Cristales bajo la piel (Serie Julia Schwarz 7) Capítulo 34
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Capítulo 34

La oscuridad se había posado sobre Colonia y sobre la colonia de huertos de ocio donde Mirco Kuehnert tenía arrendado un huerto a unos ochocientos metros del Rin.

—Pues no hay luz encendida —susurró Julia y señaló la caseta destartalada, sumida en una negrura total.

—Tenemos que entrar y, si no está, al menos podremos recoger indicios —gruñó Florian, e hizo una seña a Martin Saathoff para que lo siguiera.

La policía científica ya había puesto patas arriba el piso de Mirco Kuehnert, que quedaba justo a la vuelta de la esquina.

Habían encontrado una caja entera llena de fotos, todas ellas de mujeres jóvenes en la antigua discoteca.

Kuehnert había acosado una y cien veces a sus visitantes.

Para entonces ya habían incautado instantáneas de Mareike Hohmann y de Jana Albrecht tomadas hacía más de diez años.

Julia estaba segura de que aparecerían más en cuanto la policía acabara de revisar todas las piezas de convicción.

Al menos, tras la declaración de Thea Riethausen, habían conseguido una orden de detención.

De momento, la suerte parecía estar de su parte, porque Kuehnert seguía conduciendo el coche plateado en el que había violado a Thea Riethausen.

Lo único que faltaba era el sospechoso. La Científica había registrado su piso hacía horas y había acordonado el edificio.

Puede que Kuehnert se hubiera dado cuenta de la situación y se hubiera escondido.

Probablemente se imaginaba que, tarde o temprano, la policía se plantaría también delante de su caseta.

Quizá no contaba con que fueran tan rápidos, pero el contrato de arrendamiento estaba a su nombre, así que solo había sido cuestión de tiempo.

Aun así, Julia dudaba que aquel hombre estuviera durmiendo tan tranquilo en su caseta.

Junto con Lenja había pedido permiso para acompañar el operativo, y se mantenía con ella en segundo plano.

Florian dio la orden de entrar. Un puñado de policías vestidos de negro se despegó de la oscuridad y corrió hacia el huerto invadido por la maleza.

Rodearon la caseta y uno de ellos gritó en voz alta el nombre de Mirco Kuehnert.

Al no ocurrir nada durante unos segundos, derribaron la puerta y el equipo de intervención irrumpió en el interior.

Antes de que Julia pudiera siquiera tomar aire, volvieron a salir con un hombre. Lo obligaron a arrodillarse. Alguien le puso las esposas. El haz de una linterna le iluminó la cara.

—Ese no es Mirco Kuehnert —declaró Florian, indignado, y levantó de un tirón al desconocido.

—¿Dónde está Mirco Kuehnert? —preguntó.

—Ni idea —gruñó el tipo barbudo.

—¿Quién es usted?

—Frank Peters. ¿Qué quieren de mí? Hagan el favor de soltarme.

Florian no le hizo caso.

—Queda detenido provisionalmente. Vendrá con nosotros a la comisaría para su identificación. A lo mejor entonces se acuerda de dónde está Mirco Kuehnert.

Peters le lanzó una mirada furiosa y no dijo nada. Florian hizo una seña a los efectivos y ordenó que se llevaran a Peters a un furgón policial.

—¿Han registrado la caseta? —le preguntó al jefe del operativo.

Este asintió.

—Todo limpio —informó.

—Maldita sea —protestó Florian mirando a Martin Saathoff—. Tenemos que ampliar la búsqueda. Ese tipo no se nos puede escapar.

—De eso me encargo yo. —Saathoff se alejó para hacer una llamada.

Julia se abrió paso en silencio entre unos cuantos efectivos y entró en la caseta.

Lenja la siguió pegada a sus talones. Julia se puso unos guantes de látex y encendió la luz.

Dentro había un sofá cochambroso, una mesa de centro cubierta de colillas de arriba abajo y un televisor; delante rodaban por el suelo dos docenas de botellas de cerveza.

A mano derecha colgaba una cortina manchada.

Julia la apartó y arrugó la nariz. Todo el cuarto apestaba a tabaco.

Asqueada, dejó caer la cortina y se volvió hacia Lenja, decepcionada.

—Casi me temía que no íbamos a encontrar aquí a ese malnacido —dijo, y se interrumpió, desconcertada.

—¿Te has hecho daño?

Lenja negó con la cabeza, extrañada.

—No, ¿por qué?

Julia señaló el hombro de Lenja. Allí se extendía una gruesa gota de un rojo oscuro. Lenja se la limpió, horrorizada, y en ese mismo instante cayó otra gota sobre su abrigo.

Lenja abrió la boca, pero Julia le hizo señas de que callara.

—Aquí no hay nada —dijo en voz alta, y levantó la vista hacia el techo. Un líquido rojo se acumulaba en el borde de una trampilla en la que hasta entonces no se había fijado. Allí arriba había alguien. Arrastró a Lenja consigo hacia fuera y corrió hacia Florian.

—Alguien se ha subido al altillo —susurró y señaló el abrigo de Lenja, manchado de sangre—. Alguien que está sangrando mucho.

—¿En ese tejado tan bajo? —Florian la miró con incredulidad.

Hizo una seña al jefe del operativo para que se acercara.

En cuestión de segundos, el equipo volvió a tomar posiciones.

Aseguraron ventanas y puertas. Tres hombres entraron sigilosamente en la caseta.

Se oyó un estruendo tremendo cuando abrieron de golpe la trampilla del tejado.

Llegó hasta ellos un grito sordo. Luego sonó un estrépito y los policías sacaron a rastras a un hombre.

Julia respiró aliviada.

Lo habían atrapado.

Mirco Kuehnert sangraba abundantemente por un corte largo en el antebrazo, que probablemente se había hecho al esconderse en el estrecho espacio bajo el tejado.

No se resistió. Alguien le puso un vendaje compresivo para detener la hemorragia.

Una segunda persona, los grilletes. Florian y Martin Saathoff lo detuvieron.

Julia no sintió más que alivio. Por fin había terminado la pesadilla.