Capítulo 42
Florian avanzaba con paso pesado por la casa de Schleyer, como aturdido.
Sus pensamientos giraban únicamente en torno a Julia y al bebé que llevaba en el vientre.
El bebé de los dos. Bajó a trompicones unos cuantos escalones hasta el sótano y entró en el agujero oscuro donde Schleyer había retenido a sus víctimas.
No reparó ni en el colchón apestoso ni en el pan enmohecido.
Solo veía a Julia ante sí, tendida en el hospital.
Pálida y agotada, con la frente manchada de sangre.
Había chocado contra el volante y se había herido pese al airbag.
Por suerte, su vida no corría peligro. Aun así, de momento los médicos no se atrevían a dar un pronóstico definitivo sobre el bebé.
Florian habría preferido quedarse junto a Julia, pero ella lo había mandado marcharse.
Tenía que salvar a la última mujer que quedaba, la que Julia había descubierto en la foto de la habitación de Thea.
Si era del todo sincero consigo mismo, no se sentía capaz.
El accidente de coche de Julia lo había cambiado todo.
La preocupación por ella y por la criatura casi lo mataba.
—Compañero, venga, no pongas esa cara —refunfuñó Martin a su espalda y le dio una palmada en el hombro—. Julia está en buenas manos. Ahora mismo no puedes hacer nada por ella.
—Podría estar a su lado —replicó Florian.
Martin puso los ojos en blanco.
—Ella está bien. Lenja está sentada junto a su cama. Al menor problema nos llamará. Vamos a buscar a esa mujer.
Florian suspiró. Martin tenía razón. No le quedaba otra que esperar.
Podía considerarse afortunado de que todo hubiera salido tan bien.
El doctor Schoenfelder había salido de la clínica detrás de Julia y la había seguido en coche.
Había reconocido a Schleyer en el asiento trasero del vehículo de Julia y había avisado a Florian del secuestro.
Schoenfelder no los perdió de vista en ningún momento y fue guiando a Florian por teléfono hasta la carretera por la que circulaba Julia.
De ese modo consiguieron llegar hasta allí de inmediato, junto con el médico de urgencias, y poner en marcha el rescate.
Schleyer, en cambio, estaba en coma. Había sufrido un traumatismo craneal potencialmente mortal.
Nadie sabía si volvería a despertar alguna vez.
Florian no tenía claro si le deseaba a aquel tipo la muerte o la cárcel para el resto de sus días.
Aquel hombre había apagado tantas vidas que le costaba sentir por él siquiera una chispa de compasión.
El asesinato de su exnovia Mia Wildenbrock le había trastornado la vida por completo, de eso no cabía duda.
Pero eso no justificaba quitarles la vida a otras personas.
Paseó de nuevo la mirada por el sótano y reparó en la suciedad del suelo, en las manchas de sangre y en el hedor a excrementos.
Se apartó con asco. El equipo de intervención ya había registrado el edificio en busca de más personas.
Aparte de Thea Riethausen, en la casa no había nadie.
Unos cuantos compañeros trabajaban febrilmente para averiguar el nombre de la última mujer de la foto.
A Thea Riethausen la habían sedado con medicación y estaba de nuevo al cuidado del doctor Schoenfelder.
En las horas siguientes no estaría en condiciones de declarar.
Florian subió a la planta baja y examinó una estantería de libros del salón mientras Martin se ocupaba del dormitorio.
—Suba un momento, por favor —gritó de pronto Anna Schubert, que se había presentado enseguida con su equipo de la policía científica.
Florian subió deprisa la escalera y echó un vistazo a la foto que le tendía Anna Schubert.
Era la misma imagen que Julia había encontrado en el monedero de Thea Riethausen.
En ella aparecían seis chicas jóvenes. Todos los rostros estaban tachados con una cruz salvo el de Mia Wildenbrock y el de Thea Riethausen. También el de la desconocida.
—Me temo que no es buena señal —observó Florian.
—Yo creo que no —afirmó Anna Schubert y abrió un libro.
—El malnacido llevaba un diario. La sexta mujer de la foto se llama Sonja Obermeier y, por desgracia, parece que hemos llegado demasiado tarde.
Florian repasó las líneas por encima y negó con la cabeza.
—Maldita sea —renegó—. ¡Ese malnacido lo va a pagar! —Sostuvo el libro de modo que Martin también pudiera leerlo.
Sonja Obermeier había muerto igual que las tres mujeres anteriores a ella.
Schleyer la había secuestrado, la había atiborrado de drogas y de alcohol y después la había hecho caminar descalza sobre los cristales rotos.
A continuación la había obligado a vestirse de nuevo.
La había llevado en coche hasta el Rin y allí la había empujado al agua fría.
Todas ellas debían morir exactamente igual que Mia Wildenbrock diez años atrás.
—Por cierto, los cristales rotos están fuera, en el jardín —señaló Anna Schubert—. Quizá quiera echarles un vistazo antes de que mi gente los recoja.
Florian bajó la escalera hasta la planta baja sin dejar de mirar de reojo el diario.
Carsten Alexander Schleyer había dejado constancia de sus actos con minuciosidad.
Les había colocado los cinturones de castidad a las mujeres porque las consideraba a todas unas zorras juerguistas que se echaban al cuello de cualquier hombre.
A ojos de Schleyer, si se hubieran interesado menos por las fiestas y se hubieran ocupado más de Mia, el asesinato de Mia no habría ocurrido jamás.
Además, les echaba la culpa a las amigas de Mia Wildenbrock de que ella lo hubiera dejado.
Para su asombro, Florian comprobó que, en el momento del asesinato, la ruptura se remontaba ya a dos años atrás.
Schleyer había seguido esperando que algún día Mia volviera a su lado y se casara con él.
Incluso había ya una fecha. La había vigilado constantemente y había anotado con qué otros chicos había quedado.
La noche del asesinato también había visto a las amigas ir a la discoteca y a Thea unirse a ellas un poco más tarde.
Él, en cambio, no entró en el club. Por eso la policía tampoco lo interrogó después como testigo, pese a que también era alumno de bachillerato en el instituto Erich Kaestner.
Florian suspiró. Si su nombre hubiera aparecido en el expediente, quizá aún habrían podido salvar a Sonja Obermeier. La vida le parecía injusta.
Cerró el libro y echó un vistazo al jardín.
Se le heló la sangre en las venas. Una cinta centelleante de cristales rotos y afilados se extendía a lo largo de unos cinco metros.
Florian prefería no imaginarse el dolor que habían soportado aquellas mujeres pese al alcohol y las drogas que llevaban en la sangre. El miedo que debían de haber pasado.
—Ese tío es un asesino en serie sádico —gruñó Martin a su lado—. Espero que no despierte nunca del coma.