Crónicas de Homicidios El rostro del sospechoso
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El rostro del sospechoso

Fue así como una señora adulta aportó un dato crucial. Con cautela, señaló que el agresor podría ser el hijo de doña Carmen, una mujer que había trabajado en el comedor como personal de limpieza hasta hacía dos meses. No había certeza, pero sí una pista.

Z decidió seguirla. Revisaron los cuadernos de registro del personal y encontraron los datos de la señora Carmen: domicilio y número telefónico. Sin perder tiempo, se dirigieron a su vivienda.

La mujer los atendió con nerviosismo. Confirmó que tenía un hijo joven cuyas características físicas coincidían plenamente con las descritas por los testigos.

No obstante, el muchacho no se encontraba en casa. Con la autorización de la madre, ingresaron a la vivienda.

En la habitación del hijo encontraron prendas de vestir manchadas de sangre; coincidían plenamente, en color y características, con las descritas por los testigos.

Aquellas prendas fueron incautadas de inmediato como evidencia.

Al ser interrogada, la señora relató que su hijo había llegado horas antes, permaneció apenas diez minutos en casa y luego salió nuevamente, sin dar explicación alguna sobre su destino.

Con más efectivos desplegados, se intensificó la búsqueda. A las tres de la madrugada, a la altura de un parque, fue finalmente ubicado en compañía de unos amigos.

Un testigo que se desplazaba en otro vehículo lo reconoció de inmediato. Z no tuvo dudas: era él.

Lo hizo subir al patrullero y lo encaró con firmeza:

—Sabes lo que has hecho, ¿verdad?

Esperaba una respuesta temerosa, una negación automática. Pero lo que escuchó lo heló.

Con una frialdad perturbadora, el sujeto respondió:

—Sí sé lo que hice. Los estuve esperando. Más bien, se han demorado.

La indignación fue inmediata.

—¿Ni siquiera te arrepientes? —le increpó, alzando la voz—⁠. ¡Has destrozado la vida de un hombre y la de su familia!

No hubo reacción. Ningún gesto de culpa. Solo una frase seca:

—Procedan conforme a ley. No diré nada más hasta que llegue mi abogado.

Z respiró hondo. No le siguió el juego. Sabía que lo esencial estaba hecho y que el sujeto iba a terminar preso.

Procedió a comunicarle su detención por el delito contra la vida, el cuerpo y la salud: tentativa de homicidio calificado con subsecuentes lesiones graves por arma blanca, en agravio de un hombre que, en ese momento, luchaba por su vida en la unidad de cuidados intensivos del hospital.