Las primeras pesquisas
Amparado únicamente en su formación teórica, Z asumió el control de la investigación en el lugar de los hechos.
Lo primero fue proteger y aislar el ingreso al baño: la escena del crimen.
Sabía perfectamente que, conforme a ley, debían intervenir el fiscal y los peritos de criminalística.
Allí enfrentó su primer gran dilema profesional.
La zona era extremadamente alejada; dichas autoridades se encontraban en la ciudad y rara vez se desplazaban hasta ese distrito.
Estaban a más de ocho horas de viaje por carretera y, dada la hora, resultaba materialmente imposible su llegada.
No había alternativa. Z entendió que debía asumir una responsabilidad que, en circunstancias normales, no le correspondía plenamente. Consciente del peso de cada decisión, inició las diligencias.
Procedió primero a entrevistar a los adultos mayores que se encontraban en el comedor.
Sus testimonios coincidían con una inquietante precisión.
Relataron que un joven de aproximadamente treinta años, de contextura delgada, tez blanca y alrededor de 1,70 metros de estatura, ingresó al local y se sentó a compartir la mesa con ellos.
Conversó con naturalidad; nada en su comportamiento despertó sospechas. Todo parecía normal.
Sin embargo, cuando uno de los adultos mayores —el agraviado— se levantó para ir al baño, el sujeto lo siguió a corta distancia.
En el trayecto se desvió hacia la cocina, ubicada junto al baño, tomó un cuchillo y luego ingresó detrás de la víctima.
Segundos después, comenzó a acuchillarlo sin piedad.
Tras el ataque, salió corriendo por la avenida y desapareció.
El comedor quedó sumido en el shock, paralizado por el horror.
Estas versiones fueron corroboradas no solo por los comensales, sino también por los cocineros, quienes afirmaron haber visto al agresor tomar el cuchillo de la cocina.
Acto seguido, Z realizó una inspección minuciosa de la escena del crimen, en presencia de testigos, para dotar de mayor veracidad a la diligencia.
Tomó diversas fotografías que registraban el estado exacto del lugar y efectuó un reconocimiento detallado.
Fue entonces cuando, dentro de un tacho de basura, halló el arma del delito: un cuchillo aún impregnado de sangre.
El cocinero lo reconoció de inmediato como el mismo que había sido sustraído durante el ataque.
Con extremo cuidado, Z lo sujetó por los extremos del mango, permitió que la sangre se secara y lo colocó en una caja de cartón, la cual fue debidamente lacrada y registrada en la cadena de custodia.
Mientras las horas avanzaban y la noche se hacía más densa, Z no lograba estar tranquilo.
Su instinto le decía que el autor estaba cerca.
Una idea martillaba su mente con insistencia: «El que busca, encuentra».
No se permitió descansar. Junto a dos efectivos, continuó indagando entre las aproximadamente veinte personas que habían estado en el comedor.