Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 38
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Capítulo 38

El ojo derecho de Thea estaba hinchado y cerrado.

Gimió y se palpó la herida con cuidado. No parecía nada grave.

Se tanteó los labios y los dientes. Un incisivo se le movía y el labio superior se le había hinchado hasta duplicar su tamaño.

Además, le dolía el tobillo izquierdo. Un latido sordo le recordaba la caída delante del muro de la clínica, cuando el hombre la tiró al suelo.

El hombre. Thea sacudió la cabeza con cansancio.

Tendría que haberlo sabido desde el principio.

Alex le había resultado tan familiar nada más verlo.

Había querido revelarle todos sus secretos, y ahora sabía también por qué.

Lo conocía. Solo que su memoria le había jugado una mala pasada.

Y también el pelo de él, corto y teñido de oscuro.

Antes lo había llevado largo y rubio. Además, ahora tenía diez años más y llevaba barba de tres días.

Probablemente ni siquiera Mia lo habría reconocido.

A su prometido, como lo llamaban entonces.

Ya en la guardería los dos habían estado siempre juntos.

Habían sido la pareja inseparable del instituto, al menos hasta que Mia lo dejó.

Ella tenía entonces quince o dieciséis años.

Alex nunca había querido aceptarlo. Por lo visto, todavía no.

Sus palabras le daban vueltas en la cabeza.

Durante horas le había estado hablando sin parar.

Todavía no podía creérselo. Se había arrimado a ella en la clínica solo para sacarla de allí con engaños y tenerla en su poder.

Y ahora la había encerrado en un sótano apestoso.

Toda la historia que le había contado sobre la muerte de su hermana era una patraña de principio a fin.

Pero lo peor era que le echaba a ella la culpa de la muerte de Mia.

Thea tendría que haber cuidado de ella en la fiesta.

Pero si lo había hecho. Había seguido a Mia.

Se secó una lágrima de la mejilla. Ojalá se hubiera quedado en casa aquel día y hubiera estudiado para el examen.

Porque así había empezado exactamente aquel día, diez años atrás.

Estaba sentada al escritorio y se moría de calor.

Se había comido un helado tras otro y se había peleado con un libro.

Por aquel entonces, Thea estaba haciendo la formación profesional de administrativa.

Por eso aquella noche no tenía ninguna gana de ir al Cats .

Le había dicho a Mia que no iba. Total, últimamente ya apenas se veían.

Hacía mucho que no tenía contacto con las demás chicas de su pandilla.

Thea se sentía excluida porque no había conseguido entrar en el instituto de bachillerato.

Ella y Mareike, aunque a esta no parecía importarle.

Mientras que Mareike seguía pegada todo el rato a las otras chicas, Thea hacía su propia vida.

Claro que Alex no se había enterado de que Thea ya no formaba parte de la pandilla. Para él seguían siendo inseparables. Como si aún tuvieran catorce años. Seis chavalas a la caza de aventuras y de tíos molones.

Thea sacudió la cabeza. No cambiaba nada, porque aquel día había acabado yendo al Cats .

En algún momento no había aguantado más en el escritorio.

Cuando llegó al club, empezó a emborracharse.

Luego vio a Mia en la pista de baile y se unió a ella.

No sabía dónde estaban las otras chicas.

Seguramente estaban en la barra, una planta más arriba.

Thea no llegó a ver a ninguna. Se perdió por completo en la música y, de repente, Mia había desaparecido.

Alguien le dijo que estaba fuera. Thea salió del club, pero no consiguió encontrarla.

Fue hasta el parque y llamó a Mia a gritos.

Más tarde descubrió a su amiga en el puente.

Con ella había un hombre: Mirco Kuehnert.

Antes incluso de que Thea pudiera hacer nada, él la empujó por encima de la barandilla a las profundidades del Rin.

Thea estaba tan borracha que no pudo huir lo bastante deprisa.

Cuando Kuehnert la vio, salió tras ella.

Thea bajó corriendo del puente. Se cayó delante de los contenedores de vidrio y se hizo daño.

Kuehnert la agarró y la arrastró al interior de su coche.

Fueron hasta un prado cualquiera y allí la violó en el maletero de su ranchera.

Cuando terminó con ella, se limitó a soltar una risa miserable y se marchó a toda velocidad.

Thea ya no recordaba cuánto tiempo había vagado después por la zona. Al día siguiente, una mujer la recogió y la llevó a la policía. Desde allí la ingresaron en un hospital. Su vida había muerto con Mia y todos los recuerdos se habían borrado.

Y ahora aparecía Alex —o Carsten, en realidad—, la secuestraba y quería castigarla. Porque ella cargaba con la culpa de la muerte de Mia. ¿No había sufrido ya bastante?

Oyó en su cabeza la voz del doctor Schoenfelder:

«Usted no tiene la culpa de lo que ocurrió. No puede controlar a los demás. Así que mire hacia delante y tome las riendas de su vida. No puede recuperar a su amiga ni hacer que la violación no haya ocurrido. Imagínese su futuro, Thea. Se lo merece.»

Se levantó de un salto del colchón manchado y corrió hacia la puerta. Zarandeó el picaporte y pidió socorro a gritos. No se rindió y gritó una y otra vez, hasta desplomarse ronca y agotada. Ni un alma la encontraría aquí.

A lo mejor el doctor Schoenfelder no había tenido razón después de todo.