros de su familia.
Z guardó unos segundos de silencio.
Cuatro personas muertas.
Y posiblemente pertenecían a una misma familia.
Aquello comenzaba a adquirir una dimensión distinta.
—Han hecho lo correcto —respondió finalmente Z con tono firme—. No toquen absolutamente nada. Aseguren la escena y establezcan un perímetro amplio. Nadie entra ni sale sin autorización.
Luego continuó con instrucciones precisas:
—Necesito que registren la hora exacta en que tomaron conocimiento del hecho, la identificación de la persona que reportó el caso, la hora de llegada de la primera patrulla y cualquier detalle que pueda resultar relevante.
Todo lo que vean, anótenlo. Cuando lleguemos, necesitaremos esa información completa.
Mientras tanto, Z y sus compañeros revisaban mentalmente posibles escenarios.
En investigaciones con múltiples víctimas y situaciones como aquella, la experiencia indicaba que muchas veces se trataba de ajustes de cuentas relacionados con el narcotráfico o disputas dentro de organizaciones criminales.
Uno de los agentes rompió el silencio recordando un caso que había investigado tiempo atrás.
—Esto me recuerda a un caso que trabajé hace unos años —comentó mientras miraba por la ventana—. Capturamos a un sicario que terminó confesando todo.
El resto del equipo prestó atención.
Según relató, el sicario había sido contratado para asesinar a un abogado que llevaba la defensa de un conocido narcotraficante.
El abogado había cobrado una suma considerable de dinero asegurando que tenía «arreglado» el proceso judicial. Prometía que había coordinado con el fiscal y el juez que iban a resolver la audiencia de prisión preventiva, garantizando que su cliente saldría en libertad.
Pero, cuando llegó el día de la audiencia, ocurrió lo inesperado.
El juez declaró fundado el pedido de prisión preventiva y ordenó el internamiento inmediato del narcotraficante en un centro penitenciario.
Desde el penal, el hombre comenzó a investigar qué había ocurrido realmente. Y descubrió la verdad.
El abogado nunca había realizado ningún arreglo. Simplemente había confiado en que su defensa sería suficiente para evitar la prisión preventiva.
Para el narcotraficante, aquello fue interpretado como una traición.
La venganza no tardó en llegar.
Contrató al sicario y ordenó su muerte.
El relato quedó flotando dentro del vehículo durante algunos segundos.
La coincidencia era inquietante: ahora también se hablaba de un abogado entre las posibles víctimas.
Sin embargo, Z intervino inmediatamente para frenar las especulaciones.
—No nos adelantemos —dijo con calma—. Cada caso es distinto.
Luego continuó, recordando al equipo lo que realmente importaba:
—Cuando lleguemos vamos a centrarnos en lo esencial: primero, identificar plenamente a las víctimas. Luego necesitamos construir una línea básica de sus vidas: quiénes eran, qué hacían, con quiénes se relacionaban.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—En el caso del abogado, revisaremos los últimos procesos que haya llevado, los conflictos con clientes, posibles amenazas o disputas legales.
También debemos analizar cada indicio dentro de la escena, pero no solo dentro.
El exterior también habla: vecinos, cámaras de seguridad, movimientos extraños durante la noche.
Todos asentían en silencio.
El vehículo continuó avanzando por la carretera mientras la ciudad comenzaba a quedar atrás.
Finalmente, después de varios minutos de trayecto, los vehículos ingresaron al vecindario donde se encontraba la vivienda.
El lugar era una zona tranquila, de calles poco transitadas y casas familiares.
Pero algo no estaba bien.
El silencio que rodeaba la vivienda era extraño.
No era el silencio habitual de un barrio residencial.
Era un silencio cargado de tensión.
Las luces de los vehículos policiales comenzaron a iluminar lentamente el frontis de la vivienda a medida que la caravana se aproximaba por la estrecha calle del vecindario.
Desde varios metros antes de llegar, Z pudo notar que el lugar ya no tenía nada de la tranquilidad habitual de una zona residencial.
Una multitud de personas se había congregado frente a la casa. Vecinos, curiosos y transeúntes observaban desde la vereda opuesta, algunos susurrando entre ellos, otros señalando hacia el interior del inmueble como si intentaran reconstruir por su cuenta lo que había ocurrido allí dentro.
Entre la multitud también destacaban varios equipos de prensa. Cámaras encendidas, micrófonos extendidos y reporteros transmitiendo en vivo relataban, con la poca información que tenían, lo que ya comenzaba a convertirse en noticia de último momento.
Las luces intermitentes de las patrullas de la Policía local teñían la escena de un tono azul y rojo intermitente que aumentaba la sensación de tensión en el ambiente.
Frente al portón del domicilio, varios agentes uniformados habían establecido un cordón de seguridad, restringiendo el acceso a cualquier persona que no formara parte del operativo.
Su función era clara: custodiar la escena del crimen hasta la llegada de la unidad especializada y de los operadores de justicia.