Epílogo
Tres semanas después
—Siento que no llegáramos a tiempo y que ya no pudiéramos ayudar. —Julia contempló con tristeza el cuerpo sin vida.
Florian asintió, consternado, y Lenja le pasó a Julia un brazo por los hombros.
—Es horrible —susurró Lenja—. La de sufrimiento que ha causado ese malnacido.
Julia respiró hondo y cogió el bisturí.
—Deberíamos empezar —dijo, e inició la incisión.
Una fina línea roja se dibujó sobre el cuerpo desnudo que yacía en la mesa de autopsias.
Julia sabía de antemano lo que le esperaba.
Ninguna sorpresa: Sonja Obermeier también había muerto igual que las otras tres mujeres antes que ella.
Su cadáver había sido arrastrado hasta la orilla del Rin apenas la noche anterior y descubierto por un paseante.
Mientras Carsten Alexander Schleyer seguía en coma, la policía preparaba la acusación contra Mirco Kuehnert, que cumpliría cadena perpetua por el asesinato de Mia Wildenbrock y la violación de Thea Riethausen.
Completamente absorta en sus pensamientos, Julia empezó a abrir la cavidad abdominal de la muerta y a extraer un órgano tras otro.
Al menos Thea Riethausen había sobrevivido.
Según el doctor Schoenfelder, había muchas probabilidades de que ahora volviera a tomar las riendas de su vida.
Julia no pudo evitar una sonrisa y sacó el estómago para depositarlo en una bandeja de acero inoxidable.
Ella también le debía mucho al doctor Schoenfelder.
Sin él jamás la habrían rescatado tan deprisa del coche accidentado.
Menos mal que había reconocido a Schleyer en el asiento trasero del coche de Julia.
El doctor Schoenfelder sabía que Schleyer era un individuo peligroso.
Marcado por la autocompasión y el narcisismo.
Lo había tratado por la supuesta muerte de su hermana pequeña y desde hacía tiempo albergaba serias dudas sobre su sinceridad.
Schleyer giraba exclusivamente en torno a sí mismo.
Los sentimientos de los demás no los percibía en absoluto.
—Ahora sigo yo sola. Dirk Possnitz está de camino y me echará una mano con el resto del trabajo —dijo Lenja de pronto, y arrancó a Julia de sus pensamientos.
—¿Por qué no iba a terminar yo la autopsia? —Julia miró a Lenja, sorprendida.
Florian le quitó a Julia el bisturí de la mano y lo dejó sobre la mesa.
—Sé que vives para este instituto. Pero enseguida tenemos una cita importante —susurró, y sin más tiró de ella hacia la salida.
—Ahora no digas nada —le pidió cuando ella quiso protestar. La condujo fuera del instituto, hasta su coche.
—¿Adónde vamos? —Julia habría dado media vuelta de buena gana, pero algo en la expresión de Florian se lo impidió.
—A mi casa.
—Eso también podemos hacerlo más tarde. Me habría gustado terminar el trabajo como es debido. —Julia notó que el enfado le crecía por dentro con cada metro que los acercaba al piso de él.
—Si tanto te importa, puedes volver enseguida al instituto. Aunque en realidad deberías recuperarte de todo este estrés horrible.
Julia no replicó. Sabía lo que le habían aconsejado los médicos. Después del accidente había pasado tres días enteros en el hospital. No le gustaba recordarlo. Aquellas horas de angustia las borraría de buena gana para siempre de su memoria.
Florian aparcó el coche y le abrió a Julia la puerta de su edificio. En contra de su costumbre, Julia cogió el ascensor hasta la quinta planta.
—Venga, dime ya, ¿qué te traes entre manos? No me tengas más en ascuas.
—Tú entra —dijo Florian sonriendo. Le cogió la mano y la llevó hasta su despacho—. Abre la puerta.
Julia lo miró dubitativa. Bajó el picaporte y abrió la puerta de la habitación. Le llegó un olor a pintura fresca. Entró, miró a su alrededor y notó que se le saltaban las lágrimas de alegría.
—¿Qué has hecho? —Perpleja, vio que habían desaparecido las estanterías de Florian, el escritorio con su queridísimo ordenador e incluso la espantosa alfombra gris.
Las paredes estaban recién pintadas de un suave verde claro y junto a la ventana había un mueble.
Al verlo, Julia se acarició el vientre sin darse cuenta.
—Pero le falta el dosel —dijo emocionada y señaló la cuna.
—Es que todavía no sé si será niño o niña —replicó Florian con una sonrisa traviesa. Fue hasta el cambiador y sacó un dosel azul y otro rosa.
—Me he preparado para los dos casos. —Se acercó a Julia y la estrechó entre sus brazos—. Espero que te parezca bien que al principio vivamos los tres en mi casa. Yo tengo el piso más grande.
A Julia casi le dio un vahído de felicidad.
Aún no se había parado a pensar en eso. Simplemente se había alegrado de que su bebé estuviera bien después del accidente.
Su vida estaba cambiando a una velocidad vertiginosa.
No tenía ni idea de cómo sería convertirse de pronto en madre.
Solo sabía una cosa: amaba a aquel pequeño ser que llevaba en el vientre y al hombre con el que pronto formaría una familia.
FIN