Crónicas de Homicidios El mismo patrón
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El mismo patrón

Se comunicó el hecho al fiscal y se dispuso el levantamiento del cadáver.

Ante la ausencia de médicos legistas en la zona, se coordinó con un médico cirujano del hospital, quien diagnosticó como causa presuntiva de muerte un traumatismo craneoencefálico por objeto contuso. El cuerpo fue trasladado a la ciudad para la necropsia de ley.

La investigación se activó de inmediato. El bastón fue remitido al laboratorio criminalístico. Se entrevistó a la familia y se reconstruyó la línea de tiempo. Así se identificó a la última persona que había visto con vida a la anciana: una joven cuidadora.

Ella relató que ese día, alrededor de las cuatro de la tarde, un joven tocó la puerta. Se presentó como enfermero y dijo venir a realizar controles rutinarios.

Como efectivamente un enfermero solía acudir semanalmente, no dudó. El sujeto le indicó que podía retirarse, que él se quedaría hasta que llegara algún familiar. Ella se fue.

Más tarde se confirmó que ningún enfermero tenía una visita programada para ese día.

La descripción física golpeó la memoria de Z. Era demasiado familiar. Recordó al alias Loco. Sin perder tiempo, revisó su archivo personal de fotografías. Cuando la cuidadora vio la imagen, lo reconoció sin dudar.

El peor temor de Z se confirmó.

Fueron a su domicilio. Lo encontraron saliendo con total tranquilidad.

—¿Otra vez, agente? —dijo sonriendo—⁠. ¿Y ahora qué se ofrece?

—Ahora sí llegó tu hora —respondió Z, y procedieron a engrilletarlo.

Durante el traslado, intentó hacerlo hablar. Le recordó que no podía ir a prisión, que eso jugaba a su favor. El sujeto lo miró fijamente y, con absoluta frialdad, confesó:

—Yo lo hice. Y no lo voy a negar. Métame preso, porque, si no, voy a seguir en lo mío.

No había delirio. No había confusión. Había conciencia.

El caso fue asegurado hasta el último detalle. Cámaras, recorridos, horarios, vestimenta. Todo encajaba. Z fue más allá y descubrió un patrón: las víctimas tenían relación previa con la madre del agresor. Aquella mente no actuaba al azar.

Bajo custodia, el sujeto terminó revelando su lógica distorsionada: decía que adelantaba la muerte de ancianos, que actuaba «a su favor».

No eran los únicos, afirmó. Había más víctimas.

Por ello, Z comprendió que definitivamente no podía permitir que aquel criminal volviera a salir libre a las calles.

Mientras observaba al alias Loco ingresar a la carceleta de la comisaría —esta vez ya no por una tentativa, sino por un homicidio consumado—⁠, ocurrió algo que terminó de disipar cualquier duda.

Los demás detenidos comenzaron a quejarse de manera insistente: decían tenerle miedo. No era el temor común del encierro ni la tensión habitual entre detenidos.

Hablaban de su mirada fija y penetrante, de su silencio prolongado, de una presencia que perturbaba la frágil calma del calabozo.

Algunos aseguraban que los observaba durante la noche, inmóvil, como si estudiara cada gesto.

Ese miedo colectivo no pasó inadvertido para Z. Le recordó, con crudeza, que no estaba frente a un hombre sin juicio ni a un demente dominado por el caos, sino ante alguien peligrosamente lúcido, consciente de lo que hacía y del efecto que provocaba en los demás.