Crónicas de Homicidios La sonrisa del inimputable
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La sonrisa del inimputable

Con el amanecer llegó el fiscal a la comisaría. Revisó la documentación y las evidencias: declaraciones e informes de testigos, el cuchillo plenamente identificado como arma del delito y la ropa ensangrentada hallada en el domicilio del imputado. Todo lo incriminaba.

Felicitó a Z y a su equipo por el trabajo realizado. Solo faltaba la declaración del detenido y ya se evaluaba solicitar prisión preventiva.

Sin embargo, cuando el plazo de detención estaba por vencer, la defensa presentó un documento que dejó a todos perplejos: el detenido era inimputable por sufrir una «alteración mental». Nadie lo podía creer.

Z increpó al fiscal, exigiendo una evaluación psiquiátrica o psicológica independiente. La respuesta fue lapidaria: el documento era válido y no había nada más que hacer.

Insistió, al menos, en que no se le otorgara la libertad y que fuera internado en un centro de salud mental, pues representaba un peligro evidente para la sociedad. Todo fue en vano. El fiscal ordenó su liberación y dispuso el archivo provisional del caso.

Mientras el sujeto abandonaba la dependencia policial, se giró y sonrió a Z. En silencio, este pensó que aquel hombre, más que loco, parecía un psicópata.

Lo único rescatable de toda aquella historia fue que la víctima logró recuperarse. Las puñaladas, por fortuna, no comprometieron órganos vitales. Tras varios meses, fue dado de alta. La vida, aunque marcada, continuó.

Sin embargo, Z no lograba desprenderse de una pregunta que lo seguía como una sombra persistente: ¿cuál había sido realmente el motivo del atentado?

Nadie parecía interesado en responderla.

El rótulo de inimputable por alteración mental lo explicaba todo para los demás; era una etiqueta cómoda, suficiente para cerrar el caso sin profundizar.

Para muchos, la violencia había sido un acto irracional, sin causa ni propósito.

Pero Z jamás pudo aceptar esa explicación.

Se le quedó clavada como una espina. No había visto a un hombre fuera de sí, dominado por el caos o la confusión; había visto frialdad, cálculo, una mente que observaba y decidía. Alguien que razonaba.

La rutina y las exigencias del trabajo terminaron por arrastrarlo hacia otros asuntos, pero aquella duda nunca se extinguió del todo.