Capítulo 37
Julia había salido temprano. El abogado de Mirco Kuehnert había avisado de que no llegaría hasta el mediodía, así que habían decidido que Julia volviera a hablar con Thea Riethausen.
El doctor Schoenfelder había insistido una vez más en que solo Julia podía hacerlo, porque Thea se encontraba en un estado inestable.
Florian y Martin Saathoff habían estado de acuerdo enseguida.
De todos modos, andaban hasta arriba con la preparación de las pruebas, así que podían repartirse el trabajo a la perfección.
Lenja ya estaba recuperada y se ocupaba de algunas autopsias con el doctor Neumann y el nuevo compañero, Dirk Possnitz.
Julia debía sacarle a Thea Riethausen toda la información posible, sobre todo acerca de las otras mujeres.
Quizá se hubieran producido más encuentros con Mirco Kuehnert que lo incriminaran.
Florian quería localizar a testigos de entonces.
Julia aparcó delante de la clínica y se dirigió a toda prisa a recepción, donde esta vez la recibió otra empleada. Ya conocía el camino al despacho del doctor Schoenfelder y fue derecha hacia allí, sin desviarse.
—Doctora Schwarz —la saludó el doctor Schoenfelder, que a esas alturas la trataba como a una vieja conocida—. Espero que tenga buenas noticias para mi paciente.
Julia asintió aliviada.
—Sí. Han detenido a Mirco Kuehnert esta noche. Si es posible, necesitaríamos pronto una declaración oficial de Thea Riethausen. Como su médico responsable, por supuesto que puede estar presente. Lo ideal sería tomarle declaración en la comisaría.
El doctor Schoenfelder llevaba la duda escrita en la cara.
—Espero que Thea se recupere pronto. Al principio pensé que el recuerdo del suceso nos permitiría elaborar lo vivido.
Pero, en lugar de eso, ahora la atormenta un sentimiento de culpa aún mayor.
Había reprimido por completo la muerte de su amiga.
Con toda franqueza, hasta ayer ni siquiera sabía que esa amiga existía.
Durante todo el tratamiento di por hecho que Thea se veía a sí misma cuando hablaba de la mujer del agua.
—Puso un gesto afligido—. Lo equivocado que puede estar uno, incluso con años de experiencia profesional.
—En su momento la policía tampoco vio la relación.
Del asunto se ocuparon dos departamentos distintos, y como a Thea no la encontraron hasta un día después y a varios kilómetros de distancia, nadie pudo intuir la conexión.
Además, entonces ella no mencionó que hubiera estado en la discoteca y por lo visto ninguno de los testigos se fijó en ella allí.
Si es que tampoco recordaba ya nada. Hasta ayer, cuando le enseñé la foto de Kuehnert.
—Eso, desde luego, ha roto su bloqueo de memoria.
Creo que, a fin de cuentas, contribuirá al éxito del tratamiento.
Haré todo lo posible por ayudarla y le mostraré un camino para sobrellevar la muerte de su amiga.
—El doctor Schoenfelder acompañó de nuevo a Julia al jardín de invierno.
Se dirigieron al sillón orejero en el que Thea se había sentado el día anterior, pero estaba vacío.
El doctor Schoenfelder miró a su alrededor con el ceño fruncido.
—Después de desayunar siempre viene aquí. Normalmente es puntual como un reloj. —Hizo una seña a una auxiliar de enfermería y preguntó por Thea.
—Hoy todavía no la he visto por aquí —respondió la mujer.
—Gracias. Vamos a echar un vistazo en su habitación. —El doctor Schoenfelder miró el reloj—. Dentro de media hora empieza su próxima sesión conmigo. A lo mejor se está arreglando un momento. Vamos a comprobarlo.
En el ala de las habitaciones de los pacientes, el doctor Schoenfelder se detuvo delante de la habitación treinta y uno y llamó a la puerta. Como no pasó nada durante más de un minuto, abrió con cuidado.
—Thea, ¿está ahí?
No contestó nadie. La habitación estaba vacía. La cama parecía revuelta y la ropa de Thea colgaba del respaldo de una silla.
—Parece que ha estado aquí esta noche —comentó Julia, asomándose a la habitación por detrás del doctor Schoenfelder.
—No entiendo dónde puede estar. Voy a preguntarle a la enfermera de guardia. Tenemos que buscarla. No vaya a ser que se haga algo.
Julia tragó saliva. La idea de que Thea pudiera hacerse algo la angustió. La cara del doctor Schoenfelder lo decía todo. Estaba seriamente preocupado.
—Será mejor que se quede aquí un momento. —Se precipitó pasillo abajo y dejó a Julia sola.
Con el corazón latiendo con fuerza, entró en la pequeña habitación y miró a su alrededor.
Julia había contribuido a que, desde el día anterior, Thea recordara a su violador.
No quería ni pensar en que se hubiera hecho algo.
Jamás sabría cómo sobrellevar algo así. ¿Bastarían entonces las pruebas para demostrar la culpabilidad de Kuehnert?
La declaración de Thea sería esencial, sobre todo para el asesinato de Mia Wildenbrock.
La mirada de Julia se posó en unas botas gruesas de invierno, debajo de la silla, y en un abrigo junto a la puerta.
Sin la ropa de abrigo, Thea no podía estar lejos.
Julia dio una vuelta completa sobre sí misma y se quedó petrificada. Muy despacio se acercó al armario.
—¿Thea? —preguntó en voz baja, y lo abrió.
En el armario colgaban un vestido y una chaqueta de entretiempo.
En los estantes se apilaban camisetas, jerséis y pantalones.
Julia descubrió un bolso pequeño. Dudó un instante, porque en realidad no quería husmear en las cosas de otra persona.
Pero Thea había desaparecido y tenían que encontrarla.
Julia cogió el bolso y sacó un monedero.
Miró dentro con curiosidad y del compartimento del fondo extrajo una foto viejísima y arrugada.
En ella se veía a un grupo de chicas jóvenes con sus vestidos de domingo, probablemente el día de la confirmación.
Le costó reconocer a Thea, que entonces llevaba el pelo largo.
Sus rasgos parecían mucho más suaves que ahora.
Su postura transmitía mucha más seguridad en sí misma.
A Julia, la chica que estaba al lado de Thea le recordó a Mia.
Julia entornó los ojos y examinó a las otras cuatro chicas de la foto.
Creyó reconocer entre ellas a las tres víctimas actuales.
Aunque no estaba segura. Si no se equivocaba, todas aquellas mujeres se habrían conocido entre sí.
Julia fotografió la imagen con su smartphone para que la judicial pudiera identificar a la sexta mujer y volvió a guardar la foto en el monedero.
Estaba a punto de echar un vistazo al baño cuando le llamó la atención el móvil que había sobre el escritorio.
Otro indicio de que Thea no podía estar lejos.
Lo cogió, pero el aparato le pidió un código.
Julia inspeccionó el escritorio. Debajo del protector de la mesa encontró un papelito amarillo con cuatro cifras.
Las tecleó y la pantalla se desbloqueó. Abrió los mensajes.
Un tal Alex le había escrito y había quedado con ella en el jardín de invierno.
De eso hacía dos días. Desde entonces Thea no había recibido más mensajes.
Julia revisó las fotos y se quedó desconcertada, porque conocía al hombre que aparecía en una de las últimas.
—¡Thea ha desaparecido! —El doctor Schoenfelder estaba de pronto detrás de ella. Del susto, a Julia casi se le cayó el móvil.
—Pero ¿qué hace ahí? ¿No estará usted husmeando en las cosas personales de Thea? —preguntó el doctor Schoenfelder. Le quitó el teléfono de la mano y carraspeó, asombrado—. Este es Alex. Me temo que entre él y Thea está surgiendo cierto afecto. Aunque él no le hace ningún bien.
—¿Alex? —replicó Julia, extrañada, y tocó la foto—. Que yo sepa, este hombre se llama Carsten. Carsten Schleyer.
Se notaba cómo le trabajaba la mente al doctor Schoenfelder.
—Tiene usted razón. Su nombre completo es Carsten Alexander Schleyer. Aquí lo llamamos Alex a secas. A lo mejor Thea está con él. Es paciente ambulatorio nuestro.
—¿Y por qué está en terapia? —En la cabeza de Julia se atropellaban los pensamientos.
Schleyer era uno de los dos testigos del asesinato de Mareike Hohmann.
A Julia se le cortó la respiración. Supuestamente era él quien había descubierto primero a la mujer.
El segundo testigo había llegado después y había ayudado a Schleyer en el muro del muelle.
La lógica la obligó a repasar el posible escenario.
Que precisamente el testigo del caso estuviera en tratamiento en esa clínica, que se hubiera hecho amigo de una de las víctimas y que todo eso fuera casualidad: Julia no podía creérselo.
¿No sería más bien que Carsten Schleyer, alias Alex, había empujado él mismo al agua a Mareike Hohmann y se había hecho pasar por testigo cuando alguien apareció por sorpresa en el lugar del crimen?
Para que no lo desenmascararan, había fingido que quería sacar a la mujer del agua.
Julia ni siquiera esperó la respuesta del doctor Schoenfelder.
—Si lo trata usted, ¿sabe por casualidad en qué colegio estudió Schleyer por última vez?
—Por lo que sé, en el instituto Erich Kaestner. ¿Por qué lo pregunta?
A Julia se le volvió a cortar la respiración.
—Se lo explico luego. Deme su dirección, por favor —pidió mientras marcaba ya el número de Florian.
—¿Florian? —preguntó ya al primer tono—.
Creo que tenemos al hombre equivocado, o más bien parece que hay otro autor.
Thea Riethausen ha desaparecido de la clínica y uno de los testigos, Carsten Schleyer, también está aquí en tratamiento.
Se ha hecho amigo de Thea y en la clínica lo conocen solo por su segundo nombre, Alex.
Fue al mismo instituto de bachillerato. Te envío una foto antigua de Thea y sus amigas.
Sospecho que las víctimas y Schleyer se conocían todos entre sí.
Con ese tipo hay algo que no cuadra. —Por el rabillo del ojo vio que el doctor Schoenfelder le anotaba la dirección de Schleyer en un papel.
—No vayas sola a su casa. Espera al equipo de intervención —dijo Florian, pero Julia ya ni lo escuchaba. Colgó, le arrancó el papel de la mano a un desconcertado doctor Schoenfelder y salió a toda prisa de la clínica.
La vida de Thea Riethausen corría peligro, si es que no era ya demasiado tarde. Julia se subió al coche. El motor tosió con el frío, pero acabó arrancando. Se puso el cinturón y metió la marcha atrás. Al mirar por el retrovisor, gritó horrorizada.
No estaba sola en el coche. Alguien la miraba fijamente desde el asiento trasero.
Carsten Alexander Schleyer la apuntaba con una pistola y le sonreía con sorna.
—Primero vámonos de aquí —propuso, y se inclinó tanto hacia delante que ella notó su aliento cálido en la nuca—. Thea me ha hablado largo y tendido de usted.