Capítulo 35
—Muy buen trabajo —elogió Hermann Meier a Julia y a Lenja en voz baja, mientras seguían el interrogatorio de Mirco Kuehnert desde la sala contigua.
Era poco más de medianoche y nadie había querido esperar a la mañana siguiente para tomarle declaración, ni siquiera el jefe de la brigada de investigación criminal.
Florian y Martin Saathoff no tuvieron que acorralar demasiado a Kuehnert.
Las pruebas en su contra eran aplastantes.
Anna Schubert había recogido, en efecto, unos restos antiquísimos de sangre de Thea Riethausen en el maletero del coche de Kuehnert.
Junto con la declaración de Thea, aquello bastaba de sobra para una condena.
Además, Kuehnert acababa de admitir el asesinato de Mia Wildenbrock.
Había observado a sus víctimas en el Cats , las había fotografiado y las había doblegado con alcohol y drogas.
—¿Por qué empujó a Mia Wildenbrock al Rin desde el puente?
Mirco Kuehnert torció la cara en una mueca desagradable. Julia tuvo que fijarse mejor para darse cuenta de que estaba sonriendo con sorna.
—No tenía ni idea de que la cría no sabía nadar.
Florian casi se echó por encima de la mesa. Julia le veía los músculos de la espalda en tensión.
—Mia Wildenbrock se rompió el cuello al chocar contra la superficie del agua. Con lo alto que es ese puente, usted tendría que haberlo sabido de sobra.
A Kuehnert no se le quería borrar la sonrisa burlona de la cara. Incluso se le ensanchó.
—Era una zorra. Una vez casi me la tiro en el aseo de señoras.
Pero se puso tonta. Después fui detrás de ella e hizo como si me la fuera a comer.
Echó a correr. La alcancé en el puente y encima va y se pone a amenazarme.
Que si era menor de edad y que si la había tocado en el aseo.
La zorra había grabado un vídeo a escondidas y quería denunciarme.
Ahí ya me harté. La agarré y la tiré al río con su puto móvil y todo.
Y cuando acabé con ella, allí estaba aquella cría preciosa.
Temblaba de pies a cabeza. Así que me la llevé y, bueno, el resto ya lo saben.
Julia tragó saliva ante la sangre fría de Kuehnert.
Martin Saathoff resumió la declaración:
—Usted, como copropietario de la discoteca, hacía fotos sin parar a las clientas jóvenes, las observaba, las drogaba y luego se propasaba con ellas.
Mirco Kuehnert asintió.
—Sí, maldita sea. Si la mayoría lo estaban pidiendo. Y por aquello ya cumplí condena. La muy zorra cambió de idea a media faena. Y llega un momento en que un hombre ya no puede echarse atrás. ¿Y qué se esperan? Apenas llevan nada encima y quieren que las traten como a una virgen mojigata.
—Seguro que Thea Riethausen dijo que no, y bien claro —le cortó Florian.
Kuehnert se encogió de hombros.
—Se resistió un poco. Sería virgen todavía, supongo. Esas cosas pasan. Pero, al fin y al cabo, yo no la maté.
Martin Saathoff señaló las fotos de las tres nuevas víctimas que habían incautado en el piso de Kuehnert y le preguntó por sus coartadas. Por lo visto no tenía ninguna. El hombre volvió a torcer los labios en una sonrisa repugnante.
—Últimamente mi colega Frank ha estado casi siempre en mi casa. Acaban de conocerlo. He fotografiado a las chicas. ¿Y qué?
—Usted hizo con ellas lo mismo que con Mia Wildenbrock, y algo más todavía.
—¿Tienen derecho siquiera a apretarme las tuercas en plena noche?
Necesito un abogado, ¿no? —Se irguió y fulminó con la mirada a Florian y a Martin Saathoff—.
¿Saben lo que les digo? No les voy a contar absolutamente nada más.
¿Y saben ustedes por qué? No pienso volver al talego.
¿Entendido? —Cruzó los brazos sobre el pecho y sacó el labio inferior en un gesto obstinado.
—Queremos saber qué les hizo a esas tres mujeres.
Cuanto antes colabore, mejor acabará todo esto para usted.
—Florian hizo todo lo posible para que Kuehnert volviera a hablar, pero fue en vano.
El hombre había tomado una decisión. Tendrían que esperar al menos hasta el día siguiente para reanudar el interrogatorio.