La huida desesperada
En el hospital, la escena confirmaba la gravedad del hecho. La mujer y el menor estaban sedados; dormían bajo estricta supervisión médica. El personal explicó que aún no habían sido registrados formalmente: la prioridad había sido salvarles la vida.
Nadie los había llevado. Llegaron por sus propios medios. Tampoco se presentó familiar alguno. El efectivo que dio aviso solo pudo añadir que la mujer estaba desesperada, gritaba pidiendo ayuda, pero se desvaneció antes de poder proporcionar cualquier referencia.
Revisaron sus pertenencias. Nada. Ningún documento, ninguna pista.
Las hipótesis surgieron inevitablemente: ¿asalto?, ¿violencia doméstica?, ¿un ataque dirigido?, ¿una discusión que se salió de control?
Todo era incertidumbre.
Z volvió a ingresar al área de emergencia y observó con detenimiento. El niño vestía un pantalón de pijama, un polo sencillo y estaba descalzo; sus pies sucios hablaban de una huida desesperada.
La madre llevaba un pantalón de deporte, un polo ligero y pantuflas.
Esa imagen fue decisiva.
Aquello no era la vestimenta de alguien que camina tranquilamente por la calle. Era ropa de dormir. Si habían salido así, heridos y pidiendo auxilio, el ataque tuvo que ocurrir en su propio domicilio.
Y no muy lejos.
Z no dudó. Dejó a un efectivo custodiando el hospital, con órdenes precisas de informar cualquier cambio en el estado de los pacientes o la llegada de terceros.