Crónicas de Homicidios Mirando desde la orilla
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Mirando desde la orilla

Sus primeros destinos fueron comisarías.

Días marcados por patrullajes rutinarios, papeleo interminable y conflictos familiares que estallaban a medianoche.

Intervenciones que empezaban con urgencia y terminaban diluyéndose sin atacar el fondo del problema, dejando siempre una incómoda sensación de incompletitud, de trabajo a medias.

Desde la distancia, observaba a las unidades emblemáticas de investigación: narcotráfico, homicidios, secuestros, entre otras.

No era solo curiosidad… era admiración. Veía cómo operaban con una precisión casi quirúrgica: llegaban a la escena, aseguraban el lugar, levantaban indicios que para otros pasaban desapercibidos y reconstruían cada detalle hasta desentrañar el fondo del problema.

No se quedaban en la superficie. Iban más allá.

Y los resultados hablaban por sí solos. Casos complejos que encontraban respuesta, historias fragmentadas que lograban ordenarse, responsables que finalmente eran ubicados y capturados.

Había método. Había técnica. Había propósito. Pero, sobre todo, había algo que lo marcaba profundamente: la certeza de que detrás de cada acción existía un sentido real de justicia.

Eso era lo que lo atraía. Eso era, exactamente, donde quería estar.

Él, en cambio, seguía en la orilla. Cumpliendo lo necesario, resolviendo lo inmediato, entregando lo básico. Mientras tanto, la verdadera investigación —la que exigía análisis, intuición y profundidad— pasaba frente a sus ojos, sin que aún pudiera alcanzarla.

Luego vino su traslado a provincia. Asumió la jefatura de una comisaría en la sierra, en un distrito tan remoto que apenas aparecía en los mapas; un lugar donde los días transcurrían lentos y el trabajo policial se reducía, casi siempre, a conflictos vecinales,

discusiones familiares y denuncias sin mayor trascendencia.

Nada hacía presagiar que allí enfrentaría su primer caso de investigación.