La llamada de las cuatro de la mañana
Sabía, por experiencia, que la violencia rara vez se anuncia y que, en la mayoría de los casos, la verdadera actividad comenzaba en la madrugada.
Pero, pasada la una de la mañana, sin comunicaciones ni novedades, el cansancio acumulado terminó por imponerse.
El grupo decidió retirarse al dormitorio.
Todo indicaba que, al menos esta vez, la guardia concluiría sin novedades, como si la noche hubiera decidido concederles una tregua que ninguno terminaba de creer del todo.
Z se recostó, pero el sueño no llegó de inmediato. La serenidad del día le resultaba extraña, casi una anomalía. Pensó en otros turnos, en noches que habían comenzado igual de tranquilas y habían terminado marcadas por escenas imposibles de olvidar.
A las tres de la madrugada abrió los ojos de golpe y miró el celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje. Volvió a cerrarlos, forzándose a descansar.
Apenas una hora después, a las 04:00 en punto, el sonido agudo del teléfono rompió el silencio del dormitorio como un disparo. El sobresalto fue colectivo.
—¡Casi salimos invictos! —gritó alguien, medio en broma, medio en resignación.
Z contestó de inmediato. Al otro lado de la línea estaba el efectivo del servicio de homicidios destacado en el hospital. Su voz era tensa, contenida, como si midiera cada palabra.
Informó que había ocurrido algo extraño: minutos antes había ingresado una mujer completamente ensangrentada, pidiendo auxilio a gritos, acompañada de su hijo de aproximadamente cuatro años.
Ambos presentaban lesiones punzocortantes.
La gravedad de las heridas de la mujer provocó que perdiera la conciencia; fue sedada e internada de urgencia.
El niño también fue atendido de inmediato.
Z sintió ese cambio interno que solo conocen quienes trabajan en emergencias: el paso abrupto del cansancio a la alerta absoluta.
—En cinco minutos salimos —ordenó.
No hubo preguntas innecesarias. El equipo se activó con precisión mecánica. Tomaron las tablillas, los formularios, los lapiceros, las linternas, la lupa, las bolsas de evidencias, las bolsas para cadáveres, los guantes de látex, las mascarillas y el armamento reglamentario.
Abordaron la «muertera» y partieron rumbo al hospital, atravesando calles vacías, iluminadas apenas por faroles solitarios.