Crónicas de Homicidios La casa del horror
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La casa del horror

Mientras se realizaban las diligencias iniciales, uno de los efectivos conversó con vecinos de la zona. La información obtenida marcó un giro decisivo: el hombre vivía a unos cien metros, siguiendo la misma avenida.

Z y el equipo se dirigieron al inmueble señalado.

En el frontis encontraron retazos de vidrio esparcidos en el piso. Al alzar la vista, la mampara del segundo nivel estaba rota; las cortinas se movían hacia afuera con la brisa.

Tocaron la puerta del primer piso. Nadie respondió. Al costado, una reja abierta conducía directamente al segundo nivel.

Subieron con cautela, identificándose en voz alta. La oscuridad era absoluta. Las linternas revelaban manchas hemáticas en las paredes y goteos de sangre en las escaleras.

A cada paso, el olor metálico se hacía más intenso.

Z reconoció ese olor de inmediato.

Era un olor que se quedaba grabado en la memoria.

Al llegar a la puerta del segundo nivel, Z respiró hondo y la abrió lentamente.

El impacto fue inmediato.

El piso estaba completamente teñido de rojo. Las paredes mostraban manchas irregulares, huellas de manos apoyadas para avanzar y salpicaduras que hablaban de una violencia extrema y prolongada.

Avanzaron con cuidado, intentando no contaminar la escena, aunque era imposible no mancharse.

En la sala, la cantidad de sangre formaba un gran charco que cubría casi todo el ambiente.

Allí yacía el cuerpo de un hombre de aproximadamente treinta y cinco años, de tez morena, vestido solo con un short tipo pijama.

El torso desnudo estaba cubierto de heridas punzocortantes: cuello, rostro, abdomen, espalda y piernas.

El ensañamiento era evidente.

Sus rasgos físicos eran similares a los del cadáver hallado en la vía pública.

Entonces, desde uno de los dormitorios, un efectivo alzó la voz, quebrada:

—Jefe... hay más.

Z avanzó.

Cada paso se sentía pesado.

El dormitorio era un cuadro de horror absoluto.

Sangre en el piso, en las paredes, en el colchón colocado directamente sobre el suelo.

Sobre él yacían dos interfectos.

Una mujer, asesinada con múltiples heridas punzocortantes, mostraba signos claros de haber intentado protegerse, de haber luchado hasta el último segundo.

Entre sus brazos, como si aún intentara resguardarlo, estaba el cuerpo inerte de un bebé de apenas unos meses de nacido.

El pequeño tenía heridas en el rostro y el cuello. Su cuerpo diminuto y frágil contrastaba de manera brutal con la violencia ejercida.

Parecía un muñeco abandonado, pero no lo era.

Era un ser humano que no tuvo oportunidad alguna de defenderse.

Aquella imagen atravesó a todos como un golpe directo al pecho.

Tuvieron que salir.

Algunos efectivos lloraban abiertamente. Pensaban en sus propios hijos, en sus casas, en cunas vacías. La impotencia y la indignación se mezclaban hasta volverse insoportables.

Z sintió una rabia profunda, silenciosa; una que no se gritaba. No lograba comprender cómo podía existir una crueldad tan absoluta, cómo alguien podía ensañarse de esa manera con una mujer y un bebé indefenso.

Respiró hondo. Varias veces. Sabía que, pese a todo, no podían detenerse.

—Tomen aire —dijo con firmeza—⁠. Esto no termina aquí. Vamos a hacer nuestro trabajo.

Continuaron con la inspección del inmueble. En otra habitación, con vista directa al frontis de la calle, detectaron manchas de sangre, menos abundantes, pero igualmente reveladoras.

No había cuerpos en el lugar, pero la escena hablaba por sí sola: la ventana estaba rota, con signos evidentes de impacto, como si alguien hubiera sido arrojado —o hubiera caído— desde allí.

Al aproximarse con cautela, observaron en el suelo, a pocos metros de la ventana, un cuchillo de gran tamaño. Medía cerca de cincuenta centímetros, con hoja metálica y mango de plástico, completamente cubierto de sangre. La imagen era contundente.

Todo indicaba que se trataba del posible instrumento del delito, más aún cuando las heridas que presentaban los cadáveres guardaban una relación directa con las características de aquella arma.

La escena, poco a poco, comenzaba a reconstruirse por sí sola. Se aseguró todo el segundo nivel como escena del crimen. Se bloqueó el acceso al inmueble y se dispuso custodia permanente. Se volvió a comunicar a criminalística, al fiscal y al médico legista para una intervención exhaustiva.