El silencio duró poco
Pasaron los meses. El año estaba por concluir.
Una tarde, mientras Z realizaba coordinaciones con jóvenes y adultos del distrito que participaban en programas de seguridad ciudadana junto a autoridades locales y regionales, un efectivo se le acercó con una novedad aparentemente simple: la muerte de una anciana de aproximadamente noventa años.
Informaron que la mujer se encontraba delicada de salud y recibía tratamiento médico en su domicilio por una enfermedad grave. La familia solo solicitaba la constatación policial para realizar los trámites de sepultura; el médico de cabecera estaba gestionando el certificado de defunción.
Todo apuntaba a una muerte natural. Por la edad de la mujer y la versión de los familiares, los efectivos ya estaban elaborando el documento desde la comisaría, como un trámite más. Pero Z los detuvo. Ordenó que se constituyeran en el domicilio y realizaran la constatación directa.
Cuando regresaron, el informe cambió de tono: la anciana, al parecer, había caído de la cama y se había golpeado la cabeza. Había un charco de sangre en el piso y una herida contusa en la cabeza.
Aquello encendió las alarmas. Z dejó la reunión y se dirigió de inmediato al lugar con dos efectivos.
A una cuadra de la vivienda, algo llamó su atención. Junto al sardinel, casi oculto, yacía un bastón. En su extremo inferior se apreciaban manchas de un color pardo rojizo.
Z no dudó. Fotografió el objeto y dispuso su custodia antes de continuar.
En el interior de la vivienda, la hija condujo a los policías hasta la habitación. Allí estaban las manchas de sangre, ya oscuras y secas, formando charcos y goteos junto a la cama.
La mujer relató que había encontrado a su madre alrededor de las cinco de la tarde, tendida en el piso, boca abajo, con sangre emanando de la cabeza. Al comprobar que no tenía signos vitales, llamó a su hermano.
Entre ambos acomodaron el cuerpo en la cama y asumieron que había fallecido producto de una caída, dada su delicada salud. Pero Z lo supo en cuanto observó el cadáver.
La herida contusa estaba localizada en la región del vértex. Resultaba poco creíble —por no decir imposible— que una simple caída desde la cama provocara una lesión en esa zona del cráneo.
Preguntó si la anciana usaba bastón. La hija respondió que sí, que siempre lo llevaba consigo. Lo buscaron en la habitación. No estaba.
Cuando Z le mostró la fotografía del bastón hallado en la calle, lo reconoció de inmediato: era el de su madre.
Ya no estaban frente a una muerte natural. Estaban ante un homicidio.