El origen del investigador
De joven, Z encontraba una inquietud extraña en las series policiales: CSI, Sherlock Holmes, Mentes criminales… Cada caso por resolver le daba la ilusión de que la verdad siempre acechaba bajo la superficie y de que el mundo tenía un orden secreto.
Con el tiempo, esa inquieta necesidad de comprender lo inexplicable lo llevó a convertirse en policía e investigador de crímenes.
Solo entonces descubriría que la realidad era mucho más cruel.
En la vida real, la verdad no espera a ser encontrada ni asoma por sí sola: se esconde bajo la superficie.
Allá afuera, el orden es frágil. Cada caso era un rompecabezas, pero algunos tenían piezas manchadas que muchos preferían no tocar.
Pero, más que la televisión, quien realmente marcó su vida fue su padre.
Un policía íntegro y respetado, cuya expresión severa parecía llevar grabadas las huellas de una trayectoria forjada en algunos de los momentos más duros que vivió el país: una época de violencia y caos que arrebató miles de vidas inocentes.
No hacía falta que hablara demasiado para entender lo que había vivido; bastaba observar el respeto con el que sus amigos y colegas lo trataban para comprender la dimensión de su camino.
Aquella admiración fue la chispa que lo impulsó a seguir sus pasos. Y parte de esa historia, de esas vivencias y enseñanzas, quedó plasmada en el libro Volver a vivir, escrito por su padre, Oscar Zapata.
Esta obra recoge fragmentos de su vida y de la experiencia que marcó a toda una generación.
Ingresó a la Escuela de Oficiales de la Policía Nacional con una convicción firme: algún día investigaría los crímenes más complejos.
Fueron cinco años de internado, de exigencia constante, de disciplina física y rigor intelectual, durante los cuales forjó no solo conocimientos, sino también carácter. Salió preparado, o al menos eso creía.
Pero al pisar las calles entendió otra verdad.
La institución decidía el destino, no los sueños.
El oficial recién egresado no elegía: salía «todista», como se decía en la jerga, listo para cumplir cualquier función que el Estado exigiera.
Y ahí, lejos de las aulas, descubrió que nada era como lo había imaginado.
Porque, en la vida real, el trabajo no tenía adornos: era duro, directo y, muchas veces, implacable.