Capítulo 41
Thea se había preparado. Estaba agazapada sobre el colchón, armada con un cable eléctrico.
Lo había sacado de la lámpara del rincón, la que en principio debía alumbrarla.
Pero ella prefería la oscuridad. A esas alturas era una vieja conocida y le resultaba de sobra familiar.
Desde hacía diez años, las tinieblas la acompañaban sin tregua y la arrastraban una y otra vez a profundidades dolorosas.
Ya no le tenía miedo, ni a la oscuridad ni a la muerte.
De todos modos, había muerto en aquel instante en que empujaron a Mia desde el puente y, poco después, una segunda vez, cuando el monstruo la penetró y le arrebató toda la seguridad de una existencia despreocupada.
Quería vivir, ahora que podía recordar. Y si tenía que morir, al menos no sería sin oponer resistencia.
Cuando Thea oyó los pasos que bajaban imparables por la escalera, se apostó detrás de la puerta.
Alex, alias Carsten, no la encontraría llorando sobre el colchón mohoso, como él esperaba.
Hacía mucho que se le habían acabado las lágrimas.
Y de una cosa estaba segura: por mucho que Mia lo hubiera querido entonces, jamás habría deseado que todas sus amigas murieran.
Thea aguzó el oído y se preguntó extrañada por qué de pronto había tanto silencio fuera. ¿Por qué se quedaba parado delante de la puerta? ¿Sabía lo que ella tramaba? Tensó los músculos y se propuso echarle el cable al cuello en cuanto entrara. Tarde o temprano tendría que entrar.
En tensión, lo oyó trastear con la puerta. ¿Habría extraviado la llave?
Y entonces todo pasó a una velocidad de vértigo.
La puerta se abrió de golpe. Entró. Thea se lanzó sobre él e intentó pasarle el lazo por la cabeza.
Solo lo consiguió a medias. Él se dio la vuelta, le arrancó el cable de la mano y la agarró por los hombros.
Resoplaba con tanta fuerza que ella creyó que iba a matarla de un momento a otro.
Pero, de forma totalmente inesperada, la soltó.
—La tengo —gritó, y en ese mismo instante a Thea le extrañó su voz. No encajaba con él.
—No tenga miedo, Thea. ¡Está a salvo!
Thea se quedó mirando fijamente al hombre, que no era Alex en absoluto. Se había transformado y seguro que quería volver a engañarla. Ella levantó las manos y se las apretó contra el cráneo. Se le venían encima demasiadas impresiones a la vez. Pero de repente oyó una voz familiar.
—Déjeme pasar hasta ella. Me conoce.
—Doctor Schoenfelder —exclamó Thea con asombro, y se dejó caer desconcertada en sus brazos.