Capítulo 40
Julia pensaba desesperadamente en qué podía hacer.
Pero, eligiera lo que eligiera, todas las opciones ponían en peligro al bebé que llevaba en el vientre.
Podría estrellarse a propósito contra un árbol o dar un frenazo en seco.
Las probabilidades de sobrevivir le parecían bastante altas.
Schleyer no llevaba puesto el cinturón. Lo había visto por el retrovisor.
Pero ¿sobreviviría a un accidente así la pequeña criatura que llevaba dentro?
Dudó. Por otro lado, en cuanto Schleyer la arrastrara a su piso o a cualquier otro sitio, sus posibilidades se reducirían considerablemente.
Entonces estaría completamente a su merced.
Cierto que podría intentar escapar en cuanto pararan y bajaran del coche.
Pero Schleyer era corpulento y tenía a tres mujeres sobre su conciencia.
Quizá incluso a cuatro, porque no sabía qué había hecho con Thea Riethausen.
Las mejores cartas las tenía Julia dentro del coche.
Ella llevaba el cinturón puesto y él no. Tenía que aprovechar esa ventaja.
Sintió un retortijón en el vientre. Dudó y levantó el pie del acelerador.
—Vaya más deprisa. Sé lo que pretende. Quiere ganar tiempo porque cree que la policía puede salvarla. Olvídelo y punto. Así no funcionan las cosas en la vida. —Schleyer la fulminó con la mirada por el retrovisor.
Julia volvió a acelerar.
—¿Dónde está Thea? —preguntó, y observó su expresión.
Una sombra le cruzó el rostro y Julia ya se temió lo peor.
—Vamos a donde está ella. De momento sigue bien, por si le preocupa.
—¿Qué quiere usted de Thea? —siguió sonsacándole Julia.
—Tiene a mi prometida sobre su conciencia.
Mia y yo íbamos a casarnos hace dos semanas.
¿Lo sabía? —Soltó una risa de frustración—.
Ya en la guardería queríamos casarnos. Estábamos hechos el uno para el otro.
Era el amor de mi vida, y me la arrebataron porque sus amigas, tan encantadoras y tan amantes de la fiesta, no cuidaron de ella.
No se enteraron de que Mia había salido corriendo del club.
A ninguna le pareció necesario seguirla e impedir que ese puñetero tipo la tirara al Rin y le rompiera el cuello.
—Thea la siguió —intervino Julia con cautela—. Durante los últimos diez años ha revivido una y otra vez la pesadilla de estar allí al lado sin poder hacer nada. Eso la ha destrozado. ¿Qué gana usted con castigarla?
Schleyer resopló con desprecio.
—¿Que qué gano? Se lo debo a Mia, maldita sea. Alguien tiene que encargarse de que se haga justicia. ¿No le parece?
—Mirco Kuehnert tiene a Mia sobre su conciencia, no Thea —constató Julia en voz baja—. Y él violó a Thea.
—Una injusticia no puede compensarse con otra.
Verá, todos estos años he intentado perdonar, olvidar y pasar página de algún modo.
Pero, cuando se acercó la fecha de la boda que habíamos planeado, comprendí que no podía seguir ahí sentado sin hacer nada.
No es justo que Mia esté muerta bajo tierra y que mi vida esté completamente destrozada mientras los culpables siguen con su vida sin mancha alguna, como si no hubiera pasado nada.
Julia se tragó la réplica que tenía en la punta de la lengua. Thea Riethausen no había seguido con su vida sin más. Había sufrido, y no poco. Le lanzó a Schleyer una mirada fría.
Él iba sentado detrás y sonreía.
—Seguro que también quiere saber por qué voy a matarla a usted también.
Julia no respondió. No sentía miedo por su propia muerte. Solo por la vida aún no nacida que llevaba en el vientre.
—Volví a colarme en la clínica para llevarme el móvil de Thea.
Nos escribíamos de vez en cuando y eso, al fin y al cabo, no le importa a nadie.
Pero usted anduvo husmeando en su habitación.
Y, sea lo que sea que haya descubierto en su teléfono, ahora seguirá siendo nuestro secreto.
Y además ha conseguido usted que Thea recuerde.
Tarde o temprano me habría reconocido, y entonces yo habría estado perdido.
Por su culpa se me han desbaratado los planes.
He tenido que quitar a Thea de en medio antes de tiempo.
Las mujeres como usted, que creen saberlo todo mejor que nadie, no tienen cabida en este mundo.
Aquel hombre estaba completamente ido. Julia tenía que detenerlo o las mataría a todas. En el retrovisor lateral vio el destello de un coche. Aquella era la oportunidad, porque el conductor podría ir a buscar ayuda.
Respiró hondo. Ahora o nunca.
Julia pisó el freno con todas sus fuerzas.
Sujetó el volante con firmeza y no lo soltó ni siquiera cuando el coche empezó a dar bandazos.
Schleyer salió despedido hacia delante como un cohete y se estrelló de lleno contra el asiento del copiloto.
El Golf de Julia giró sobre su propio eje.
Notó cómo el cinturón de seguridad se le clavaba en el vientre.
Después el coche se detuvo y, por un momento, nada se movió.
Julia no era más que dolor. A lo lejos percibió una sirena. Su puerta se abrió de golpe. Aturdida, reconoció al doctor Schoenfelder, que la miraba con preocupación.
—¿Está usted ilesa?
Julia no pudo contestar. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le empañó la vista.
El doctor Schoenfelder le soltó el cinturón de seguridad y la sacó del coche. La llevó en brazos hasta el arcén, y entonces Julia oyó la voz de Florian y a los sanitarios que se ocupaban de Schleyer.
—¡Julia!
Florian se precipitó hacia ella.
—¿Estás herida?
—Creo que no —musitó—. Estoy bien. Espero que nuestro bebé también.
Florian abrió los ojos de par en par. En su cara se mezclaban el espanto y la sorpresa. La cogió en brazos y la llevó hasta la ambulancia.
—Todo va a salir bien —alcanzó a oír Julia, y entonces la envolvió una negrura sorda.